Lisboa

Estábamos a punto de aterrizar.

Yo estaba sentado en la primera fila de business, así que la posición era privilegiada para controlar el momento en que ella pasase por el pasillo para salir del avión. Fingí que estaba muy ocupado con mi teléfono móvil mientras miraba de reojo a todo los pasajeros que iban pasando. En cuanto la vi a ella, me levanté, cogí mi mochila y salí del avión.


Era realmente guapísima, toda de negro, con unos leggins apretados, una blusa larga y floja y unas zapatillas de correr, con pinta de no haber corrido nunca. Supuse volaba por turismo, y supuse, porque me interesaba, que nadie la estaría esperando a la llegada.


En general odio aterrizar en medio de la pista y tener que usar un autobús que nos lleve hasta la terminal, pero en este caso resultó ser una coartada perfecta para entablar conversación. La localicé al fondo del autobús y fui hacia allí. El cruce de miradas y sonrisas cuando la dejé pasar en la puerta de embarque en Madrid, me facilitaron iniciar la conversación:


- Hola!! Qué cómodo ha sido el vuelo, a pesar del madrugón, ¿verdad?

- Sí, fenomenal.

Noté un acento extranjero:


- No eres española, pero hablas español.

- Sí, soy holandesa.
- Qué bien!! Me encanta Holanda. He tenido ocasión de ir muchas veces a tu país por motivos de trabajo, y me parece una maravilla. Me llamo Luis, ¿y tú? ¿De qué zona de Holanda eres?
- Muchas gracias. Me llamo Eva, y soy de Delft.
- Delft!! Lo conozco. Muy bonito, y muy universitario. Recuerdo una cena en un restaurante espectacular, precioso, en una vieja casa ubicada en una plaza medio escondida tras una calle con canal, ...
- ¿El Van der Dussen?
- Sí!!! Se llamaba así. Pero, ¿cómo has podido adivinarlo?
- No sé, intuición...

Esto era una señal. Seguí con el interrogatorio, que ella aceptaba gustosa:


- ¿Viajas a Lisboa por turismo?

- Sí, voy a estar un par de días aquí, y luego iré a Oporto. 
- ¿Conoces la ciudad?
- Bueno, un poco, estuve de pequeña, con mis padres, pero no la recuerdo bien. ¿Y tú?
- La conozco muy bien, he estado aquí muchas veces. 

Entré al ataque:


- Eva, es prontísimo y no tengo nada que hacer hasta las 10:30. ¿Me dejas que te invite a desayunar, si no has quedado con nadie?

- Pues... no sé, me da un poco de apuro... La verdad es que no he quedado con nadie porque viajo sola y tengo tiempo. Bueno, OK pero cada uno paga lo suyo, ¿de acuerdo?
- De acuerdo!! Pero yo pago el taxi.

El autobús llegó a su destino. Nos bajamos, recorrimos la terminal, que más parece un centro comercial que un aeropuerto, y caminamos juntos hasta la parada de taxis, en la que casi no había cola. En un minuto estábamos dentro de una furgoneta de horrible color beige, camino del café A Brasileira. 


No había casi nada de tráfico. Salimos de la autovía, giramos junto al estadio José Alvalade (que a pesar de estar atento a Eva me quedé mirando de reojo; no sé por qué me atraen tanto los estadios de fútbol), bajamos Campo Grande, enfilamos hacia la Avenida de la República, de ahí hacia Marqués de Pombal, avenida da Liberdade, rúa Áurea y en seguida estábamos sentados junto a Pessoa, en una mesa de la terraza, con los primeros rayos de sol.


Pedimos un par de cafés y media docena de "pastéis de nata" que degustamos con calma, mientras la conversación que habíamos iniciado en el taxi pasó de los asuntos turísticos a los gastronómicos, hasta que pronto se hizo evidente que ambos queríamos algo más que hablar. 


Hartos de esperar a que el camarero nos cobrase en nuestra mesa de la terraza, entramos a pagar en la barra, y mientras Eva buscaba su dinero dentro de un bolso de la mochila, la besé suavemente en el cuello, junto a la nuca, atento a su reacción. Ella dio un respingo, se volvió despacio y me sonrió, complacida y cómplice.


De la mano, atravesamos casi corriendo la plaza de Luis de Camoes en dirección a una pensión que yo conocía en la rua Horta Seca, a escasos metros de allí. Llamamos al timbre y tras esperar un buen rato a que contestasen, entramos.


En ese momento se oyó un ruido sordo, de neumático percutiendo contra el asfalto, y el avión empezó a frenar con fuerza. La azafata que estaba a poco más de un metro de mi asiento en primera fila me miró de una forma extraña, tomó el micrófono y anunció a los pasajeros:


- Bienvenidos al aeropuerto de Lisboa. Rogamos mantengan abrochados sus cinturones de seguridad hasta que el avión se haya detenido completamente.


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