EEUU Costa Oeste 2024

 

EEUU Costa Oeste 2024 - Cuaderno de viaje

Este viaje es una cinta de Moebius, un símbolo del infinito con centro en Las Vegas y extremos en Monument Valley al este y en la costa californiana del Pacífico al oeste. Recorrer estos 5.100 km de carreteras infinitas permite descubrir paisajes inabarcables, parajes desolados, ciudades superpobladas, lujo desbordante, aislamiento extremo, tecnología punta, tradiciones de más de un siglo. Hartarse de la gente, o ansiar verla.

Hay un poco de todo en esta ruta por los estados de California, Nevada, Arizona y Utah. Es una degustación breve de muchos licores, dulces, amargos, fuertes, suaves. Ninguna de las etapas y de los destinos se parecen entre sí, son piezas muy diferentes de un puzzle totalmente heterogéneo. Una road movie con un guion muy cambiante.


Día 1. Lunes 19 Agosto. De Madrid a Los Ángeles

Vuelo con Iberia retrasado 2 horas, aprovechamos la sala VIP y subimos bien comidos al avión; menos mal, porque la comida iba a dejar mucho que desear. Pasan algo más de 6 horas y media entre que el Uber sale de nuestra casa en dirección al aeropuerto hasta que el A-350 despega de la terminal T4S del aeropuerto AdolfoSuárezMadridBarajas rumbo a Los Ángeles.

Tras unas cuantas películas, música y lectura, aterrizamos en LA a las 6 de la tarde (las 3 de la mañana de Madrid), dedicando dos horas más a pasar el control de aduanas y a ir a buscar el coche de alquiler, un Chevy inmenso, muy cómodo, que nos vendrá de maravilla para la ruta prevista.

Llegamos al hotel unos minutos más tarde, pero ya de noche, tras cruzarnos con decenas de coches de bomberos al más puro estilo americano, toda una feria de luces y sonidos; parecía que hubiese habido un accidente aéreo en el aeropuerto, pero seguro que fue algo mucho menor.

Total: 18 horas puerta a puerta.

 

Dia 2. Martes 20. Los Angeles

Amanecemos a las 7h. Tras desayunar y solucionar problemas varios de salud digital y física, nos lanzamos a visitar Venice Beach y el Santa Mónica Pier

Venice Beach nos pareció una curiosa mezcla un tanto trasnochada de porretas, culturistas y gente "cool", con gimnasios al aire libre, parques de skate y un ambiente muy ecléctico.


El épico pier de Santa Mónica, escenario de tantas pelis hollywoodienses y del famosísimo videojuego GTA (Grand Theft Auto) está lleno de turistas un tanto NPC (como diría la juventud) que abarrotan el pequeño parque de atracciones. La enorme playa no defrauda, con casetas al puro estilo de los Vigilantes de la Playa.




Nos acercamos al famoso Gold´s Gym en el que entrenaba Arnold Schwarzenegger, y vemos por primera vez un coche autónomo de Waymo, la empresa de taxis de Google, que se pasea por ahí sin gente dentro.

Tras un rato buscando, comemos en un pequeño restaurante mexicano llamado Tocaya que nos pareció razonable; en España este pedazo de paseo marítimo con una playa tan espectacular estaría plagado de chiringuitos, bares y restaurantes, pero aquí costó encontrar algo digno; muy buenos los bowls y los tacos.

Volvemos al hotel a darnos un chapuzón en la piscina, descansar un poco y salir hacia el Downtown. Las distancias son enormes y se tarda un montón en cruzar de un sitio a otro la ciudad, con autopistas de 6 carriles en cada sentido por todas partes. Nos sorprendemos al pasar por una zona llena de pozos de petróleo; luego leímos que en la misma ciudad de LA hay aún una gran producción. Petróleo urbano!!

El Downtown, centro financiero de LA, con sus altísimos edificios de las grandes consultoras y de la banca, no nos pareció gran cosa. Le dimos varias vueltas en coche, sin llegar a aparcar. Por las calles empezamos a ver bastantes homeless y paseantes pirados.

Ya anochecía cuando llegamos al barrio de Beverly Hills, por el que recorrimos varias calles asombrándonos con las espectaculares casas muy accesibles, sin seguridad aparente, aunque suponemos que no es así. Luego pasamos brevemente por Rodeo Drive, con el tiempo justo para una breve visita nocturna con las tiendas de lujo ya cerradas. Volveremos.

De vuelta al hotel, paramos en la pizzería de un centro comercial, con el aire acondicionado en modo criogenia y un camarero turco muy majo que nos invita a la bebida (sin alcohol, pues vistos los precios decidimos ser prudentes) y nos da buena conversación, ganándose su propina.

Llegamos al hotel y caemos literalmente muertos en la cama.


Día 3. Miércoles 21. Los Angeles

De nuevo conseguimos levantarnos muy temprano, mezcla de jetlag y de habernos ido a la cama a las 11h. Hoy tenemos entradas para la Warner y luego una visita guiada reservada para conseguir conocer mejor los encantos de LA, que hasta ahora nos está sorprendiendo gratamente.

Desayuno en la habitación con la comida comprada en el súper el día antes (el desayuno del hotel cuesta 40 pavos por persona!!) y a las 9 nos vamos a los estudios de la Warner Bros. Nos gusta mucho la visita, en un trenecito pasando por los escenarios fake de películas legendarias desde los años 40; muy interesante descubrir que en el mismo lugar donde se rodó una escena de Jurasic Park, unos cuantos años antes Liz Taylor o George Clooney grababan escenas de sus películas, ver que una fachada es una iglesia por un lado y un colegio por otro, o entrar en una casa que sirve indistintamente para rodajes de épocas muy diferentes según la acondicionen; todo cartón piedra.

Nos hacemos fotos divertidas en el set de rodaje de Friends y vemos un montón de curiosidades de Harry Potter, Batman y otros súper héroes históricos. Muy bien organizado.

Salimos con el tiempo justo de llegar al Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard, donde comemos unas hamburguesas en 10 minutos y nos metemos en el van con José, nuestro guía hispano durante las próximas 3 horas junto a una pareja de libaneses que iban ya vestidos para Rodeo Drive, y una familia de ingleses. José nos lleva por los barrios de Hollywood y Beverly Hills, plagados de casas impresionantes donde viven las “celebrities”, palabra que mencionará unas trescientas veces en este viaje, y llegamos hasta el sitio más cercano desde el que nos podemos fotografiar con el cartel de Hollywood.

 

Resulta sorprendente que no hay cobertura en la zona, supuestamente para proteger la seguridad de los ricachones que viven en sus casas. Vemos las de Spielberg, Lionel Richie, Sofía Vergara, el cantante de Gamla Stan, el café Mels de Pulp Fiction, y nos va nombrando una interminable sucesión de celebrities que viven por allí.

