10 DÍAS EN CÓRCEGA
Córcega es una isla que representa bien el concepto “Mediterráneo slow”: la vida trascurre apacible en la mayor parte del territorio, y moverse por él requiere paciencia, pues, aunque nunca se recorren distancias largas, la velocidad media es siempre muy lenta.
No hay ningún monumento específico, ni ninguna belleza natural concreta que “obligue” al viajero a fijar Córcega como uno de sus destinos, pero el resultado final de circunvalar toda la isla es muy enriquecedor, y el viaje resulta muy agradable.
Paisajes de mar y de montaña muy bonitos, pueblos preciosos, buena gastronomía y buen ambiente en las localidades más turísticas, sin llegar ni de lejos a la masificación, hacen que pasar 10 días en Córcega sea una fantástica opción.
Día 1 – Rumbo a Córcega
Córcega está a poco más de 1.000 km en línea recta de Madrid, pero lamentablemente no hay vuelos directos y el viaje precisa de una escala. Salimos de Madrid temprano, a las 10 de la mañana, con la ilusión de iniciar un viaje que llevaba tiempo gestándose. El vuelo hacia Niza transcurrió sin contratiempos, y en apenas dos horas ya estábamos aterrizando en la Costa Azul.
Aprovechando la escala de casi cinco horas hasta enlazar con el avión que nos llevaría a Bastia, en Córcega, decidimos no quedarnos en el aeropuerto e ir al centro de Niza, buscando a través de una app un sitio en la ciudad para dejar las maletas y movernos más libres.
La escena en el locker de un minimarket regentado por una señora china fue casi de película: la diminuta tienda tenía una escalera portátil que bajaba a un sótano aún más pequeño, al que Pablo tuvo que bajar para acomodar las cuatro maletas. Con una mezcla de firmeza y cadencia la mujer china repetía, una y otra vez: “doucement, doucement”. La imagen de Pablo medio encajonado en la escalera minúscula, rodeado de maletas, mientras la señora marcaba el compás de la operación, nos arrancó carcajadas.
Con las maletas a buen recaudo, nos dimos un paseo por la Promenade des Anglais, disfrutando del sol, del aire marino y de la calma de la ciudad. El mar se extendía a nuestro lado, brillante bajo el sol, mientras caminábamos con la sensación de estar inaugurando de verdad el viaje.
Para comer elegimos el restaurante del casino ubicado en el grandioso Palais de la Méditerranée, que ofrecía un menú del día sencillo pero sabroso y a un precio razonable. Tras ello decidimos darnos un pequeño lujo: entramos en el famoso Hotel Negresco, un lugar cargado de historia. En una sala majestuosa, decorada con retratos de Luis XIV y María Antonieta, nos tomamos un café que sabía a otro tiempo, rodeados de un ambiente casi palaciego.
Cuando se fue acercando la hora del vuelo, regresamos al aeropuerto para seguir el viaje. Tras un breve trayecto en un pequeño avión de hélices de la compañía Air Corsica llegamos en menos de una hora al aeropuerto de Bastia y en seguida recogimos el coche de alquiler que nos acompañaría durante la estancia, un Renault Symbios del que recordaremos sobre todo su “banda sonora”, con ruiditos electrónicos para todo.
En pocos minutos pusimos rumbo a nuestro alojamiento en el cercano municipio costero de Santa Lucia di Moriani, en un apartamento situado en una residencia de vacaciones, típicas en la costa este corsa, un tanto venida a menos, enfrente del mar, con una playa estrecha y muy larga, de arena grisácea.
El motivo de hacer ahí nuestra primera escala fue la cena acordada con unos amigos que casualmente terminaban ese mismo día sus vacaciones en Córcega. Tras arreglarnos, condujimos unos pocos kilómetros más hacia el sur y en seguida llegamos al magnífico restaurante Campo Mare, en donde cenamos de maravilla, tomando un vino rosado local que resultó una gran sorpresa, y en la mejor compañía.
Día 2 – ruta por Bastia y Cap Corse
hasta Sant Florent
La mañana comenzó con un desayuno dulce, combinando los croissants que nuestros amigos habían traído la noche anterior, con más bollería y dulces típicos comprados a un boulanger de la zona.
La ruta del día consistió en darle la vuelta a la península de Cap Corse en el sentido contrario a las agujas del reloj, con destino final en Saint Florent. Son tan solo 150 km, pero para recorrerlos se necesitan casi 4 horas de conducción, con lo que añadiendo a eso las obvias paradas, el itinerario se convirtió en una excursión de día completo, con salida a las 10h y llegada a destino a las 19h.
