LA GASOLINERA
"Society, you're a crazy breed, I hope you're not lonely without me".
Eddie Vedder suena en mi lista "slow" de Spotify a través del bluetooth. Estoy sentado en el asiento del copiloto, medio dormido, mientras mi mujer conduce con precaución por una autopista vacía, con los arcenes blanqueados por la nieve que lleva cayendo varias horas. Hay bastante niebla, varios grados bajo cero y una previsión meteorológica poco halagüeña para los próximos días.
El mal tiempo no nos ha impedido plantear esta breve escapada navideña a nuestra casa en la montaña. Del 28 al 30 de diciembre, en ese intervalo tontorrón entre las fechas señaladas de Nochebuena y Nochevieja, aprovechando los días valle. En la cabeza, un puñado de tareas que debemos tratar de realizar para el mantenimiento de la casa, y sobre todo las ganas de desconectar de la ciudad y de su monotonía. Un plan sencillo y vulgar, que trataremos de vivir como una pequeña aventura juvenil.
El tiempo empeora a medida que la autopista va acercándose a las montañas. Caen gruesos copos de nieve que no llegan a tocar el parabrisas por efecto de la velocidad del coche. La niebla se hace más densa. Mi mujer reduce la velocidad. Seguimos solos, sin ver ningún vehículo circulando, ni en nuestro sentido ni en el contrario. Esperábamos poca circulación, pero no tan poca.
Empieza a sonar "Heroes" de Bowie, y previendo que la ruta se nos va ir complicando, pido a mi mujer que pare un momento en una pequeña área de servicio para poder ir al baño de manera preventiva, evitando así que me entren unas ganas locas cuando menos convenga, como me suele ocurrir.
No hay nadie en la zona de descanso, en la que las mesas y los bancos tienen ya varios centímetros de nieve encima. Tampoco hay nadie en la gasolinera, que es del tipo desatendido, con una escueta marquesina que protege dos surtidores multiproducto con pago por tarjeta, y un edificio diminuto con dos baños, un minúsculo almacén y una zona de vending con dos máquinas llenas de agua, refrescos, aperitivos y bocadillos.
Mi mujer aparca con cuidado, justo delante de la puerta del baño de caballeros. Me bajo de un salto y entro corriendo para evitar el frío, la ventisca y la nieve, que son cada vez más intensos. Me sorprende lo limpio que está el baño, y agradezco que esté así, para que hacerlo aquí no sea peor experiencia que hacerlo a la intemperie.
Al salir del baño unos minutos más tarde, veo que el coche no está. Miro a los lados, doy unos pasos hacia los surtidores, doy otros hacia la zona de descanso, otros más hacia la vía de aceleración para reincorporarse a la autovía, pero el coche no está, y no hay más sitios donde mirar.
Vuelvo a entrar en el baño para protegerme del frío intenso y de la nieve que ahora azota con fuerza. Me he bajado en jersey, sin el móvil, sin dinero. Espero unos segundos, vuelvo a salir, vuelvo a mirar por todos los sitios y vuelvo a entrar corriendo. El coche no está.
...
Trato de entender qué puede estar pasando. Lo primero que se me ocurre es que esto sea una inocentada de mi mujer, porque estamos a 28 de diciembre, pero no es su estilo, y menos en estas circunstancias.
Otra opción es que haya tenido que huir por algún motivo, como otro coche con gente que la amenazase de algún modo, o algún animal salvaje que hubiese aparecido. Me resulta difícil que esto sucediese sin haber hecho sonar el claxon para avisarme, y sin que yo escuchase la arrancada estruendosa del coche al tratar de escapar.
La tercera opción es más inquietante: que se haya ido a propósito, sigilosamente, dejándome solo en aquella gasolinera perdida. Descarto esta alternativa inmediatamente porque no existe motivo alguno para que hiciese algo parecido, y porque hacer una cosa así es algo que no encaja en absoluto con la forma de ser de mi mujer.
Cada vez más inquieto, vuelvo a salir del baño para comprobar por tercera vez que el coche no está. Como no tengo móvil ni uso reloj, no sé qué hora es, así que me acerco a las máquinas de vending por si una de ellas muestra la hora, pero compruebo que no es así.
