12 DÍAS EN ISLANDIA

 

Día 1, domingo 21: de Keflavik a Geysir (235 km)


Volamos de noche desde Madrid al aeropuerto internacional de Keflavik, aterrizando pasada la medianoche. Dormimos en un hotel cercano, en el poblado-dormitorio de Asbru. A la mañana siguiente cogimos el vehículo de alquiler, un Toyota Land Cruiser 4x4, en la oficina ubicada en el propio hotel, algo realmente cómodo.

Iniciamos ruta hacia el sur por la carretera 43, rodeada de lava, pasando cerca del Blue Lagoon, una central geotérmica y una empresa de producción de metanol renovable. Al llegar al mar en Grindavik giramos a la izquierda y recorremos la 427, parando un momento a tocar e incluso tumbarnos sobre el confortable musgo verdoso que cubre los campos de lava, sin saber si está prohibido, y viendo una enorme cola de personas peregrinando monte arriba hacia el volcán que se encuentra esos días activo en la zona. Llegamos en seguida al pintoresco pueblo de Eyrarbakki, agradable para ver el mar, pisar su playa de pequeñas piedras oscuras y hacer fotos a sus casas metálicas de colores.

La carretera cruza la reserva natural de Floi, un paisaje marismeño muy agradable, adornado con un bonito campo de golf. Tras hacer picnic en una gasolinera de Selfoss, cruzada por un caudaloso río, tomamos la 35 y luego la 36 en sentido norte, rumbo a Thingvellir/Logberg. En la zona de parque nacional la velocidad máxima es de 50 km/h y resulta realmente difícil no sobrepasar el límite. En cualquier caso, el paisaje es muy bonito y la ruta no cansa.


El parking es de pago, no atendido, como todos los que iremos viendo por todo el país. Algunos se pueden pagar de forma rápida y cómoda a través de una app (nosotros nos descargamos Parka) y otros (como este) con un cajero que solo admite tarjetas.

Caminamos por la grieta que separa las placas tectónicas entre Eurasia y Norteamérica, vemos el emplazamiento del primer parlamento vikingo y disfrutamos de las fantásticas vistas de toda la zona. Mucho turista y sensación de parque temático, pero visita obligada.


Salimos del parque por la 365 hacia el nordeste, enlazando con la 37 y la 35 que atraviesan valles muy fértiles para llegar a la espectacular cascada de Gullfoss. Tiene un parking inmenso con un centro de visitas con todos los servicios, y dos balcones naturales y uno artificial desde los que se puede ver la cascada desde distintas perspectivas, caminando solo unas decenas de metros. Impresiona estar en el balcón junto a la caída grande, a un nivel inferior al del agua de la caída superior. La cantidad de agua que cae sin parar frente a tus ojos es sencillamente alucinante. Quedarse mirando un rato resulta hipnótico.


Volvemos luego sobre nuestros pasos hasta Geysir, en donde se puede disfrutar de una colección de humeantes géiseres muy interesantes, de los que solo el Strokkur está activo, escupiendo un chorro de agua a 100 grados cada 5 minutos. Cena y noche en el hotel junto al géiser, que podemos ver desde la ventana de nuestra habitación. Impresiona acercarse al géiser de noche.

Ruta confortable, con carreteras en muy buen estado, con una interesante evolución del paisaje (volcánico, marismeño, de media montaña, de pradera), con solo una sencilla caminata en la zona de Logberg y breves paseos en el resto de visitas.

 

Día 2, lunes 22: de Geysir a Skogafoss (234 km)


Conducimos hacia el sur por la 30 atravesando unas praderas preciosas, con bastante ganado, y luego giramos al este por la 32. El paisaje se va endureciendo, volviéndose cada vez más volcánico y agreste. Las vistas son espectaculares. Paramos en la cascada Hjalparfoss. Pequeña, redonda y recóndita, muy bonita, nos recordó a la playa asturiana de Gulpiyuri. En el parking baños ultra limpios, como siempre.


Seguimos luego la 32 que coge altura para cambiar de valle. El paisaje se vuelve más duro, más agreste y más espectacular, una llanura volcánica increíble, con las estribaciones del glaciar Vatnajökull en el horizonte nublado.

Tomamos la 327, pedregosa y algo cansina, para ver el curioso paraje de Gjain, un pequeño valle verde y florido, con varias cascadas, entre grises colinas de lava. Es un rincón muy agradable, pero hay que valorar lo que cuesta ir y volver por la pedregosa pista.