Al barrio de Bel Air no se puede acceder, estos ya son billonarios y no millonarios, también hay clases entre los ricos. Vemos la entrada de la casa donde murió Michael Jackson y pasamos por Rodeo Drive, que termina en el hotel donde se rodó Pretty Woman. Tras dar un par de vueltas más terminamos el tour en el Paseo de la Fama, donde nos hacemos un par de fotos junto al Dolby Theatre y nos largamos rápidamente porque el lugar es demasiado abrumador, mezcla curiosa de turistas, gente disfrazada, homeless, pirados religiosos…


Pillamos unos cafés y decidimos separarnos: unos a dar un paseo glamuroso por Rodeo Drive y otros a visitar el campo de golf cercano Los Angeles County Club, que tras no conseguir pasar de la garita de entrada (members only) acaban en Rodeo Drive a contemplar los escaparates y los coches deportivos que hacen sonar sus motores atronadores calle arriba y abajo, en contraposición al silencioso paso de los taxis sin conductor.              

Unas cuantas fotos más tarde nos vamos hacia Venice Beach a contemplar la puesta de sol y dejamos a Pablo entrenando en el Gold´s Gym (en donde se hace un selfie con el famoso culturista Breon Ansley, dos veces ganador de Mr. Olympia) mientras el resto encontramos un local interesante para cenar, el Rose, que nos hace cambiar la opinión de que no hay sitios chulos para comer en Venice Beach, dando así por terminado otro día de lo más variado en LA.

 

Dia 4. Jueves 22. De Los Angeles a Las Vegas. 284 millas, 457 km

Aprovechamos las primeras horas de la mañana por separado para que cada uno disfrute de sus cosas: gym, visita a otro campo de golf, en este caso el Riviera Country Club, y descanso en la piscina del hotel.

A media mañana recogemos todo y salimos del hotel. Decidimos que LA nos ha gustado mucho más de lo esperado, a pesar de ser una ciudad complicada de gestionar. Una combinación extraña de lujo a raudales, decadencia de fin de siglo XX, pobreza y soledad en una ciudad inmensa, distancias infinitas, clima perfecto, tráfico permanente… es una ciudad-espectáculo.

Tardamos un montón en salir de LA; el cartel de Hollywood se seguía viendo media hora más tarde de haber salido hacia el este por autopistas de ochocientos carriles; ayudados por Maps Me (app que funciona sin necesidad de datos) y Waze (con los datos ilimitados de las tarjetas que compramos) salimos de la gran ciudad y enganchamos la autopista hacia San Bernardino.

Nuestra ruta es por la carretera interestatal I-15, la cuarta más larga de EEUU, que une San Diego con Canadá. Atravesamos una pequeña cordillera que separa la zona marítima y fértil de California de una más interior y desértica. Paramos en Victorville a repostar y a comer en un KFC lleno de gente inquietante, y luego conducimos durante muchos kilómetros por rectas inmensas, con paisajes cada vez más desolados; casi adoptamos una autopista (hay carteles de “adopt a highway” cada pocos km, pidiendo fondos para financiar la recogida de basura). Desde Barstow hasta Mountain Pass la carretera es prácticamente una línea recta, subiendo en ocasiones por unas laderas con unas pendientes que ponen a prueba los motores de los vehículos pesados.

Casi llegando al estado de Nevada la carretera da un giro a la izquierda a través del desierto de Mojave y poco más tarde nos encontramos con la impresionante central termosolar de Ivanpah, la más grande del mundo. Poco más adelante está la localidad de Primm que alberga un absurdo centro comercial y de atracciones que está completamente cerrado y que al verlo a lo lejos confundimos con Las Vegas, aunque todavía quedaban 55 millas para llegar a la gran ciudad del vicio y el juego.

Las Vegas es el símbolo de lo que pueden llegar a hacer los americanos con mucha pasta, visión de negocio, pocos escrúpulos y muy mal gusto. La horterada mayor. Buscan impresionar, y lo consiguen, al que llega por primera vez y pasa de estar en medio de un desierto a encontrarse paseando entre los canales de Venecia, la torre Eiffel o la Estatua de la Libertad.

Nos alojamos en el Caesars Palace, uno de los mayores y más espectaculares hoteles; ya puestos a dormir aquí, mejor a lo grande; la habitación no es cara, luego ya te sacan las perras en el casino o en una botella de agua; y cuidado con tocar esa botella de champán de la habitación o te la cargan automáticamente. Nos lleva un buen rato llegar desde el parking a la recepción, pasando por todas las máquinas tragaperras del casino, las ruletas, el black jack, cientos de mesas de juego y miles de cámaras en el techo, vigilando cada movimiento.

Dejamos las maletas en la habitación, en un piso alto con una vista fantástica sobre los hoteles del Strip, con luces de neón por doquier. Decidimos coger nuestra ropa más florida y las gafas más cool y salimos. Nos venimos arriba en el mismo hotel e intentamos echar una partida a la ruleta, pero rápidamente se nos pincha el globo cuando nos piden una comisión de 27 dólares por sacar dinero de un cajero (sólo admiten cash para apostar, y los cajeros solo funcionan con tarjetas de débito, aquí no se fía) y no dejan a Pablo ni acercarse al tablero de juego a mirar, por ser menor de 21 años (imprescindible presentar ID).

Salimos a pasear por el Strip, mirando boquiabiertos todo el apabullante despliegue de luz y sonido que nos rodea. Como un parque de atracciones gigantesco y solo para adultos. Cenamos en un mexicano, todo muy rico y abundante, convenciendo al camarero de que los chicos son mellizos y que Pablo tiene 22 años pero se ha olvidado su DNI en casa, así que por fin se puede tomar una cerveza.

Visitamos con detalle el Venetian, con su impresionante recreación de la ciudad veneciana con sus góndolas, el campanile, el palacio ducal, la Piazza de San Marcos, con una zona interior de canales rodeados de tiendas de superlujo bajo un cielo azul con una luz que parece natural.

Terminamos viendo el espectáculo de las fuentes del Bellagio y nos vamos a dormir un poco abrumados por una ciudad que combina de forma tan asombrosa lujo a raudales, tecnología punta y eventos únicos con un ambiente hortera y hasta cierto punto degradante de hedonismo, juego y vicio. Tal vez como cualquier ciudad, pero aquí de forma más explícita. 

      

    

Día 5. Viernes 23. De Las Vegas a Williams. 222 millas, 357 km

No queremos irnos del Caesars sin disfrutar de su piscina, así que madrugamos y pillamos algo de desayuno en uno de los muchos cafés del hotel (10 $ más propina por un café), y a las 9h estamos entrando en otro escenario de película, un patio entre los edificios del Caesars con unas cuantas piscinas hechas entre columnas y estatuas, que parece estés bañándote en la misma Fontana de Trevi, o en el Foro Romano. Curiosamente, el agua está helada.

A las 11h salimos de las Vegas, no sin pasar por otros dos campos de golf (Las Vegas Country Club y Wynn Golf Club) y quedarnos otra vez en la puerta. Nos hacemos la foto en el famoso letrero de Welcome to las Vegas, y carretera.

Salimos hacia el este por la I-11 y hacemos una primera parada en la presa Hoover, en la frontera entre Nevada y Arizona; una obra de ingeniería espectacular. Resulta una aventura caminar por el puente de la carretera y sentir el vértigo a una altura brutal, incrementado por las rachas de viento que literalmente no nos dejaban caminar, para hacer una buena foto de la presa.