Busco alguna cámara de videovigilancia en la marquesina o en las esquinas del pequeño edificio. Curiosamente, no hay ninguna.
No puedo quedarme fuera porque nieva demasiado y puedo acabar empapado y muerto de frío, así que decido tratar de tranquilizarme y esperar a que algo suceda. Me siento un momento en la tapa del váter, agradeciendo de nuevo que todo esté tan limpio, y trato de pensar cómo puede acabar esta situación grotesca.
Primero me convenzo a mí mismo de que esto es solo cuestión de minutos, que mi mujer volverá a recogerme, que me explicará lo que ha pasado y que yo lo entenderé por muy extraño que parezca.
Pienso también como alternativa que en algún momento alguien podrá llegar al área de servicio para repostar, ir al baño o comprar algo en las máquinas de vending. En ese momento puedo salir, contarles la situación y pedirles que me dejen llamar a mi mujer, todo ello cayéndoseme la cara de vergüenza.
Empiezo a dar paseos nerviosos de un lado al otro del baño, que no tiene más de tres metros de largo. Como estoy encerrado por el frío y hay bastante ruido por el choque del viento con la marquesina y el edificio, temo que puedan estar llegando coches y yo no me entere porque no oiga su motor, así que decido salir cada cierto tiempo para mirar afuera, el tiempo justo para visualizar todo el área de servicio sin mojarme o enfriarme demasiado.
...
Como no tengo reloj, no sé si estoy saliendo al exterior con la frecuencia razonable. Descarto contar segundos mentalmente porque podría volverme loco, y descarto también usar la cisterna del inodoro como reloj, asumiendo que pasa un minuto entre dar al botón, expulsar el agua y terminarse de llenar de nuevo, porque eso podría volverme aún más loco.
El tiempo va pasando muy lentamente mientras combino salidas para otear, paseos de ida y vuelta por el baño y sentadas en el váter. No sé si llevo mucho o poco tiempo allí, pero todo sigue igual. Sigue el frío, el viento y la nieve, y ni mi mujer ni nadie más aparece por la gasolinera.
Tras varias salidas, decido acercarme al arcén de la autopista, para que me vean los vehículos que circulen. Por algún motivo nadie está entrando en el área de servicio, pero es probable que al menos alguien esté pasando.
Me mantengo allí, dando botes para calentarme, azotado por el viento y la nieve, hasta que los dedos de las manos me estallan de frío. Cuando ya no puedo más, sin que haya pasado un solo vehículo, decido que lo de estar parado en el arcén no es factible y vuelvo al baño de la gasolinera, caminando a trompicones entre la nieve que cubre todo con un manto cada vez más grueso.
Me seco como puedo con el papel higiénico y enchufo el secador de manos, enfocando a mi cara para poder entrar en calor. Lo conecto una y otra vez, hasta que me empiezo a sentir un poco más confortable. Menos mal que la gasolinera tiene corriente eléctrica.
...
Empiezo a sentir hambre y sed. Mala señal, eso significa que llevo ya bastante rato aquí. Tengo a mano las máquinas de vending, pero no tengo dinero. Se me ocurre que, dadas las circunstancias, tengo un cierto derecho a saquearlas. Me acerco a ellas y me paso un rato mirándolas por todos los lados, para tratar de entender cómo abrirlas sin dinero. Llego a la conclusión de que la opción menos complicada es romper el cristal delantero.
Me pongo a dar patadas a una de las máquinas. Al principio son golpes suaves, prudentes, midiendo la fuerza necesaria para que rompa antes el cristal que mi pierna. Solo consigo que la máquina se tambalee. Pruebo con la otra, por si es más floja. El resultado es el mismo. Doy cada vez más fuerte. Nada.
Estoy entrando en calor con el ejercicio de zumbarle a las máquinas, que están bajo techo pero en una zona abierta, sin puertas. Doy golpes cada vez más fuertes, pero solo consigo que me empiecen a doler el pie, el tobillo y la rodilla. Solo uso la pierna derecha, porque con la izquierda soy incapaz de dar fuerte.