Nuestra primera parada fue la encantadora ciudad de Bastia, con su aire mediterráneo y sus calles llenas de vida. Aparcamos en un hueco que encontramos en la calle y dimos un buen paseo por las calles y plazas principales, así como por el bonito puerto viejo, con sus casas formando una media luna.
Bastia nos sorprendió gratamente por su ambiente y por el encanto de sus calles peatonales, salpicadas de terrazas abiertas. Aunque era todavía primera hora de la mañana y no había demasiada gente, se adivinaba claramente que al caer la tarde debía transformarse en un lugar lleno de vida y con mucho ambiente nocturno. La visita resultó muy agradable, un inicio perfecto para la jornada.
A continuación seguimos hacia el norte siguiendo la costa de la península y nuestra siguiente parada fue en Erbalunga, un pueblecito costero encaramado justo encima del mar. Era ya mediodía, y en Francia se come temprano, así que decidimos parar allí a comer, siguiendo la recomendación de la guía que llevábamos.
Elegimos La Terrace, un restaurante con mucho encanto. La experiencia fue muy buena: nos sirvieron platos muy sabrosos, especialmente los linguinis con gambas; unos probamos el aperitivo local, el Cap Corse Matei, un vino quinado, mientras que otros optamos por la que se convertiría en la apuesta segura del viaje en términos de bebidas: la riquísima cerveza Pietra Ambrée, elaborada con harina de castañas.
Tras un breve paseo por el encantador pueblo de Erbalunga, el resto del día transcurrió recorriendo la península de Cap Corse en coche, con breves paradas. La ruta fue muy agradable: serpenteando entre maquis, el abundante arbusto de monte bajo típico de Córcega, y con vistas continuas al mar, con un paisaje espectacular.
Dimos toda la vuelta a la península, disfrutando de cada recodo del camino. En el trayecto nos encontramos con un molino restaurado entre los que fueron típicos de la zona, y con torres genovesas, pequeñas fortificaciones redondas con forma de almena de castillo, situadas tanto al borde del mar como en el interior de la península. Estas torres están repartidas por todo el norte de Córcega, muchas de ellas reconstruidas, y su presencia añadió un encanto histórico muy especial al recorrido.
Hicimos una pequeña parada en el precioso puerto de Centuri, con su costa que en cierto modo nos recordó a Islandia, aunque el pueblo también recuerda a Cudillero, salvando todas las distancias.
La carretera desde Centuri hasta Sant Florent es retorcida, sinuosa, estrecha y absolutamente preciosa. Una parada obligatoria para al menos hacer una foto es la playa negra de Albu, con su torre genovesa pintada de blanco, y por supuesto el mítico pueblo de Nonza, encaramado sobre su inmensa playa negra. El problema es aparcar…
Antes de llegar a nuestro destino final, pasamos por Patrimonio, una zona conocida por sus viñedos. Allí se produce un vino típico de la región, el Moscato, un vino blanco dulce. No tuvimos tiempo de parar a degustarlo, pero fue un placer contemplar la combinación de monte bajo, maquis y viñedos, un paisaje realmente bonito y característico de la zona.
La jornada terminó en el pintoresco pueblo de Saint Florent (San Fiorenzu en corso, recordando que allí casi todo termina en “u”, parece que estuviese todo escrito en asturiano). Allí nos alojamos en el Hotel Bellevue, un tranquilo y precioso hotel con piscina, justo al borde del mar. Tras instalarnos, nos dimos un chapuzón para recuperar fuerzas, y más tarde nos dirigimos al puerto para cenar en uno de los numerosos y animados restaurantes del paseo.
Día 3 – de
San Florent a Calvi
El tercer día del viaje arrancó con un buen desayuno en el jardín del Hotel Bellevue, un rincón tranquilo y agradable desde el que se veía el mar al fondo y se respiraba la calma típica de San Florent. El ambiente era ideal para comenzar la jornada: café recién hecho, pan crujiente, mermeladas locales y el aire fresco de la mañana.
Tras el desayuno, nos dimos un chapuzón en la piscina del hotel, aprovechando la calma de la mañana antes de salir a explorar. Poco después bajamos al puerto de San Florent, donde teníamos previsto coger un barco que nos llevaría a la magnífica playa de Lotu.
La travesía fue corta y agradable, y al llegar nos encontramos con una playa que recordaba mucho a las Islas Cíes: aguas cristalinas de un azul intenso y arena finísima, blanca y suave. El único inconveniente era el viento, que soplaba con fuerza, pero que en realidad servía para aliviar el calor del sol. Pasamos allí unas horas estupendas, bañándonos y disfrutando del paisaje. Nos dimos unos chapuzones deliciosos y hasta nos sacamos unas cuantas fotos para recordar el momento.
