67 años más tarde, el papel sigue ardiendo a 451 ºF
¿Cuándo empezó
nuestra labor, cómo fue implantada, dónde, cómo?
En realidad no anduvimos muy
bien hasta que la fotografía se implantó. Después las películas, a principios
del siglo XX. Radio. Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa. Y como
tenían masa, se hicieron más sencillas.
En cierta época,
los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse
ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de
codos, y bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films y radios, revistas,
libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad.
El hombre del
siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos.
Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Los más breves, condensaciones.
Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. Los clásicos
reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a
reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o
doce líneas en un diccionario.
Salir de la
guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha
sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más.
Selecciones de
selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno
aire, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los
editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo
pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo.
Los años de
Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el
lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente
descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el
empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender
algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y
tuercas?
El cierre de
cremallera desplaza al botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para
pensar mientras se viste, una hora filosófica y, por lo tanto, una hora de
melancolía.
La vida se
convierte en una gran carrera. Todo se hace aprisa, de cualquier modo. Vaciar
los teatros excepto para que actúen payasos, e instalar en las habitaciones
paredes de vidrio de bonitos colores que suben y bajan, como confeti, sangre, 0
jerez.
Más deportes para
todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar. Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más
ilustraciones. La mente absorbe menos y menos. Impaciencia.
Autopistas llenas
de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún
sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la
gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas.
Ahora,
consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la
población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los
perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros,
mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos,
italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. Cuanto
mayor es el mercado, menos hay que hacer frente a la controversia. Todas las minorías
menores con sus ombligos que hay que mantener limpios.
Las revistas se
convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los
críticos snobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de
venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería,
permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas
eróticas tridimensionales, claro está.
No era una
imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura,
no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías
produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno
puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o
periódicos profesionales.
¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como
las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y
nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra
«intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre
se teme lo desconocido.
Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos
libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada
hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todos son felices, porque no
pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables.
Un libro es un arma cargada en la casa de al
lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma, domina la mente del hombre. ¿Quién
sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?
Nuestra civilización es tan vasta que no podemos
permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. ¿Qué queremos en esta
nación, por encima de todo? La gente quiere ser feliz, ¿no es así? «Quiero ser
feliz», dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les
proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el
placer y las emociones? Y nuestra civilización se lo facilita en abundancia.
Si no quieres que un hombre se sienta
políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión,
para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno.
Dale a la gente concursos que puedan ganar
recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las
capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de
datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan
abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la
sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse.
Y serán felices, porque los hechos de esta
naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o
Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la
melancolía.
Fahrenheit 451. Ray Bradbury, 1953.