Recorremos de vuelta la 327 que enlaza directamente con la 332, también pedregosa, cansina y bastante larga, pero que debe hacerse sin ninguna duda porque te lleva a la impresionante cascada de Haifoss, la segunda más alta de Islandia, que junto con su hermana Granni nos dejan estupefactos, sin palabras y con una sensación de vértigo brutal. Desde el parking hasta los balcones para ver las cascadas no hay más de 200 metros. El problema es la altura desde la que te asomas, sin ningún tipo de protección; con vértigo resulta realmente inquietante.


Decididamente quién venga a Islandia y no tenga un 4×4 no sabe lo que se está perdiendo.

Tras el periplo de casi dos horas sin asfalto, volvemos a la 32 rumbo norte y tras cruzar el río giramos casi 180% para tomar la 26, una impresionante línea recta que atraviesa todo el valle de lava. Está sin asfaltar durante muchos kilómetros, pero se circula muy bien. Nosotros nos cruzamos con poco más de tres coches, lo que lo hace aún más sencillo, para esquivar sin preocupaciones los pocos baches que nos encontramos.


La preciosa y pedregosa carretera 26 deja el valle lunar y recóndito y se convierte en una linda carretera de campiña, por la que se llega plácidamente a la famosa carretera 1, que circunvala toda la isla. Aquí empieza nuestra ruta por la 1 en el sentido contrario a las agujas del reloj, que nos llevará a darle la vuelta a Islandia.

Paramos en la cascada de Seljalandsfoss, que sorprende al verla manar a pocos metros de la carretera 1 desde un horizonte plano en el que no te la esperas, y que puede rodearse por un caminito en el que es imposible no empaparse. Es como si la Santina de Covadonga estuviese justo detrás de su cascada y no encima, pero con muchísimo más caudal de agua.


Seguimos luego por la 1 y a los pocos km nos desviamos a la izquierda para tomar la 242 sin asfaltar que termina en un parking desde el que se puede caminar durante unos minutos para llegar a la piscina termal de Seljavallalaug, la primera que se construyó en Islandia, hace casi 100 años.

Los pantalones y botas de montaña dan paso entonces a los bañadores y las chanclas, con unos 9 grados de temperatura exterior. La piscina resulta realmente curiosa: mitad gozada por estar a media ladera de una preciosa montaña con un chorro de agua manando a 40 grados, y mitad guarrada por lo cutre de los vestuarios del siglo pasado y la sensación de estar nadando en una sopa de espinacas...


Volvemos a la 1 y conducimos hasta Skogafoss, donde hacemos noche en el hotel que está justo enfrente de esta preciosa cascada, que visitamos tres veces: al llegar con las luces del atardecer, en plena noche tras cenar unas estupendas sopas y hamburguesas de cordero, y con plena luz al levantarnos al día siguiente. Sin duda la sensación más estremecedora la tuvimos por la noche, con muy poca gente, con esa cascada majestuosa frente a ti brillando en la oscuridad, sin nada que te impida caminar hacia ella y desaparecer tras su telón de agua…


Etapa muy completa, con muchos km sin asfalto, paisajes lunares que dejan la boca abierta, cascadas impresionantes, llanuras infinitas, praderas bucólicas, poquísima gente, momentos únicos. Con todas las visitas muy cerca de los respectivos parkings, sin necesidad de grandes caminatas.


Día 3, martes 23: de Skogafoss a Kirkjubæjarklaustur (149 km)


Iniciamos nueva ruta tras tomar un desayuno bien completo. A un par de km de Skogafoss paramos para ver la cascada Kvernufoss, muy bonita. Seguimos por la carretera 1, flipando con el precioso paisaje verde que nos rodea. En cada curva podría hacerse una foto espectacular, aunque la belleza infinita de Islandia no cabe bien en una foto.

A los pocos km giramos a la izquierda por la 221 para visitar el glaciar de Sólheimajökull. Vistas preciosas y gran experiencia de estar justo debajo de un glaciar, enturbiada por la desagradable sensación de ver cómo el cambio climático está haciendo menguar los glaciares hasta niveles insoportables.


Volvemos a la 1 y unos km más tarde, siempre entre paisajes increíbles, hacemos parada en el Faro de Dyrhólaey , donde vemos por primera y última vez una colonia de cómicos frailecillos, que sintiéndose observados posaban con elegancia para los turistas allí apiñados.