Al regresar en barco a San Florent, ya eran más de las tres de la tarde. A esa hora muchos restaurantes estaban cerrados (los franceses, a esas horas, parecen estar ya más pensando en cenar que en comer), lo que nos complicó bastante la búsqueda de un sitio abierto. Finalmente encontramos una pequeña crêperie en el puerto y nos sentamos allí. La camarera tardó lo suyo en atendernos, y la espera empezó a poner a prueba la paciencia de todos. Finalmente los crêpes llegaron tarde, sí, pero llegaron. Y lo cierto es que estaban buenísimos, así que al final mereció la pena la espera.
De vuelta al hotel, aprovechamos para darnos un último chapuzón casi clandestino en la piscina, cambiarnos y montar en el coche que habíamos dejado en el parking del hotel con todas las maletas ya recogidas. Emprendimos el camino hacia Calvi, nuestro siguiente destino en la ruta, a solo 70 km de distancia pero a hora y media de tiempo, con la idea de tratar de ver cosas por la ruta pero intentando llegar con suficiente margen para aprovechar la tarde y, sobre todo, para instalarnos tranquilamente en el apartamento antes de que cerrara el supermercado, ya que necesitábamos hacer la compra.
Al final hicimos la ruta prácticamente del tirón, con una única parada en la bonita localidad costera de L'Île-Rousse, que tiene dos enormes playas y un puerto de ferries enclavado en la isla de Pietra, ahora península por el puente que la une a la ciudad.
Llegamos finalmente a Calvi a última hora de la tarde, con la meta clara de hacer la compra antes de que cerrara el supermercado. Nuestro apartamento estaba en la calle principal que lleva a la ciudadela, y que ese día estaba cortada al tráfico por una festividad local, así que tardamos más de la cuenta en dejar el coche en un parking.
El apartamento era espectacular, pero su ubicación en un tercero sin ascensor hizo que el abordaje fuera un poco más cansino de la cuenta. Al final conseguimos rematar justo a tiempo para bajar al Spar más cercano y llenar el carro con lo esencial: pan, pasta, embutidos (coppa y lonzo) y quesos corsos, cervezas, zumos, fruta y cosas para los desayunos. Salimos de la tienda con la sensación de misión cumplida y la tranquilidad de tener todo lo necesario en la nevera.
Ya instalados en el apartamento, decidimos que lo más sensato era cenar allí mismo, aprovechando lo que habíamos comprado y la fantástica botella de vino que nos habían regalado nuestros amigos el primer día. Tras la cena, nos vestimos de nuevo y bajamos al puerto de Calvi, donde el ambiente era espectacular: terrazas llenas, música en vivo en algunos locales y un aire festivo que invitaba a quedarse. Allí nos sentamos en un bar de copas y pedimos unos cócteles, disfrutando de la animación del lugar y de la vista de la ciudadela iluminada al fondo.
Día 4. Calvi y cambios de planes
Nuestra primera impresión al levantarnos fue de cierto alivio. El viaje en barco que teníamos previsto para hoy, una larga excursión de cinco horas a la Reserva Natural de Scandola y Girolata, había sido cancelado el día anterior por “condiciones climatológicas adversas”. En realidad, lo que pasaba era que soplaba un viento fuerte que hacía incómoda la travesía. Y qué bien que fue así: esa cancelación inesperada nos permitió replantear el día, improvisar y quedarnos a descubrir con calma otras excursiones por Calvi y sus alrededores.
Lo primero que hicimos fue darnos un opíparo desayuno en el apartamento. Con energías renovadas, nos dividimos: unos fuimos a dar un paseo por la preciosa ciudadela de Calvi, mientras que otros salimos directamente hacia la playa.
El paseo por la ciudadela resultó de lo más interesante. Sus calles empedradas y murallas respiraban historia, y lo más llamativo aparte de la que se supone que fue la casa de Cristóbal Colón (icono “fake” de Calvi) fue encontrarnos con el antiguo oratorio de San Antonio Abad en ruinas, dañado gravemente por una tormenta en el año 2022. Todo el recorrido por la ciudadela se vivió con mucha curiosidad y encanto, descubriendo rincones con vistas espectaculares sobre el mar.
El baño en la playa fue fantástico. Aunque hacía viento (y por eso se había cancelado la excursión en barco), el agua en la bahía de Calvi estaba totalmente en calma, era completamente cristalina y podías entrar muchos metros mar adentro sin que llegase a cubrir por completo. Relax total.