Ya en Arizona, seguimos por la ruta US-93 y tras hacer varios km casi en línea recta paramos a comer unos burritos en un Last Stop (100$ en total por una vulgar comida de carretera) y compramos la épica nevera de corcho blanco, buena recomendación de nuestra amiga Sagrario, para llevar siempre bebida fresca en el coche. Un poco más allá, en Kingman, cogemos la interestatal I-40, alternativa a la antigua Ruta 66 hasta Seligman; allí ambas carreteras transcurren en paralelo durante unos km, pero no conseguimos entrar en el tramo antiguo porque el GPS nos lleva siempre por la autopista; pequeña decepción.

El paisaje árido va volviéndose más frondoso hasta que al llegar a Williams, nuestra etapa final del día, los bosques nos recuerdan al paso de la A6 por la Sierra de Guadarrama. De hecho, entramos en el pueblo con cierta sensación de que esto de Far West tiene poco, pero enseguida cambiamos de idea tras atravesar su calle principal, llena de tiendas de objetos típicos de la ruta 66 (por esta calle sí que pasa la famosa ruta original), bares y restaurantes muy auténticos, gasolineras antiguas y vaqueros paseando y anunciando el rodeo que había esa noche.


Tras hacer el check in en nuestro motel Lodge on Route 66, salimos a pasear, tomamos una cerveza en el interesante bar Historic Brewing Barrel House, y nos vamos al rodeo. Resulta ser todo un espectáculo local muy americano, abierto con un solemne himno nacional con todos de pie, y con continuas referencias religiosas. Chicos y chicas vaqueros muy jóvenes, domando caballos y lanzando el lazo a vaquillas, todo muy auténtico porque se ve que es una tradición muy arraigada todavía, con seguimiento por parte las nuevas generaciones. Una experiencia local muy grata.

Tras el rodeo nos vamos a cenar a Cruiser’s, recomendación del Lodge, donde nos zampamos unas costillas, carne y salchichas a la barbacoa buenísimas rodeados de viejos surtidores de gasolina; un local muy interesante con unos baños súper curiosos, repletos de carteles mezcla road movie y tributo al petróleo.


Terminamos la noche en el Canyon Club, un garito mítico, lleno de billetes de 1 dólar en las paredes y el techo, con karaoke country, muchos vaqueros con sus largas barbas blancas y sus sombreros que no deben quitarse ni para ir al baño, y con una mesa de shuffleboard, un juego que consiste en hacer deslizar una piezas cilíndricas sobre una mesa de madera con algo de arena, y gana el que más lejos quede; la bautizamos el “curling ruta 66”, y nos tuvo muy entretenidos con unas cervezas mientras contemplábamos el paisanaje un buen rato.


A las 11h caemos rendidos en nuestro Lodge; nos ha encantado este pueblo y su ambiente tan local y tan animado. De aquí parten los trenes al Gran Cañón, de ahí que sea una parada muy frecuentada por los excursionistas y turistas.

 

Día 6. Sábado 24. De Williams a Monument Valley. 233 millas, 375 km

Desayuno estupendo en nuestro Lodge, waffles self made incluidas. Rellenamos nuestra nevera con hielo, y nos vamos al Parque Nacional del Gran Cañón del Colorado. Compramos el pase anual de los parques en la oficina de turismo de Williams para evitar la cola a la entrada del parque (si vas a estar en 3 parques ya lo amortizas, son unos 84 USD).

La ruta por la carretera 64 discurre por una agradable carretera entre colinas frondosas hasta que entras al parque, en una zona de pinos. Aparcas fácilmente en las zonas habilitadas, caminas unos pocos metros y de repente te encuentras ante el que posiblemente sea uno de los escenarios más acojonantes del mundo; la impresión que da, con sus dimensiones inmensas (1.400 metros de diferencia de altura respecto al río, kilómetros de anchura), es indescriptible, y no hay foto que haga honor a verlo en persona.

Caminamos entre Yavapay point y Mather point, con ida y vuelta en unos 30 minutos por un camino asfaltado apto para todos los públicos, inmortalizándonos cada 10 metros.   

Nos fijamos en los senderos que llevan hacia lo más profundo del cañón, con más de mil metros de bajada, sin animarnos a intentarlo.

Cogemos el coche y nos movemos un poco hasta el Gran Canyon Village, el punto al que llega el tren de Williams y de donde parten muchas excursiones, salpicado de cabañas donde te puedes quedar a dormir si vas a hacer un trekking en la zona.

Interesante también pensar, para una próxima vez, lo bonito que puede ser estar alojado en Williams y subir al parque en el tren. 

Cogemos los buses (buen servicio gratuito) que nos llevan a caminar otro rato al borde del barranco a los miradores de Hopi, Powell y Mojave, con mucha menos gente.


Nos encantaría quedarnos más porque hipnotiza tanta belleza natural, pero tenemos que llegar a nuestro hotel en Monument Valley a una hora prudente y queremos acercarnos a Forrest Gump point antes, así que pillamos unos perritos y nos los zampamos rápidamente antes de entrar al coche.

Ya en ruta por la 64, pasamos de largo por Little Colorado, pues ya hemos visto suficiente cañón, en Cameron giramos al norte por la 89, luego giramos al este por la 160, tras un buen puñado de km llegamos a Kayenta en donde paramos a repostar (solo vemos navajos) y ahí giramos de nuevo al norte por la 163, llegando por fin bastante cansados a unas rectas interminables desde donde se empiezan a vislumbrar las preciosas figuras caprichosas de Monument Valley a lo lejos, así que le hacemos una apuesta al sol para conseguir llegar al Forrest Gump Point antes de que se retire, y casi al límite del ataque de nervios por las diferencias de criterio sobre pararse en más o menos sitios a hacer más o menos fotos.

Llegamos in extremis al punto donde Forrest dejó de correr, un santuario para los cinéfilos y turistas de todo el mundo que literalmente paralizan el paso de coches para hacerse la foto en medio de la carretera. Allí nos lanzamos nosotros buscando el último rayo de sol y dejamos para siempre inmortalizada nuestra estampa. Preciosas fotos de pie y sentados en la carretera, con el recorte del Monument Valley al fondo.


Finalmente llegamos al Gouldings Lodge, donde rápidamente y, antes de que nos cierre el súper, compramos nuestra cena tras haber comprobado que nuestra preciosa cabaña de hoy tiene cocina incluida donde poder calentar algo en el microondas. Los chicos se dan un chapuzón en la piscina cubierta del hotel y luego cenamos nuestra comida preparada. Álvaro decide cenar en el porche y entra corriendo al cabo de un rato tras tener un cara a cara con un coyote que ha debido venir al olor de la comida; no sabemos quién estaba más asustado.


Día 7. Domingo 25. De Monument Valley a Las Vegas. 400 millas, 644 km

Amanece sobre las 6h. Nos levantamos sigilosamente para ver la salida del sol sobre Monument Valley, uniéndonos al grupito de somnolientos en pijama que están contemplando la escena del sol flitrándose entre los dedos de una de las rocas con forma de manos. Precioso amanecer!!