Bajamos a pie por un camino disfrutando de las espectaculares vistas de la costa. Picnic en el parking, fotos y de nuevo rumbo al siguiente hito: la famosísima playa negra de Reynisfjara. Excesivamente atestada de turistas, pero impactante, en cualquier caso.


   
  

La siguiente parada fue el precioso cañón de Fjađrárgljúfur, que se visita con un muy agradable y nada largo paseo, con vistas preciosas de un verde pistacho teñido del color brumoso del atardecer, tras un breve recorrido por la carretera 206.


Tras volver al coche decidimos adentrarnos por la carretera F206, ruta sin asfaltar hacia la lejanísima cascada de Fagrifoss. No llegamos hasta la cascada, a medio camino nos dimos la vuelta por que se hacía tarde, pero resultó ser toda una experiencia de carretera sólo apta para 4×4, sin cobertura, impresionante por lo recóndito y la inmensidad de la vista de terreno verde, con la única presencia de ovejas desperdigadas en grupos de tres (la madre y sus hijas) y de alguna remota casa/cuadra. 


Antes de llegar a nuestro hotel paramos a cenar en el restaurante Systrakaffi de Kirkjubæjarklaustur, un grill bar estupendo donde devoramos sopa de cordero, pizza y pollo. Volvemos a pagar lo equivalente a una cena en un sitio cool de Madrid, pero ya nos hemos acostumbrado a estos precios.

Jornada completísima, con una perfecta combinación de carreteras, caminos y sendas. Cascadas, glaciares, playas, cañones y páramos recónditos. Solo con un día como hoy ya serviría para hacerse una idea de lo que es Islandia: un país espectacular, sin matices.


Día 4, miércoles 24: de Kirkjubæjarklaustur a Hofn (227 km)


Día muy desapacible en el que el tiempo no acompañará en casi ningún momento. Salimos del hotel orbayando y con una niebla que no nos permite percibir toda la belleza de las montañas de Lómagnúpur, que parecen las montañas rocosas de EEUU pero de color verde.

Llueve sin remedio cuando llegamos a la cascada de Foss a Sidu. Ni nos bajamos del coche, y seguimos ruta en dirección este hacia el glaciar más grande de Islandia, Vatnajökull, que ocupa el 14% de la superficie del país. Es el parque nacional más grande de Europa. Mejora el tiempo a medida que una gran extensión de terreno (sandar es la palabra que se utiliza aquí) se abre ante nuestra vista; una infinita planicie esteparia, con el inmenso glaciar al fondo.

Varios km más tarde, con el cielo más despejado, nos desviamos la izquierda por la 998 y en seguida llegamos al parking del parque Vatnajökull.  y caminamos durante unos 30 minutos por un camino muy sencillo hasta la fotogénica cascada de basalto Svartifoss, sin duda uno de los iconos de Islandia.


Hace un picnic-fusión, con una estupenda y caliente sopa de cigala, comprada al módico precio de 20 € en el foodtruck del parking, seguida de nuestro legendario chorizo de Geras. Después paseamos por un camino muy cómodo hasta el glaciar Skaftafell, mucho más grande que el del día anterior pero no más espectacular.


Volvemos a la carretera 1 hasta llegar a la siguiente parada de nuestra ruta, que resulta ser mágica: la playa Diamond Beach, donde alucinamos con los trozos de hielo flotando sobre las olas y desperdigados por la costa sobre una fina arena totalmente negra, en mitad de una lluvia que nos iba calando poco a poco sin notarlo y que daba al ambiente una sensación un tanto tenebrosa. Realmente impactante.


Ya bien calados llegamos a la cercana la laguna Jokulsarlon, a la que van a parar los enormes y azulados icebergs desprendidos del inmenso glaciar Vatnajökull, que no se distinguía bien por culpa de la niebla y la lluvia incesante. El paseo en el vehículo anfibio nos terminó de empapar, pero nos permitió navegar entre los icebergs y las focas, haciendo fotos muy chulas y escuchando las interesantes explicaciones de la joven que hacía de guía. Mereció la pena.