Tras el baño en la playa, regresamos al apartamento, comimos las provisiones que habíamos comprado el día anterior y completado esa misma mañana en una pequeña épicerie local, llena de productos deliciosos, y en seguida nos preparamos para la ruta de la tarde, improvisada poco antes, una etapa sencilla de 55 km que se recorre en aproximadamente hora y media.
Nos focalizamos en los pueblos encaramados en la montaña, todos ellos a menos de treinta kilómetros de Calvi. El primero fue Corbara, un pequeño pueblo colgado de la ladera, que nos abrió camino hacia otros rincones aún más sorprendentes. La siguiente parada fue Pigna, un pequeño pueblo precioso, volcado en el arte y la artesanía, con talleres de cerámica y un interesante programa de conciertos en su pequeño auditorio. Aquí está el hotel U Palazzu, con un aire algo decadente pero cargado de romanticismo. Situado en lo alto de la montaña, sus terrazas ofrecen unas vistas impresionantes a la bahía y al mar. Un lugar perfecto para una escapada romántica.
Continuamos hasta Aregno, en donde hicimos una parada muy especial en un cementerio donde se alzaba una iglesia de estilo románico-pisano del siglo XII, sencilla y preciosa, que nos sorprendió por estar en medio del camposanto, rodeada de silencio y de paz.
Finalmente llegamos a Sant Antonino, catalogado oficialmente como uno de los pueblos más bonitos de Francia. No exageran: tras subir por sus serpenteadas y empinadas calles adoquinadas, alcanzamos lo más alto, donde nos esperaba una vista de 360 grados sobre el mar, las montañas y los valles. Allí, en un pequeño restaurante en la cima, I Scalini, nos tomamos unas cervezas y unos Aperol Spritz mientras los camareros preparaban las mesas para el turno de cenas.
De vuelta a Calvi, emprendimos la carretera casi a velocidad de rally, intentando no perdernos la puesta de sol. Llegamos justo a tiempo: nos adentramos en la ciudadela, donde en teoría solo se permite la entrada a coches de lugareños, y conseguimos aparcar el nuestro justo debajo del restaurante vegetariano Mi! en el que habíamos reservado.
Día 5 – Rumbo al sur, de Calvi a Piana
El día comenzó en Calvi, donde ya tocaba despedirse de esta preciosa ciudad. Nos levantamos temprano para recoger el apartamento y dejarlo todo listo. A las 10 de la mañana cerramos la puerta por última vez, cargamos el coche y nos pusimos en marcha hacia la siguiente etapa de nuestra ruta por Córcega con destino Piana, 90 km al sur siguiendo la costa oeste de la isla, a dos horas y media de conducción.
Nuestra primera idea era acercarnos hasta la Punta de la Revellata, desde donde se tiene una panorámica de toda la bahía de Calvi. Sin embargo, al llegar nos dimos cuenta de que no era posible acceder en coche y que la caminata hasta allí era demasiado larga para el tiempo que teníamos.
Así que optamos por un plan alternativo: subir hasta Nôtre-Dame de la Serra, un santuario situado en lo alto de un promontorio donde se alza una virgen blanca que protege a la ciudad. Desde allí disfrutamos de unas vistas espectaculares de Calvi, con el mar azul intenso de fondo y la ciudadela recortada contra el horizonte, y de los montes más altos de la isla el Cinto (2.706 m) y su vecino el Paglia Orba (2.525 m).
Desde Nôtre-Dame de la Serra recorrimos la épica carretera D81B, que bordea toda la costa desde Calvi hasta el Valle del río Fango, un entorno natural que marca la entrada al corazón montañoso de Córcega. Tomar la D81 es más rápido y cómodo, pero hacerlo sería pecado mortal.
Una vez dentro del valle del Fango, la carretera serpentea río arriba entre montes cubiertos de maquis y bosques verdes hasta llegar al pequeño pueblo de Barghiana desde el que se abre una vista espectacular hacia las montañas corsas más altas de la zona. Justo frente al pueblo se alza el impresionante monte U Tafunatu (2.335 m), que tiene un enorme agujero muy cerca de su cima, como el ojal de una aguja de coser. En el pueblo encontramos la taberna A Muvrella con una terraza encantadora, perfecta para hacer una parada. Disfrutamos de unas ensaladas frescas y unas focaccias elaboradas con productos típicos corsos, todo acompañado de un vino local.