Desayunamos en nuestra cabin las waffles compradas en el súper, recogemos y nos pasamos a visitar el museo casa de los Gouldings que se establecieron en estas tierras navajas en los años 20 del siglo pasado, viendo la oportunidad de ofrecer alojamiento a la naciente industria del cine de Hollywood que buscaba escenarios para sus películas del oeste.

Salimos del hotel, encantados con esta estancia, y vamos rápidamente a visitar Monument Valley (entrada 8 € por persona, no entra en el pase anual de parques, los navajos van por libre).  Nos entusiasma el recorrido en coche de 17 millas, unos 24 km, pasando por diferentes puntos del parque, todos ellos muy típicos de escenas del oeste americano. Impresionante la colección de fotos que hacemos.


Salimos controlando el tiempo pues tenemos que llegar a Page a las 13.30h para visitar el Antelope Canyon y porque la diferencia horaria entre estados y reservas indias (otra vez los navajos a su bola) nos tiene despistados y aunque los móviles se cambian automáticamente, nos da miedo equivocarnos y llegar tarde.

Andamos sobre nuestros pasos por la 163 y la 160, giramos a la derecha para tomar la 89 y con más de una hora de adelanto llegamos a Page, aprovechando para comer muy a gusto en la terraza de la cervecería Dam Beer unos platos de pasta, carne y fish & chips muy abundantes, viviendo un pequeño conflicto con los camareros, porque parece que no sabe lo que es un café espresso.

El tour en el Antelope Canyon es súper chulo, primero nos lleva una india navajo en un mini bus a toda velocidad surcando la arena rojiza por el cauce seco del río que ha creado el cañón, y a continuación entramos en el upper canyon por una grieta en la pared que hace formas increíbles. La india navajo es una profesional de las fotos, nos coge a cada uno el móvil, y en segundos nos consigue cambiar los filtros para verlo todo de un rojizo súper intenso precioso.

Hacemos miles de fotos mientras avanzamos por la milla y media de distancia del cañón y nos va contando cómo se descubrió y formó este cañón, mostrándonos diferentes formas de animales (entre ellos el antílope que da nombre a la cueva) y personajes que se adivinan entre las paredes.


Nos vamos luego rápidamente a ver el Horse Shoe Bend, una curva de herradura sobre el río Colorado, a las afueras de Page. Hay que pagar 8$ pero solo por el coche, y caminar 10 minutos hasta encontrarnos con otra imagen brutal por la altura que pilla el cañón y la curva que hace el río Colorado, esta vez de un color azul verdoso, que se volverá marrón cuando surque el Gran Cañón aguas abajo.

No nos podemos detener mucho tiempo pues hay que llegar a Las Vegas a dormir y es como hacer un Madrid-Gijón por terrenos desconocidos y se nos hará de noche a medio camino.

La despoblada ruta 89 culebrea durante más de dos horas entre Page y Hurricane saltando entre Arizona y Utah, dejando siempre al norte la cordillera en la que se encuentra el Zion National Park, que visitaremos en otra ocasión.

Un poco más al oeste de Hurricane tomamos la interestatal I-15. Por fin autopista de doble carril, que discurre por la preciosa garganta del río Virgen; aunque era casi de noche, nos pareció uno de los tramos de autopista más bonitos por las que hemos pasado, zigzagueando entre las montañas y pensando qué haríamos si se nos para el coche, pues no había ni una zona de estacionamiento a lo largo de kilómetros.

Al salir de las montañas todo se vuelve plano y reseco hasta las Vegas. Pasamos de largo por Mesquite, un pueblo lleno de casinos regentados por los indios donde se dice que ganan más dinero que lo que se recauda en las Vegas.

Y así llegamos de nuevo a la ciudad del juego donde hacemos un último recorrido en coche para ver The Sphere (una enorme sala de eventos) y pasear luego por Fremont Street, que es en realidad el Downtown de las Vegas y donde surgió la ciudad. Más tarde iremos allí a cenar en un Uber, tras dejar el coche bien aparcado en un Hilton (hay muchos en Las Vegas), nuestro hotel para esta noche, y dejar una lavadora puesta en el fantástico apartamento que nos dieron con cocina súper equipada, pues nos urgía imperiosamente hacer la colada.

La experiencia en Fremont Street empeora nuestra impresión de Las Vegas; está calle está plagada de pequeños casinos y escenarios con conciertos de música atronadora, luces de neón, pantalla gigante curvada de leds haciendo de techo y tirolinas con gente pasando por encima continuamente. Difícil aguantarlo mucho tiempo seguido. Cenamos de pie comida rápida y salimos pitando viendo el paisanaje, mucho más lamentable que en la otra parte de Las Vegas (Paradise), con muchos colgados, homeless y pirados.  



Día 8. Lunes 26. De Las Vegas al Área 51. 419 millas, 674 km

Volvemos a despertar con la luz del amanecer, ya estamos acostumbrados por muy tarde que nos acostemos. Preparamos un digno desayuno en la habitación pues, como en todos los hoteles, tenemos cafetera y esta vez con un café excelente, y ya llevamos siempre galletas y zumos entre la bolsa del súper y la nevera de corcho. Este hotel no tiene casino dentro, una rara avis aquí, y se nota la tranquilidad. Pablo se hace unos largos en la piscina para aprovecharla antes de irnos.

Sabemos que nos toca una jornada dura de viaje con posible final sorpresa pues hoy vamos a dormir a la puerta del Área 51, y flota la tensión en el ambiente, así que a las 11h estamos saliendo de las Vegas, camino del Death Valley, nuestra primera meta del día. Tomamos la carretera 160 hacia el oeste hasta Pahrump, luego la 178 un poco al sur para entrar en California por Shoshone, después la 129 hacia el norte y finalmente la 190 que atraviesa el valle.

El Valle de la Muerte es el lugar en el que se ha registrado la temperatura más alta del planeta, y tiene zonas que se encuentran por debajo del nivel del mar, lo que lo convierte en una verdadera caldera. Decidimos, no sin cierta discusión, que no podemos ver todos sus miradores ni pisar todos sus caminos, así que paramos en el primer mirador, Zabriskie, a disfrutar de unas vistas un tanto marcianas, y sentir que estamos dentro de una sauna seca.

No vamos a Dante View por quedar demasiado lejos. Recorremos la bonita carretera para ver el Artist Palette y admiramos sus rocas de colores. A pesar de ser todo un erial, tiene su encanto comprobar tanta diversidad geológica y de colores en el Death Valley.

Salimos hacia el norte por la 190 y en Beatty Junction atajamos por la preciosa y muy solitaria Beatty Road hasta el pueblo con el mismo nombre, ya de nuevo en Nevada. Desde allí recorrimos la 95 hasta Las Vegas cerrando la ruta circular del día, y tras un rato yendo al norte por la I-15 tomamos la 93 en dirección Crystal Springs.

El destino es el Área 51, donde en un momento de locura transitoria decidimos hacer noche, eliminando una jornada en Las Vegas, lo que acabó siendo una sabia decisión. Pablo había visto historias de tiktokeros y youtubers en esta zona restringida y de altísima seguridad donde supuestamente el gobierno americano guarda los mayores secretos relacionados con la vida extraterrestre. Así que hicimos una reserva en el único hotel-barracón de Rachel, el pueblo más cercano al Área 51.