Decido cambiar de plan, y me pongo a patear la puerta del pequeño almacén, por si dentro hay alguna herramienta que me facilite abrir las máquinas. La puerta parece bastante endeble, y la cerradura es sencilla. Combino golpes con el pie, que ya empieza a dolerme bastante, con empujones con el hombro. Tras varios minutos combinando golpes con descanso, moqueando y con los ojos llorosos por la escarcha y el viento, una patada certera consigue abrir la maldita puerta.
En seguida descubro que dentro del almacén no hay nada que pueda servirme para romper las máquinas de vending. Solo hay productos de limpieza, todos de material plástico ligero. Ni una sola herramienta, ni un solo utensilio metálico. Parece claro que el mantenimiento de la gasolinera lo hacen empresas especializadas que se pasan periódicamente con todo lo necesario, y no dejan nada aquí salvo los productos de limpieza para evitar a vándalos como yo.
...
La desesperación, la incertidumbre, el frío, la sed, el hambre y el miedo van en aumento. Mi mujer no ha vuelto, no ha aparecido nadie en todo este tiempo, y nieva cada vez más fuerte. Esta situación ha pasado de ser ridícula a ser espeluznante.
Vuelvo al baño para descansar, entrar en calor y pensar. Me encierro en el inodoro, sentado de nuevo en la tapa del váter. Entonces se me ocurre un modo de abrir las máquinas de vending: arrancar el váter y lanzarlo contra el cristal. Seguro que eso funciona.
Agarro el bloque de la cisterna y empiezo a zarandearlo con fuerza hasta que consigo desencajarlo. Al hacerlo empieza a salir agua a borbotones, que me deja empapado hasta que consigo cerrar la llave de paso. Tenía que haberlo planeado mejor.
Chorreando agua y muerto de frío me voy hacia las máquinas con la cisterna en brazos. Tengo que hacerlo bien, y lograr que la cisterna rompa el cristal y no lo contrario. Puede que solo tenga una oportunidad. Si la porcelana se deshace en mil pedazos, dejará de serme útil.
Elijo la máquina con mejores productos, calculo la mejor trayectoria, imagino los movimientos necesarios, tomo aire, cojo carrerilla, lanzo la cisterna contra el cristal y ... bingo!! El cristal y la cisterna se rompen estruendosamente, mientras yo grito y doy saltos de alegría.
Aparto los trozos de cristal y porcelana y recojo comida y varias botellas de agua y refrescos, que llevo al baño para estar resguardado. No uso el almacén porque la puerta ha quedado destrozada y no cierra, con lo que ese cuarto no me sirve para guarecerme del intenso frío. Como he roto la cisterna del único inodoro del baño de chicos y ha quedado todo lleno de agua, me meto ahora en el de chicas, que está aún más impecable que el otro y mantiene intacto su váter, en el que ahora estoy sentado.
...
Es imposible saber cuánto tiempo llevo en la gasolinera. Comer y beber me ha aliviado bastante, pero la situación sigue siendo insoportablemente absurda. Es increíble que mi mujer se haya ido sin mí, sea cual sea el motivo, y es increíble que en todo este tiempo no haya pasado absolutamente nadie por el área de servicio.
Asumiendo que mi mujer no quiere o no puede volver a por mí, teniendo en cuenta que nadie más sabe que estoy aquí, y viendo que el tráfico por la zona es increíblemente nulo, llego a la conclusión de que no puedo limitarme a esperar y necesito llamar la atención de algún modo. Pero hacer eso desde una gasolinera desatendida, en una autopista de montaña por la que no circula nadie, en medio de una tormenta de nieve, no es fácil.
Decido finalmente que la única manera de hacerme notar es volar la gasolinera. Romper de algún modo los surtidores, lograr que salga gasolina por una manguera, rociar la marquesina y los productos de limpieza del almacén, buscar la forma de hacer una mecha y prenderle fuego a todo, procurando no quemarme yo también.
...
"We can be heroes, just for one day...".
- Cielo, despierta y pásame la cartera que estamos llegando al peaje.