Después de comer, ya con el estómago lleno y con ganas de refrescarnos, nos acercamos al río Fango, que en contra de lo que uno esperaría dado su nombre, es famoso por sus aguas limpias y cristalinas. Allí descubrimos unas piscinas naturales y pozas formadas entre las rocas, con pequeños saltos de agua que caían suavemente río abajo. No tardamos en lanzarnos al agua: la corriente era fuerte y nos permitió experimentar lo que es nadar contracorriente, una sensación tan divertida como agotadora. El entorno, rodeado de naturaleza salvaje y en completo silencio, nos regaló uno de los baños más auténticos y diferentes del viaje.
Tras refrescarnos en el río Fango y reemprender la ruta, llegamos finalmente a las Calancas de Piana. Pero antes de adentrarnos en este paraje tan espectacular, que al final acabamos atravesando cuatro veces con el coche, hicimos una parada en el propio pueblo de Piana, donde nos alojaríamos esa noche. Allí hicimos el check-in en el Hotel Maremonti, dejando las maletas para poder explorar con mayor comodidad.
Después de instalarnos, regresamos hacia la entrada de uno de los caminos que recorren las calancas. Elegimos entrar junto a la famosa Tête du chien, el trayecto es realmente impresionante: un sendero serpenteante entre formaciones rocosas rojizas, esculpidas por la erosión en caprichosas figuras. El sendero se recorre en apenas 20 minutos, pero cada paso sorprende con nuevas formas en la roca. Al llegar al final, nos encontramos con un acantilado impresionante, donde el mar y las paredes rojizas se fundían en un paisaje espectacular.
Serían alrededor de las siete de la tarde, cuando el sol empezaba a descender y teñía el cielo de tonos rojizos. La luz era perfecta para las fotos, y lo más curioso fue que apenas había gente: los franceses suelen acudir mucho antes, así que tuvimos la suerte de disfrutar de aquel espectáculo casi en soledad.
Como aún era pronto para cenar en Piana, decidimos acercarnos a la playa de Arone, a unos 20 minutos en coche al otro lado de la costa. Nos habían recomendado el Café de la Plage, así que fuimos con la idea de darnos un último baño antes de que cayera el sol. Sin embargo, al llegar se nos quitaron las ganas: el viento soplaba con fuerza y el agua estaba muy movida, nada apetecible para bañarse. En cambio, lo que sí que resultaba tentador era sentarse en el café, relajarnos y disfrutar de una cerveza fresca mientras contemplábamos la playa batida por las olas.
De regreso a Piana llegamos justo a tiempo para encontrar sitio en uno de los muchos restaurantes animados que servían cena aquella noche. Antes de salir a cenar tuvimos que pasar por la habitación del hotel a abrigarnos un poco, porque aunque el pueblo está cerca del mar, al ser también de montaña se notaba que por la noche la temperatura bajaba. No debíamos de estar por debajo de los 20 grados, pero aun así se estaba mucho más cómodo con un jersey.
Finalmente nos sentamos en el restaurante La Voute, donde disfrutamos de unos estupendos menús corsos, perfectos para reponer fuerzas tras un día intenso entre montañas, ríos, calancas y mar. Fuimos atendidos estupendamente por un camarero con gafitas que nos recordaba muchísimo al protagonista de la película Psicosis, Anthony Perkins, lo que añadió un guiño curioso y simpático a la velada.
Así concluyó un día intenso, lleno de contrastes entre la despedida de Calvi, la frescura del río, la grandiosidad de las Calancas y la calidez de la acogida en Piana.
Día 6 – De Piana a Ajaccio
Amanece y nos levantamos en nuestro hotelito de carretera, a la entrada del pueblo de Piana. Desayunamos en la terraza, muy a gusto, aunque alguna que otra avispa petarda se lanzaba directa al jamón. Con el coche ya preparado, volvimos sobre nuestros pasos para recorrer otra vez la carretera de las Calancas de Piana. La ruta del día hasta Ajaccio era de 100 km a recorren en dos horas y media de conducción.
Desde Porto subimos hasta el pueblo de Ota y seguimos hasta las gorges de Spelunca, unas gargantas excavadas por el río del mismo nombre, encajadas entre las montañas. El recorrido comienza en un puente y, tras una caminata de media hora, alcanzamos otro puente de estilo genovés que nos recordó al romano de Cangas de Onís pero mucho más pequeño. El paseo, breve pero muy agradable, nos regaló paisajes espectaculares. Allí mismo aprovechamos para darnos un chapuzón en el río, aunque esta vez el agua estaba bastante más fría que en otras ocasiones, lo que lo hizo aún más revitalizante. Tras el baño, regresamos al coche para continuar la ruta.