De camino por la 95 ya se fueron sucediendo fenómenos paranormales. Primero se nos pega por detrás un coche del Sheriff del condado que estuvo literalmente a un metro detrás de nuestro coche durante más de 30 km. Varios minutos sin pasarse ni un momento ni un km de la velocidad máxima permitida. Pareció durante un buen rato una escena del “Diablo sobre ruedas” de Spielberg, hasta que nos adelantó y pasó de largo.

Luego transitamos junto a la localidad de Mercury, por el “Nevada Test Site”, el lugar en el que hicieron todos los experimentos nucleares de los años 50, sin duda la entrada sur del Área 51. Carteles indicando “no services”, luego en Indian Springs mucha instalación militar, con un aeropuerto con hangares para aviones de combate, y unos km más adelante una enorme prisión estatal junto a un correccional; todo muy poco amable para el turista medio.

Va anocheciendo y nos vamos poniendo nerviosos, pues claramente llegaremos de noche a nuestro destino. Hemos llamado infructuosamente al hotel varias veces para avisar de nuestra hora y preguntar si seguirá el restaurante abierto para probar las famosas alien burgers que anuncian, pero nadie contesta al teléfono y ya nos ponemos a buscar plan b y c para dormir por si están cerrados, pues en realidad nunca nos llegaron a responder cuando hicimos la reserva, aunque el cobro online sí se llegó a realizar.

Hacemos una nueva parada en una gasolinera de Crystal Springs (mejor llevar siempre el tanque lleno) donde pillamos algunas provisiones y el mexicano amable de la caja nos da conversación en español, aconsejándonos tener cuidado con el ganado que anda suelto de noche.

Bendita recomendación, pues tras empezar la Extraterrestrial Highway y hacernos las fotos obligatorias en la señal, al cabo de un rato en la carretera ya de noche casi nos estampamos con tres vacas que estaban atravesadas tranquilamente en medio de la carretera, negras como la noche, que nos miraron con cara de bobas viendo el frenazo y volantazo brusco que tuvimos que dar para evitar llevárnoslas por delante. Otra vaca se nos cruzó un poco más adelante pero ahí ya íbamos a paso de tortuga, con el susto metido en el cuerpo. Luego veríamos fotos de coches completamente destrozados tras haber atropellado a algún animal.                  


Finalmente llegamos a Rachel un pelín cagadetes pues ya era noche cerrada y empezábamos a ver anuncios de alienígenas y platillos volantes por todas partes. En el Little Ale-Inn nos recibe un grupo de gente muy peculiar, sentados en una destartalada terraza delante de la recepción, cerveza y whisky en mano, preguntando: “what planet do you come from?”. Nos dicen que el restaurante ya está cerrado y nos señalan una bolsa colgada de la puerta con el nombre Prada (siempre nos pillan el segundo apellido) con las llaves de la cabin y un pequeño plano para encontrarla en medio del descampado en el que estamos.

Nuestra cabin es una casa prefabricada como tantas que hemos visto desperdigadas por los campos de Arizona y Nevada en los últimos días. Al entrar pasa por nuestros pies un ratoncito, que tiene su madriguera debajo justo de nuestra puerta. Por dentro está mucho mejor de lo esperado: salón-cocina viejos pero con todo muy limpio, 3 habitaciones y dos baños, todo un lujo de espacio para este antiguo poblado minero en medio de la nada.

Salimos a dar otra vuelta por el pueblo, que más parece un viejo desguace en desuso, con figuritas de aliens esparcidas por todas partes, bajo un increíble cielo estrellado. Nos abrimos unas latas de espaguetti con carne y dormimos de muerte hasta que el canto de un gallo nos despertó a las 7 de la mañana.





 

Día 9. Martes 27. De Área 51 a Mammoth Lakes. 236 millas, 380 km

Desayunamos estupendamente en el bar de nuestro alien motel, y conversamos con el barbudo de la noche anterior, un frikie hippie del sur de California que dejó la gran ciudad hace 5 años y se vino a este pueblo en el culo de la América profunda.

Le contamos nuestro plan de ir a la puerta del Área 51 y con semblante serio nos dice que mientras no pasemos de la línea de entrada estaremos a salvo. Así que, tras proveernos de camiseta y gorra con la señal de “Área 51, warning, no trespassing, deadly force authorised” nos lanzamos por una pista sin ningún tipo de señalización (Pablo se sabía de memoria el camino) y conducimos unos cuantos km sin ninguna señal de vida hasta llegar a una valla llena de cámaras y señales de “no trespassing” bajo amenaza de muerte, en esta ubicación:

1 Back Gate Rd, Alamo, NV 89001, EE. UU.

Tras la valla se ven unas garitas y algún coche aparcado, no se ve a nadie, suponemos están dentro de la garita observándonos rifle en mano porque a cada movimiento de los chavales la cámara se mueve siguiendo sus pasos. Hacemos varias fotos delante de la señal que indica “prohibido hacer fotos”, y los chicos se sacan las banderas de Asturias y España; si hay que morir, al menos que sea con la nacionalidad bien puesta…


La zona central del Área 51 está a más de 20 km de allí, esto es solo la puerta de atrás y estamos lejos de hacer nada que resulte realmente peligroso, pero casualmente cuando volvemos al coche y damos la vuelta hacia Rachel nos cruzamos con dos coches que tienen pinta de ser gente de seguridad escondida cerca que aparece cuando alguien llega a la puerta. Aventura!!

Dejamos Rachel atrás y seguimos durante 200 km por las carreteras infinitas 375, 6 y 95, pasando por los muy poco habitados pueblos de Warm Springs y Tonopah, únicos puntos con edificaciones durante toda la ruta. Entramos de nuevo en California por Benton, llegando a las 16h a Mammoth Lakes, nuestra etapa final del día, una preciosa estación de esquí ya muy cerca del Parque de Yosemite. Fue una tarde muy relajada, con unos echando unos hoyos en el Sierra Star Golf Course (un campo ideal entre casas de madera y pinos) y otros entretenidos en la piscina, gimnasio y spa del club deportivo local.


Nos alojamos en el bonito Bear Cinamon Inn y finalizamos el día cenando en un local muy animado, el Liberty Sports Bar&Grill, con karaoke incluido en el que nos vinimos arriba deleitando al estimado público con grandes interpretaciones de The Smiths (There is a light that never goes out) y El canto del loco (Zapatillas). Épico.

 

Día 10. Miércoles 28. De Mammoth Lakes a Fish Camp. 141 millas, 227 km

Tras desayunar y cargar todo en el coche subimos a dar un paseo por los Lagos de Mammoth, preciosos; se ve lo bien montado que lo tienen todo, con mucha indicación para protegerse de los osos y pumas que circulan por la zona, y muy bien aprovechado para el verano; nos imaginamos que con nieve para esquiar en invierno esta estación de esquí tiene que estar genial.