Vuelta a la carretera 1 y breve ruta hasta el Viking Café en el que nos alojamos esa noche. Un sitio realmente especial, muy recomendable. Nos cambiamos y fuimos a cenar pizzas de langosta (en realidad son cigalas) en la cercana y agradable localidad de Hofn. Ya era de noche cuando al salir de Hofn descubrimos uno de los famosos campos de fútbol cubiertos, narrados por Axel Torres en su libro “El faro de Dalatangi” sobre la aventura futbolística de españoles en Islandia. Unos buenos balonazos sirvieron para cerrar el día con una sonrisa en los labios.

Etapa impresionante, algo lastrada por la lluvia y el frío, pero en la que pasamos por algunos de los lugares más espectaculares de la isla.


Día 5, Jueves 25: de Hofn a Egilsstadir (297 km)


Dormimos fenomenal en el Viking Café, viendo por nuestras ventanas las estrellas de una noche totalmente despejada, y luego tomamos un buen desayuno en su salón con vistas a los caballos pastando junto al mar, visitamos el cercano poblado vikingo, básicamente una aldea construida para una película que nunca llegó a rodarse. La playa preciosa, el poblado prescindible.


Volvemos a Hofn a repostar y comprar comida, dejándonos 120 euros en la gasolinera y otros tantos en el supermercado Netto y la tienda de alcoholes Vinbuddin (tiendas estatales con el monopolio de la venta de alcohol). Aquí nada es barato.

La ruta entre Hofn y Djúpivogur transcurre sinuosa y apacible entre paisajes bellísimos. Nos sorprende la paz que transmiten unos blanquísimos cisnes flotando en el agua en una playa de arena negra. Cumplimos 1.000 km de viaje. 

Hacemos parada en la coqueta localidad de Djúpivogur, famosa por la colección de huevos gigantes Eggin í Gledivík que se alinean en el puerto, representando a varias especies de aves locales. Paramos después en Breidalsvik a comer unos bocatas casi sin bajarnos del coche por el viento que hacía y tomar luego un café en el bar del pueblo, atendido por islandeses de verdad que nos miraban de reojo; probamos una tarta riquísima. Luego seguimos la ruta hasta los acantilados de Vattarnes. Es realmente bonito circunvalar estos preciosos fiordos.


Hacemos una parada técnica en Reidarfjordur para ver la enorme planta de aluminio de Alcoa y asombrarnos ante los primeros edificios de más de tres alturas que vemos desde que entramos en Islandia, y finalmente llegamos a media tarde a nuestro alojamiento, un precioso cottage junto al lago, frente al aeropuerto de la activa localidad de Egilsstadir.


Etapa de transición entre las maravillas del sur y la remota región de Austurland, con una sucesión interminable de paisajes hermosísimos que a pesar del tiempo fresco y nublado transmiten una agradable sensación de paz.


Día 6, viernes 26: de Egilsstadir a Borgarfjordur Eystri (322 km)


Tras una noche con permanente azote del viento, salimos hacia la primera parada de esta sexta etapa: la cascada de Hengifoss, la segunda mayor de Islandia. Tratamos de ir por la carretera 931 oeste pero estaba en obras, así que dimos la vuelta y rodeamos el lago por la 931 este.

Hay una empinada subida desde el parking hasta los miradores desde los que se divisa la cascada. Mientras subíamos el viento era tan gélido que decidimos abortar la visita. Este fue el único hito de nuestro viaje que queríamos ver y no pudimos.

Aprovechamos el tiempo ganado para adentrarnos en las tierras altas por la 910, una carretera absolutamente épica, impecablemente asfaltada, que a lo largo de sus 64 km no tiene a su alrededor absolutamente nada habitado excepto los baños termales de Laugarfell, en medio de una pradera inmensa, en los que no osamos bañarnos por el frío y el viento, prefiriendo dedicarnos sin éxito a buscar renos. 


Esta carretera 910 que atraviesa un paisaje sobrecogedor, mezcla de estepa y lava volcánica con neveros, está asfaltada porque sirve de vía para llegar a una de las construcciones civiles más impresionantes de Europa: Kárahnjúkar, la mayor presa de Islandia, con 800 metros de largo y 200 de alto, construida para dar energía eléctrica a la planta de aluminio de Alcoa que habíamos visto el día anterior en Reydarfjördur.

La presa corta el brutal cañón de basalto Studlagil, una grieta de dimensiones impresionantes que nos deja estupefactos. Con la construcción de la presa el nivel del agua bajó y dejó al descubierto esta maravilla de la naturaleza.


