Gran Hermano
“En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Éste es infalible y
todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda felicidad,
toda virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y de su
poder. Nadie ha visto nunca al Gran Hermano. Es una cara en los carteles, una
voz en la telepantalla.
Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de padre a hijo,
sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo
de vida impuesto por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo dirigente
en tanto pueda nombrar a sus sucesores. El Partido no se preocupa de perpetuar
su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién detenta el Poder con
tal de que la estructura jerárquica sea siempre la misma.
La sociedad se apoya sobre la creencia de que el Gran Hermano es
omnipotente y que el Partido es infalible. Pero como en realidad el Gran
Hermano no es omnipotente y el Partido no es infalible, se requiere una
incesante flexibilidad para enfrentarse con los hechos. La palabra clave en
esto es negroblanco. Aplicada a un
miembro del Partido significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo negro
es blanco cuando la disciplina del Partido lo exija. Pero también se designa
con esa palabra la facultad de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber
que lo negro es blanco y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario. Esto
exige una continua alteración del pasado, posible gracias al sistema de pensamiento
que abarca a todo lo demás y que se conoce con el nombre de doblepensar.
La razón más importante para «reformar» el pasado es la necesidad de
salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso poner al día
los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las
predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún
caso que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque
cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. Si los
hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia ha
de ser escrita continuamente.
La seguridad de que todos los escritos están de acuerdo con el punto de
vista ortodoxo que exigen las circunstancias, no es más que una labor mecánica.
Pero también es preciso recordar que los acontecimientos ocurrieron de la
manera deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o
falsificar los documentos, también es necesario olvidar que se ha hecho esto. En
el antiguo idioma se conoce esta operación con toda franqueza como «control de
la realidad». En neolengua se le
llama doblepensar.
Doblepensar
significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la
mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección han de ser alterados sus recuerdos;
por tanto, sabe que está trucando la realidad; pero al mismo tiempo se satisface a sí mismo
por medio del ejercicio del doblepensar en
el sentido de que la realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con la suficiente
precisión, pero también tiene que ser inconsciente para que no deje un sentimiento de
falsedad y, por tanto, de culpabilidad.
El acto esencial del Partido es el empleo del engaño consciente,
conservando a la vez la firmeza de propósito que caracteriza a la auténtica
honradez. Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga
recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que
convenga, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de
saber que existe esa realidad que se niega... todo esto es indispensable.
Incluso para usar la palabra doblepensar
es preciso emplear el doblepensar.
Porque para usar la palabra se admite que se están haciendo trampas con la
realidad. Mediante un nuevo acto de doblepensar
se borra este conocimiento; y así indefinidamente, manteniéndose la mentira
siempre unos pasos delante de la verdad”.
- - - - - - -
El texto anterior lo escribió George Orwell hace casi 70 años, y está
formado por extractos literales de su novela “1984”. Han pasado más de 30 años
desde esa fecha en la que Orwell desarrolla su novela, y afortunadamente no
hemos llegado (aún) a vivir una sociedad como la que él describe. Sin embargo,
la política actual y la actitud de muchos de nuestros gobernantes hacen que
resulte razonablemente sencillo encontrar pautas en su conducta que nos hagan
pensar que las reflexiones de Orwell son totalmente acertadas y actuales. Donde
Orwell escribe la palabra “Partido”, pon las siglas que quieras, de cualquier
ideología, de cualquier ámbito geográfico (local, regional, nacional,
continental) y encontrarás siempre hechos o situaciones que confirmen la visión
de Orwell.
Si seguimos así, pronto será también una realidad esta frase lapidaria
que Winston Smith, el protagonista de 1984, escribe a escondidas:
“La libertad consiste en poder decir que dos y dos son cuatro. Admitido
eso, se deduce todo lo demás”.