Pasamos por una carretera en dirección a Evisa que aparecía como cortada tanto en Waze como en Google Maps, pero que afortunadamente pudimos recorrer sin problemas para evitarnos una ruta alternativa que hubiera sigo más larga. Un poco antes de llegar a Evisa nos encontramos con un montón de cerdos tumbados en la cuneta de la carretera. Es habitual encontrarte cabras, pero lo del ganado porcino fue una sorpresa.
Tras llegar a Evisa y parar a comprar agua, nos dirigimos a las piscinas naturales de Aitone para comer en el río los bocadillos que una señora muy amable nos había preparado a primera hora en la boulangerie de Piana. Dejamos el coche en el borde de la carretera y nos pusimos a andar hacia el río. En medio de la caminata tuvimos un pequeño susto: una pandilla de cerdos apareció de repente y empezó a olisquear la bolsa de los bocadillos. Con gritos y aspavientos logramos asustar a los puercos, logrando que se dispersaran y pudiéramos continuar sin más percances. Una vez llegamos a las piscinas naturales, nos sentamos a comer tranquilamente. El lugar estaba muy animado, con bastante gente bañándose en las grandes pozas de agua cristalina.
El tiempo se nos pasó volando y, al final, decidimos no coronar el Col de Berggiu, el punto más alto del puerto. En lugar de eso, emprendimos directamente la ruta hacia Ajaccio para llegar a una hora prudente, instalarnos en el apartamento y poder disfrutar de la ciudad por la tarde.
Ajaccio nos recibió preciosa, al borde del mar. Teníamos reservado un apartamento en pleno centro, en la zona antigua, justo enfrente del puerto. Siguiendo las indicaciones de nuestro casero, que muy amablemente nos había enviado instrucciones desde la mañana, aparcamos el coche en el parking del puerto Tino Rossi y nos dirigimos al apartamento. Una vez instalados, salimos a dar un paseo.
La primera impresión de Ajaccio fue inmejorable: calles animadas, terrazas llenas de gente cenando y tomando algo, un ambiente vibrante y acogedor. Nos sentamos a tomar un Aperol en la plaza de la Catedral, y aprovechamos para entrar a verla, sorprendentemente abierta a esas horas. Después continuamos hasta la Ciudadela, vimos la playa y disfrutamos de un paseo muy agradable por las calles del centro histórico.
Finalmente regresamos al apartamento para cenar relajadamente los productos que habíamos comprado en una épicerie que estaba a punto de cerrar y ver jugar al Oviedo contra el Real Madrid.
Día 7 – Ajaccio y las Islas
Sanguinarias
Amaneció un día soleado en Ajaccio y decidimos tomárnoslo con calma, sin mover el coche del parking durante todo el día. Por la mañana fuimos al supermercado a hacer compra para tener comida en el apartamento, y después nos dedicamos a pasear tranquilamente por el centro histórico de la ciudad: sus callejuelas llenas de tiendecitas, la animada plaza central, la Casa de Napoleón, el Palacio Fesch, etc. Todo el ambiente era muy animado, con mucho movimiento de gente.
Más tarde nos acercamos a la playa que está justo debajo de las murallas de la Ciudadela; pequeña, muy bonita y con apenas gente. El agua estaba a una temperatura estupenda, así que disfrutamos de la mañana entre chapuzones y descanso en la arena.
A mediodía volvimos al apartamento, donde almorzamos lo que habíamos comprado, y después nos echamos una pequeña siesta. A las seis de la tarde nos dirigimos al puerto para la actividad que teníamos reservada: ver la puesta de sol en las Islas Sanguinarias.
Allí conocimos a Marco, nuestro capitán, un marinero con muchos años de experiencia, que había vivido varios años en Madrid y hablaba un buen español con acento más italiano que francés. Subimos a bordo de la lancha, una fuera borda con dos motores de 400 caballos y doce asientos que parecían más de una atracción de feria que de un barco. Con cierta torpeza nos colocamos los chalecos salvavidas, provocando las risas de nuestro capitán, y en cuanto estuvimos todos listos empezamos a navegar.
En cuanto dejamos atrás la bocana del puerto, Marco aceleró y la lancha salió disparada a una velocidad de locura. El viento nos golpeaba con fuerza mientras los dedos se nos agarrotaban en los asideros, gritando cada vez que la embarcación saltaba sobre una ola. Fue como un parque de atracciones en pleno mar, una experiencia vibrante.