Hacemos de nuevo los 64 km de vuelta a la civilización y luego nos dirigimos por la 931, la 95 y la preciosa 93 hasta Seidisfjordur, encantador pueblecito al pie del fiordo, desde donde salen los ferries hacia Noruega. Las vistas desde la cima del puerto, antes de bajar al pueblo, dejando a la izquierda los remontes de una pequeña estación de esquí, son realmente espectaculares.


Tras hacer picnic en la mesa de un parking de supermercado y hacer algo más de compra, paseamos por la curiosa y pintoresca calle arco iris, rodeada de tiendas de artesanía, pubs, restaurantes, hoteles y con la famosa iglesia al fondo. 


Repostamos en la única gasolinera del pueblo y tomamos de nuevo la carretera 93 de vuelta hasta Egilsstadir, para allí girar al norte por la 94, ruta de 68 km, gran parte de ellos sin asfaltar, que nos lleva a través de un valle inmenso que se extiende interminable hasta una gigantesca e inaccesible playa negra.


Muy cerca de la playa la carretera gira hacia el este, sube un monte, atraviesa dos valles preciosos y te lleva al finalmente al increíble pueblo de Borgarfjordur Eystri, en el fin del mundo, donde dormiremos esta noche en el excelente Blabjorg Resort, no sin antes hacer uso del spa del hotel y realizar una pequeña cata de cervezas en su destilería Brugghus. 


Posiblemente, la etapa más impactante de todas las del viaje, sobre todo por los brutales contrastes entre paisajes y territorios. Austurland nos deja impresionados.

 

Día 7, sábado 27: de Borgarfjordur Eystri a Akureyri (377 km)

Ha entrado el sol por la ventana y han brillado en el aire algunas motas de polvo, hacía una estupenda mañana.


Tras el check out nos acercamos al antiguo puerto local del pueblo, en donde anidan varias colonias de frailecillos, pero ya habían emigrado y no vimos ninguno. El entorno es precioso, y no podemos evitar volver a hacer comparaciones entre Austurland y Asturias.


Hacemos el viaje de vuelta por la carretera 94 y muy cerca del cruce con la 944 nos paramos en la Coke Sjalfsali green house, una máquina de vending alimentada por energía solar, idea estrafalaria de un vecino de la zona.


Recorremos con calma las carreteras sin asfaltar 944 y 925 hasta llegar de nuevo a la 1, tomando el sentido oeste. Recorremos un buen puñado de km por un valle fértil y lleno de ovejas, pero cuando la carretera toma altura y salvamos la colina, el paisaje cambia drásticamente a lo que podría ser perfectamente un paraje lunar, si la Luna tuviese atmósfera azul. Una inmensidad de lava marrón y gris nos rodea completamente en todo lo que alcanza la vista.


Seguimos la 1 a través del infinito paraje lunar, pasamos el cruce con la 864 que está sin asfaltar, cruzamos el puente sobre el río y unos metros más adelante giramos al norte por la asfaltada 862 para llegar en un momento a la cascada Detifoss. Tremendo torrente de agua en un enorme cañón rocoso, que con la luz del sol genera un arco iris ideal para las fotos.


Volvemos a la carretera 1 y unos km más tarde, justo antes de llegar Hverir, nos desviamos a la derecha para subir a dar un paseo por el Krafla, el cráter de un volcán lleno de agua de un azul espectacular.


Volvemos a la 1 y a unos metros aparcamos en la zona de Hverir, un inquietante parque de calderas, fumarolas y charcas de lodo y agua hirviendo que desprenden un olor sulfuroso inmundo. Esto bien podría ser el vestíbulo del infierno…


Unos pocos km más adelante nos tomamos un merecido y relajante descanso en los baños termales del lago Myvatn, una meta volante obligatoria en el Tour de Islandia. Aguas sulfurosas a 38 grados, cerveza en mano. Si Hverir era la puerta del infierno, esta es la del paraíso…


Tras esta parada relajante damos varias vueltas alrededor del lago Myvatn, deleitándonos con un paisaje precioso, aprovechando la agradable temperatura de un día soleado que nos permite disfrutar de una preciosa luz que, dada la posición del sol, parece la del atardecer casi a cualquier hora del día.