Tomamos la 395 en sentido norte y entramos en Yosemite por el Tioga Pass, pensando equivocadamente que se había podido grabar allí la primera escena de la película El Resplandor. El paisaje montañoso, escarpado, lleno de pinos altísimos, es precioso. Vamos bajando poco a poco por la sinuosa Tioga Road hasta girar finalmente a la izquierda.

Pasamos la entrada al Parque sin nada de cola y tras ver, admirar y fotografiar desde varios ángulos las imponentes alturas del Capitán y el Half Dome, nos dirigimos a la primera excursión (la idea es hacer un par de caminatas cortas dentro del parque), el Bridalveil Fall, que consiste en un pequeño sendero que lleva a ver una alta catarata con muy poca agua que cae de forma muy majestuosa al ritmo del viento.   

Comemos unos bocatas que habíamos pillado en el Subway de Mammoth Lakes y nos dirigimos al segundo “short walk”, el Mirror Lake, cuyo nombre resulta un engaño pues de espejo no tiene más que el espejismo de lo que fue en otro tiempo con mucha más agua, pues tras un bonito pero algo cansado paseo por un camino muy bien señalizado, nos encontramos con una llanura de arena reseca con un poquito de agua al final; habrá que volver en primavera.

Volvemos al coche y ya saliendo del parque pasamos por delante del Capitán donde vemos a unos alpinistas haciendo vivac colgados literalmente de la pared vertical. Damos un último vistazo al parque en el Valley View y Tunnel View, esta última la imagen más bonita y famosa de Yosemite, pues se ve todo el circo completo, con la luz del atardecer perfecta para las fotos.

Una excursión preciosa, pero que deja un cierto regusto a “déjà vu” si has caminado por las montañas españolas de Picos de Europa o Pirineos.

Tomamos la carretera sur hacia Fish Camp y sobre las 19h llegamos al Hotel Tenaya, un resort de lujo de montaña, donde terminamos el día en su piscina y jacuzzi al aire libre, calentitos mientras refrescaba el ambiente exterior, celebrando con vinos y cervezas nuestro 26º aniversario, rematando con una buena cena en el restaurante del hotel.


Día 11. Jueves 29. De Fish Camp a San Francisco. 210 millas, 338 km

Desayuno en la habitación tras pillar unos zumos, yogur y magdalenas en la tienda del hotel (es estupendo que en todos los hoteles te ofrecen esta opción y así no te tienes que gastar 30 pavos como mínimo por el desayuno por persona).

Hoy toca ver las sequoias gigantes de Mariposa Grove. Está muy cerca de nuestro hotel así que aprovechamos hasta casi las 11h en la piscina con una temperatura ideal. Para entrar en Mariposa Grove tienes que volver a entrar al parque Yosemite; teníamos miedo de las colas pero otra vez no hay nada, ser un día de diario de finales de agosto ayuda.

Dejamos el coche en el parking y pillamos el shuttle gratuito y obligatorio que nos lleva al punto de partida de las excursiones para ver las sequoias. Elegimos entre las diferentes opciones y teniendo en cuenta nuestro tiempo disponible, una ruta de unos 3 km, dice el plano que se hace en unas 2 horas, entendemos que contando paradas. Es un paseo precioso y nada difícil, entre estos árboles tan grandiosos y milenarios, muy bonito, y triste a la vez por ver parte del monte quemado.


Sobre las 14h ya estamos en el coche y emprendemos ruta hacia San Francisco, bajando hacia el sur por la 41 hasta Oakhurst y tomando allí la 49 hasta Mariposa, y luego la 140 hasta Merced. Es muy curioso ir viendo los cambios en el paisaje: salimos de bosques de pinos verdes, de repente pasamos por suaves colinas resecas amarillas, luego en Merced cruzamos una llanura repleta de frutales, primero pistachos (parece el fruto seco nacional de California), y luego viñedos, hasta que todo se vuelve cada vez más urbano a medida que nos acercamos a San Francisco.

Nos fijamos, cuando aún faltan muchos km para llegar, cómo la autopista en sentido contrario está atascadísima, y nos preguntamos si será lo normal o si están evacuando SF por un terremoto. Más tarde entenderíamos la razón de la macro huida de SF, un puente largo por delante (primer lunes de septiembre, día del trabajo).

Llegamos con bastante tranquilidad de tráfico a nuestro hotel, un Riu junto al Pier 39, entrando desde Oakland por el Bay Bridge, un espectacular puente autopista de 8 carriles.


Tras organizar nuestro espacio en la habitación, la más pequeña de todas en las que hemos estado hasta ahora, nos vamos corriendo a ver los leones marinos al Pier 39 antes de que anochezca, y a cenar al Fog Harbor Fish House, que teníamos reservado ya desde hace tiempo. Nos tenían guardada la mejor mesa junto a la ventana con vistas al Golden Gate y tiramos la casa por la ventana pidiendo nuestra primera botella de vino desde que estamos aquí, su famosa chowder clam soup, una sopa de marisco servida en una hogaza de pan, y varios platos con pescado y marisco que nos supieron a gloria.

Volvimos al hotel dando un paseo por el interior del Pier 39, precioso todo de maderita bien cuidada, muy tranquilo ya a las diez de la noche, viendo los escaparates de las tiendas de souvenirs y los pocos restaurantes que quedaban abiertos a esas horas.


Día 12. Viernes 30. Ruta por alrededores de San Francisco. 94 millas, 150 km

El desayuno en el hotel es un enorme buffet organizado casi militarmente por un serio personal asiático que todo lo tiene bajo control. Demasiado turístico. Iniciamos en seguida la ruta del día, comenzando por Lombard Street, la calle más retorcida y empinada del mundo, que recorremos grabando desde el coche y caminando.


Luego pasamos por Unión Square, y más tarde paramos en el parque donde están las Painted Ladies, unas casitas de colores que han salido en tantas pelis y series americanas. Un tío muy enrollado se ofrece a hacernos fotos, comprobamos el buen rollo que se respira en esta ciudad.


Pasamos por Haight Ashbury, muy colorido, vemos la casa de las piernas enormes asomando por la ventana y tiramos hacia el Golden Gate. Íbamos con poca fe pues nos habían dicho que suele estar nublado, pero hemos tenido suerte pues la niebla que se veía desde la mañana parece estar levantándose y lo cruzamos mientras suena “Cold Little Heart” de Michael Kiwanuka.



Subimos al monte Spencer, que es el mejor sitio para las vistas y allí, y aguantando el implacable viento frío del Pacífico, nos hacemos unas cuantas fotazas para el recuerdo.

Seguimos nuestro camino hacia Petaluma donde un amigo nos ha invitado a una cata de vinos, pero antes paramos a ver Sausalito y picar algo de comer. Casitas de madera flotando sobre el mar, cada una de un color diferente, en el puerto deportivo. Se nota un pueblo tranquilo y muy agradable junto al mar y no hace tanto viento como en SF, hasta parece que ha subido la temperatura.

Comemos en el coche a toda velocidad, porque se nos hace tarde, unos tacos estupendos que compramos en un mejicano. Nos alucina que hasta en comida rápida para llevar no bajamos de 150 € en comer; siempre picamos cuando nos preguntan si queremos añadir algún ingrediente extra, o una salsa diferente; todo suma, y al precio de la carta hay que añadir las “taxes” y por supuesto el 18% mínimo de propina, es alucinante.