En lugar de desembarcar en las islas, como suele hacerse en la mayoría de las excursiones, Marco nos llevó un poco más adelante, hasta una cala tranquila donde fondeamos. Allí, mientras el sol se iba tiñendo de tonos naranjas y violetas, los doce pasajeros nos presentamos, contamos de dónde veníamos y a qué nos dedicábamos, y compartimos un rato muy agradable. Marco descorchó un par de botellas de vino, y entre brindis, charlas y risas, el ambiente se volvió mágico.
La vuelta fue el gran colofón: ya casi de noche, Marco volvió a poner la lancha a toda velocidad, con música a todo volumen. Todos levantábamos los brazos como si bailáramos al ritmo de los saltos de la embarcación sobre las olas, mientras Marco hacía giros en redondo para arrancar carcajadas. Entrar así en el puerto de Ajaccio, con las luces de la ciudad encendiéndose y el mar chispeando bajo la estela, fue un momento inolvidable.
Al llegar al puerto regresamos al apartamento para cambiarnos y enseguida volvimos a salir. Teníamos reservada mesa en una pizzería de una de las callejuelas más animadas del casco antiguo. Allí terminamos la jornada disfrutando de unas pizzas enormes, tan grandes que apenas pudimos terminarlas. Fue el cierre perfecto para un día redondo.
Día 8 – De Ajaccio a Bonifacio
Nos despedimos de Ajaccio y de nuestro estupendo apartamento, saliendo hacia las diez y media de la mañana. Emprendimos el camino bordeando las preciosas playas de Agosta y Mare e Sole situadas al otro lado de la bahía, en dirección a Bonifacio, una ruta de 136 km para los que hace falta conducir tres horas.
Tras la ruta costera con playas bonitas y vistas espectaculares la carretera gira hacia el interior, llegando al precioso pueblo de Sartène. Allí nos detuvimos a comer en un restaurante encantador llamado Le Jardin de l’Echaugettes, disfrutando de la gastronomía local y del ambiente acogedor del lugar. Dimos un paseo por las encantadoras callejuelas del pueblo, tomamos unos cafés y volvimos al coche para seguir la ruta.
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Tras salir de Sartène, hicimos una parada en un lugar muy especial llamado Roca Pina. Allí, al borde de un acantilado, se podía contemplar una formación rocosa que recordaba a un león en posición yacente, echado sobre la roca. La vista era impresionante, con el mar extendiéndose a nuestros pies y la figura pétrea del león recortada contra el horizonte. Fue un momento perfecto para descansar un rato y admirar la fuerza del paisaje.
Llegamos a Bonifacio sobre las cuatro de la tarde, justo a tiempo para entrar en el hotel SoleMare, que nos sorprendió muchísimo. Estaba enclavado en pleno puerto, con unas vistas impresionantes hacia la Ciudadela, rodeado de yates y barcos imponentes. Al coger nuestra habitación, nos quedamos maravillados: era muy espaciosa y contaba con unas vistas fabulosas sobre el puerto.
Después de instalarnos, no perdimos tiempo y bajamos rápidamente a disfrutar de la piscina, relajándonos un rato tras el viaje. Más tarde nos preparamos para subir a cenar a la Ciudadela, disfrutando de la animación nocturna y de las calles llenas de historia y encanto, y justo a tiempo para contemplar la puesta de sol desde el final del recinto fortificado, junto al cementerio, con un montón de gente haciendo fotos y disfrutando del espectáculo del sol bajando sobre el mar y los acantilados.
Tras la puesta de sol, buscamos un lugar para cenar, caminando por las calles al lado de la muralla de la Ciudadela. Estaba todo bastante lleno y no habíamos reservado, así que terminamos en la terraza de un restaurante simplón, pero muy bien ubicado en la plaza junto a la entrada de la ciudadela y con platos sabrosos.
Tras la cena en la Ciudadela, bajamos al puerto de Bonifacio y nos dimos un paseo. Allí, entre los yates más impresionantes que hemos visto nunca, tomamos unos cocteles en la terraza de un bar diminuto ubicado frente a los yates más grandes, y regentado por un camarero que era todo un personaje. De vuelta hacia el hotel, nos topamos con una macro fiesta en el pub B´52s, al aire libre, con un DJ tocando música en directo y un montón de gente bailando entre los yates. No nos animamos a quedarnos y disfrutamos del baile desde la terraza de la habitación, pues nuestro hotel estaba justo enfrente al otro lado del puerto y la música sonó sin piedad hasta las dos de la mañana.