Llegamos a la cita en Petaluma con nuestro amigo, que nos está esperando en una finca preciosa con varias casas y viñedos a las afueras del pueblo, donde tiene preparadas tres botellas de vinos (Pinot Noir, Syrah y Cabernet Franc) hechos por él y tres amigos en una pequeña cooperativa que han montado para consumo propio.

Nos enseña cómo lo hacen, la fermentación, la recogida, la prensa, los toneles, todo muy artesanal, vemos y probamos las uvas en los viñedos. Luego nos sentamos en el jardín y vamos probando cada vino, los tres exquisitos, picoteando quesos, frutos secos, higos; para terminar, un brandy hecho por ellos, acompañado con unos trozos de chocolate. Una merienda perfecta, y una buena experiencia de vida tranquila en las afueras de San Francisco.

De vuelta a SF cruzamos por la 580 al otro lado de la bahía para conocer la universidad de Berkeley; nos damos un paseo por el campus, con un estupendo ambientillo universitario por los edificios de las diferentes facultades y escuelas, y pensamos en lo agradable que debe ser estudiar allí.

Volvemos a San Francisco, nos apetece cenar en Little Italy y entramos en Sodini, una trattoria fundada en 1906 que parece haberse quedado en los años 40 del siglo pasado, desde su dueño con su tupé, camisa abierta sobre camiseta blanca y cadena de oro, hasta toda la decoración con referencias a Sinatra, Elvis y Sofía Loren. La camarera hace un guiño a Pablo cuando le pide una cerveza y nos pregunta la edad; cenamos pasta con almejas y mejillones, y carbonara; buenísimo todo.

 

Día 13. Sábado 31. San Francisco

Hoy nos falló el despertador y nos levantamos algo tarde. Corremos a desayunar y salimos a patear San Francisco. Primero compramos unos day passes (17 dolares por persona) en el inicio de la parada del tranvía en Fisherman's Warf junto a nuestro hotel, donde presenciamos, mientras esperamos la cola, cómo los maquinistas dan la vuelta al vagón sobre un suelo circular que hacen girar empujando.       

Tomamos el tranvía que nos lleva por Powell Street subiendo y bajando por las empinadas calles de SF hasta Union Square, donde nos bajamos y nos ponemos a caminar entre los altos edificios del Downtown.

Vamos hasta el Salesforce Park, un verde paseo en alto junto a la sede de esta empresa que convierte uns estación de autobuses en un agradable camino arbolado con cafés entre los edificios de grandes multinacionales como Deloitte, LinkedIn, Salesforce, etc. Detalles para cuidar el wellbeing de sus trabajadores estas empresas.

Decidimos ir hacia el barrio latino de Mission pillando un bus, pues el City Pass incluye todos los medios de transporte, y cogemos la línea 14 que recorre toda la calle Mission. A medio camino se sube y sienta a nuestro lado un homeless que apesta a marihuana; ya nos hemos acostumbrado a ver homeless por la calle y parecen inofensivos, pero este lleva dos tijeras abiertas en cada mano y cuando empieza a increpar a la gente decidimos bajarnos en la siguiente parada.

Nos damos cuenta de que nos hemos bajado en una zona poco recomendable, pues la calle parece una escena de una película de muertos vivientes, con chicos colgados, víctimas del fentanilo, tratando de caminar entre bolsas de basura; uno lleva un rato tratando de enderezar una maleta y no consigue ni mover su brazo; muy triste. Probablemente en España aún nos pararíamos a ayudarlos, pero aquí son invisibles para todos.

Tenemos suerte pues otro bus de la línea 14 vuelve a pasar a nuestro rescate y nos lleva hasta la zona concurrida del barrio de Mission, donde damos un paseo entre sus casas coloridas y con grafitis, ambiente muy latino y animado. 

Desde allí caminamos hasta el parque Dolores, una colina desde la que se disfruta de una preciosa vista de la ciudad, llena de gente y familias haciendo brunch de sábado al sol sobre la hierba.


Nos sentamos unos minutos a descansar y luego cogemos un tranvía que nos lleva de nuevo al centro donde vemos el Ayuntamiento, un edificio enorme que parece el Capitolio. Y en otro bus (hemos amortizado nuestro day pass) volvemos al Pier 39 a ver de nuevo los leones marinos, esta vez de día; ahí siguen en manada tirados sobre el embarcadero a la vista de cientos de turistas, junto a varios pelícanos. Comemos unos hot dogs en unos bancos del puerto y volvemos al hotel a descansar.

A las 18h estamos de nuevo en marcha, esta vez con el coche; pasamos por delante del precioso Palacio de Bellas Artes (parece sacado de la Grecia clásica, muy bonito) a la entrada del Golden Gate, al final de Pacific Heights, un barrio súper empinado con casas espectaculares.


Luego nos vamos a ver la playa de San Francisco, Ocean Beach, muy abierta con pequeñas dunas bonitas pero un viento imposible; aun así había mucha gente, aunque muy abrigada. Nos acercamos a admirar el Golden Gate desde varios miradores pues la luz del atardecer es espectacular y llegamos a Baker Beach, donde están las mejores vistas.


Ya de noche, decidimos que toca ir a cenar a Chinatown donde todavía no hemos estado, así que tras un rápido análisis de mercado nos dirigimos a China Live, que resulta ser un restaurante súper cool con música y ambiente local muy juvenil y moderno, en contraposición al estilo rancio y cutre que se respira en la mayoría de locales chinos de los alrededores. Nos encanta todo lo que pedimos; otra vez nos hemos pasado con las cantidades, pues casi no somos capaces de terminar la cena, pero ha sido todo un descubrimiento.


Dia 14. Domingo 1. De San Francisco a Monterey. 142 millas, 228 km

Hacemos check out y nos vamos primero a ver las vistas de la ciudad a la Torre Coit, luego pasamos por delante de los estadios Oracle Park, de los SF Giants de béisbol, y del Chase Center, de los Golden State Warriors de la NBA. Luego bordeamos la ciudad para subir a las colinas de Twin Peaks desde donde se ve todo SF en 360 grados, precioso.


Volvemos a bajar al Golden Gate Park que se nos había quedado por visitar la tarde anterior. Subimos a la torre del museo de Young (acceso gratuito) y capturamos una nueva perspectiva de la ciudad. A la salida pasamos por delante del Japanese Tea Garden; se ve una pagoda a la puerta y tiene muy buena pinta, pero cobran la entrada y no tenemos tiempo, así que lo dejamos para otra vez.

La sensación que nos deja San Francisco es muy positiva: una ciudad un tanto “europea”, con muy buen ambiente, dimensiones manejables, calidad de vida, alrededores preciosos. Sin duda hay que tener mucho dinero para vivir bien aquí, pero parece más fácil vivir a gusto aquí que en la mayoría de grandes ciudades norteamericanas.

Tras pasar a ver los campos de golf TPC Harding Park, y Olympic Golf Club, iniciamos el camino hacia Monterey, nuestra etapa final del día, pasando por Stanford, la prestigiosa universidad californiana. Nos sorprende su arquitectura un tanto árabe-bizantina, y la grandiosidad de los espacios.


Comemos unos trozos de pizza en Palo Alto, en una calle muy pija, de edificios bajitos con tiendas con mucha clase (aunque aquí son pijo-progres, pues por primera vez vemos unos carteles de apoyo a Kamala Harris, después de haber visto muchos apoyando a Trump en Arizona y Nevada).

Luego, pasamos por las sedes de 4 de las mayores multinacionales del mundo que han tenido su origen en Silicon Valley: Meta, Google, Microsoft y Apple. Y descubrimos que hay una calle llamada Inigo's Way a dos manzanas de la sede de Microsoft. Predestinado!!


Y así llegamos a Monterey, donde nos esperaba un vino con queso en nuestro Victorian Inn, (invitación de la casa a sus huéspedes cada día a media tarde). Como queda poco para ponerse el sol, salimos corriendo a dar un paseo por la calle principal Canary Row, súper animada con un montón de tiendas abiertas, restaurantes y pubs, junto al mar al que sin embargo dan la espalda, pues el viento y la temperatura no permiten disfrutarlo cómodamente.

Se nota que han vivido de la industria conservera pesquera mucho tiempo y quedan restos de viejos almacenes por todas partes, algunos ya reconvertidos en tiendas o restaurantes. Hay un gran acuario al final del pueblo. En el hotel nos recomiendan el Lalla Ocean Grill, pero es muy pronto y nos tomamos una cerveza en el pub local donde los chavales echan una partida a los dardos.

Luego nos quedamos sin sitio en el Lalla donde hay espera de 50 minutos, así que acabamos entrando en otro restaurante donde nos tomamos unas hamburguesas al ritmo ensordecedor de una banda de R&B de octogenarios, siendo atendidos por un chileno nieto de asturianos, con la Cruz de la Victoria tatuada en su mano.

Muy curioso el detalle de la chimenea a gas de la habitación, con sus troncos y brasas, bonita estampa invernal que nos calentó antes de dormir pues en la calle ya hacía bastante frío.


Día 15. Lunes 2. De Monterey a Santa Bárbara. 255 millas, 410 km

Desayuno en el lobby de nuestro Victorian Inn. Waffles incluidas, como las del Lodge de la ruta 66, para terminar de ponernos como los leones marinos del Pier 39.

Salimos directos a Peeble Beach. Se trata de un “17 miles tour” (pagando 12 USD) que haces en coche, recorriendo la preciosa costa y atravesando los increíbles campos de golf que hay allí. Es el paraíso del golf; estamos pegados a los hoyos y es posible ver con detalle los tees, las calles y los greens. Insuperables vistas de los hoyos al borde del mar. Tenemos la suerte de ver una salida desde el tee más complicado que hemos visto, entre las rocas.

Terminamos el tour en el campo más famoso, Pebble Beach Club, y pasamos un buen rato disfrutando al borde del green del hoyo 18, en la casa club, en el Visitors Center y en las tiendas. Es emocionante estar aquí. Jugar cuesta 650 dólares. Repito: 650 dólares.

Tras pillar unos sándwiches, ensaladas y birras, pasamos por Carmel by the Sea, el pueblo del que fue alcalde Clint Eastwood, del que no encontramos su centro, si es que lo tiene, pues no vemos más que casas ideales al borde del mar y una bonita playa de arena blanca y fina, aunque otra vez desagradable para estar, por el fuerte viento.

Es día festivo y hay bastante atasco de coches; tomamos la mítica Carretera 1 en dirección a Big Sur, pero al poco nos damos cuenta de que el presagio que teníamos se ha cumplido: una gran parte de la carretera está cortada por desprendimientos, por lo que todo lo que hagamos de ida hay que volver a hacerlo de vuelta. Abortamos por lo tanto la operación Big Sur y nos vamos camino de Santa Bárbara por la 101 interior para intentar llegar a una hora decente.

Vemos que vamos a pasar por Laguna Seca, el famoso circuito de motos, y como somos inasequibles al desaliento, decidimos ir allí a comer. Tras engatusar a la encantadora ranger de la puerta de entrada, nos deja pasar a ver el circuito y comer en una de sus zonas de picnic, donde es posible acampar. Tras tres intentos infructuosos de abrir nuestra comida en distintas mesas (sombra, sol, viento, avispas), decidimos terminarla en el coche. La ranger tuvo que flipar con nuestros movimientos y cambios de ubicación.

Llegamos a nuestro hotelito de Santa Bárbara, el Milo, sobre las 18h. Muy chulo, de estilo colonial, justo enfrente de la playa y muy bien ubicado junto al pier. Los chavales se quedan bañándose en la piscina y los papis damos un voltio por la playa y el pier, contemplando la puesta de sol y dejando reservada la cena en el Moby Dick.    


Es nuestra última cena del viaje y nos damos el lujo de pedir unos chowder cups, eso sí, sin ningún añadido, además de nuestros platos principales. Tomamos de nuevo cioppino, una caldereta de pescados y marisco, y linguini con almejas, platos muy típicos por estos lares. Somos los últimos en salir del restaurante, son las 21h y no queda nadie en el pier.

Nos damos un paseo por la zona de bares pero hay poco ambiente, así que antes de las 22h estamos en el hotel, donde nos quedamos un rato en una mesa del jardín con unas brasas que dan un calorcito muy agradable. Decidimos poner el despertador a las 6h para dormir lo justo, aprovechar bien la mañana e ir lo más cansados posible al avión, pues nos esperan unas 11 horas de vuelo.


Día 16. Martes 3. De Santa Bárbara a Los Ángeles. 100 millas, 161 km

Nos levantarnos casi de noche, amanece el día nublado, cosa rara hasta ahora, pues afortunadamente hemos visto pocas nubes y nada de agua. Aprovechamos la mañana entre el gym y un agradable paseo por la playa hasta el espigón del embarcadero viendo leones marinos, pelícanos y cormoranes. 

Estamos todos de acuerdo en que Santa Barbara nos recuerda mucho a Alcocéber, con las palmeras de primera línea y la sierra detrás plagada de chalets. Siendo españoles, cuesta mucho trabajo encontrar sitios costeros que puedan superar a los nuestros.

A las 11h salimos de nuevo a la 101 camino del aeropuerto, y en Ventura nos desviamos por la Carretera 1 para echar un rato admirando las impresionantes casas de la playa de Malibú. La niebla del inicio le da un toque fantasmagórico al conjunto de la estrecha playa y la sucesión de casas, algunas imponentes, otras más normales. En casi todas hay carteles de Private Property, No Trespassing, casi da miedo hasta hacer fotos. Hay muy poca gente en la playa, seguro que casi nadie vive allí de forma permanente. 


Volvemos al coche y unos pocos km más tarde, en Santa Mónica dejamos a nuestra derecha el famoso Pier y justo ahí giramos a la izquierda camino del aeropuerto, pasando antes a devolver nuestro Chevy que ha sido tan buen compañero de viaje, cómodo y espacioso, llevándonos de vuelta sanos y salvos tras más de 5.000 km de aventuras por las carreteras infinitas del oeste americano.

 

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