Día 9 – de Bonifacio a Porto Vecchio
Nos despertamos y desayunamos estupendamente, con unas vistas magníficas de frente al puerto. Entre cafés y croissants comentamos si merecía la pena acercarnos a las islas Lavezzi. Al final nos dimos un buen chapuzón en la piscina para empezar el día con calma y, sobre las once, recogimos todo con la idea de poner rumbo hacia allí. Sin embargo, como no podíamos dejar el coche en el parking del hotel, decidimos que lo más práctico era olvidarnos de la excursión en barco y continuar con nuestro viaje por carretera. Además, hacía bastante viento y no apetecía demasiado una travesía en barco.
Nos despedimos de Bonifacio, tomando la oportunidad de hacer una última foto desde el otro lado del puerto para contemplar la Ciudadela y su impresionante enclave sobre el acantilado. Tras esta parada, continuamos por toda la costa rumbo a nuestro destino final en Porto Vecchio, una ruta de unos 70 km para conducir durante dos horas. Nuestra idea era aprovechar el día para hacer algunas paradas: visitar un par de playas, disfrutar de los paisajes costeros, y ver de cerca el famoso campo de golf de Sperone, reconocido por sus vistas al mar y su trazado entre acantilados y dunas; finalmente no pudimos ver el campo, ya que estaba completamente cerrado y era imposible pasar de la puerta.
Continuamos hasta la playa de Rondinara, una playa preciosa con forma redonda, bastante recogida y tranquila. Sin embargo, ese día no era muy apacible para tomar muchas fotos, ya que el clima y la luz no eran los ideales para capturar plenamente el paisaje. En la playa pudimos descansar tranquilamente: dimos un paseo por la orilla, nos tomamos una cervecita y compramos unos sándwiches en el restaurante de la playa, que comimos sentados en la arena mientras nos dábamos varios chapuzones en el agua.
Luego nos dirigimos a la playa de Palombaggia, otra de las más famosas de Córcega. Es una playa de arena fina y blanca, con aguas azules, muy bonita en condiciones normales. Sin embargo, ese día el agua estaba revuelta por el viento, con olas, y no se podía ver el fondo, así que no pudimos apreciarla en todo su esplendor, y quizá por eso tampoco nos impresionó demasiado.
Tras disfrutar de las playas, llegamos a nuestro destino final de este viaje, el hotel Marina Corsica, ubicado a las afueras de Porto Vecchio. Nos costó encontrar la entrada, porque el hotel estaba situado dentro de una residencia de apartamentos con playa propia, piscina y restaurante al borde del mar, a la que habían añadido un bloque de habitaciones de hotel.
Tras descansar un rato entre la playa y la piscina, nos preparamos para salir a cenar a Porto Vecchio, en el restaurante L´Antigu que habíamos reservado gracias a la recomendación de la recepcionista del hotel.
Logramos aparcar en la calle junto a lo que queda de muralla de la Ciudadela, a cincuenta metros del centro peatonal de Porto Vecchio, que nos encantó: un casco histórico súper animado, lleno de callejuelas de piedra, con muchísimas tiendas y muy buen ambiente en cada rincón. Los chicos aprovecharon para comprar regalitos para sus novias y paseamos entre escaparates y terrazas hasta la hora de cenar.
Nuestra mesa en el restaurante estaba perfectamente situada, junto a un ventanal abierto con vistas al puerto y la comida fue excelente. Un restaurante precioso, con buena atención y una atmósfera muy cuidada. La velada acabó de la mejor manera: en la terraza del bar de copas Le Patio, tomando unos buenos cócteles, escuchando buena música y disfrutando de la vida nocturna de Porto Vecchio antes de volver al hotel.
Día 10 – Vuelta a casa
Nos levantamos en nuestro hotel y aprovechamos la mañana para un último chapuzón. Algunos prefirieron la piscina, otros dieron un paseo por la playa y el mar, disfrutando de los últimos instantes en la isla. Después, tocó hacer rápidamente las maletas, pues teníamos por delante casi dos horas y media de trayecto hasta el aeropuerto de Bastia, 127 km al norte.
Condujimos por la carretera costera, atravesando al final de la ruta por paisajes que ya nos resultaban familiares por haberlos recorrido en sentido contrario a nuestra llegada, hasta llegar al aeropuerto. Allí devolvimos el coche de alquiler que se portó fenomenal durante los 900 km que hicimos en el viaje, y esperamos durante un par de horas la salida de nuestro avión rumbo a Niza, que despegó con retraso por esperar a que escampase una tormenta que había en su ruta.
Así nos despedimos de Córcega, poniendo
fin a unos días llenos de descubrimientos, de playas, de pueblos con encanto,
de cenas inolvidables y de momentos compartidos que nos dejan un gran recuerdo
de esta preciosa isla.