Volvemos a la 1, hacemos una fugaz parada en la bonita cascada de Godafoss y finalmente llegamos a la encantadora ciudad de Akureyri, la segunda localidad más poblada de Islandia. La vista desde la salida del túnel de peaje, con un enorme cruzo atracado en el puerto, y las casas blancas brillando con la luz del atardecer, nos parece preciosa, casi como ver una villa de la Costa Azul.

Cenamos en Strikid, el que tal vez sea el mejor restaurante de la ciudad, muy céntrico, en la 5ª planta de un edificio de oficinas, con vistas al fiordo y a pocos metros de nuestro apartamento. Muy buen ambiente y estupenda degustación de varios platos locales.


Después de la cena paseamos por el centro de la ciudad, que está muy animada porque son las fiestas locales, con música en la calle. Nos tomamos unas cervezas en un bar atestado de gente joven, y disfrutamos observando el paisanaje.

De vuelta al apartamento vemos un raro haz de luz en el cielo que confundimos primero con las luces de una discoteca o la pluma de un fuego en el monte cercano, hasta que lo enfocamos con los teléfonos móviles y descubrimos que es… ¡¡una aurora boreal!!

Etapa espectacular en un día totalmente soleado, con una increíble variedad de paisajes, visitas muy interesantes, relax en los baños termales, cena estupenda y traca final con aurora boreal incluida.


Día 8, domingo 28: de Akureyri a Saudarkrokur (393 km)


La etapa de hoy comienza con una ruta circular por la península Trollaskagi, con salida y llegada el Akureyri. Hay partido de la liga islandesa entre el KA Akureyri y el Vikingur de Reykjavik, y no podemos perder la ocasión para compartirla en Twitter con Axel Torres y el resto de locos por el fútbol.

Tomamos la carretera 82 y hacemos la primera parada en Hauganes, un diminuto pueblo desde donde salen los barcos para el avistamiento de ballenas. Escudriñamos el mar en calma del fiordo durante un rato por si vemos algún cetáceo asomarse a tomar aire, pero nos cansamos en seguida.

La carretera 82 se convierte en la 76, en cuyo tramo entre Olafsfjordur y Siglufjordur hay que atravesar dos siniestros túneles de un único sentido, con huecos cada 50 metros para apartarse y dejar pasar al vehículo que venga en sentido contrario. Hay que hacer un ejercicio estresante para calcular si las luces que se acercan de frente te obligan a apartarte ya o te dejan aún tiempo para ir hasta el siguiente hueco.

Segunda parada en la apacible villa pesquera de Siglufjordur donde comemos al sol en la terraza del restaurante Torgid; un menú buffet con comida muy variada que nos sale a 30€ por persona y que resulta de lo más barato que hemos pagado desde que estamos en Islandia.


Bajamos por la 76 bordeando toda la península hasta su final en Miklibaer, donde cogemos la 1 en sentido este para volver a Akureyri, justo a tiempo para el partido, cuyas entradas hemos comprado online un rato antes.

Nos separamos y mientras unos van al fútbol, otros paseamos por la ciudad, hacemos compras, y merendamos.


Finalizado el partido nos ponemos de nuevo en marcha por la carretera 1 en dirección a Saudarkrokur, en donde está la preciosa granja-guesthouse Karuma en la que pasaremos la noche. Baño relajante en el “hot tub” al aire libre con unas vistas increíbles del valle, cena-safari en el salón del establecimiento y terminamos el día pasando un buen rato al fresco de la noche, mirando al cielo para encontrar auroras boreales, que no resultan tan espectaculares como la vista la noche anterior.

Etapa de transición, relajada, con unas horas en modo “ciudad” que disfrutamos mucho, como contrapunto a tanto paisaje sobrenatural.


Día 9, lunes 29: de Saudarkrokur a Grundarfjordur (301 km)

Amanecemos con un sol radiante y tras meternos un buen desayuno nos ponemos de nuevo en ruta. En vez de tomar la carretera 1 decidimos subir al norte por la 75 hasta Skagafjordur y luego seguir la preciosa 744 hasta BlonduosbaerRodamos después por la 1 atravesando un relajante paisaje, parando un rato a ver otra cascada y otro cañón, ambos muy bonitos.

Antes de llegar a Stadur nos salimos de nuevo a la derecha, tomando en esta ocasión la 68 y luego la 59, que atraviesa con su grava una interesante altiplanicie esteparia, hasta llegar a Budardalur, un pueblo insignificante con un puerto sin barcos que mira al mar de frente, flanqueado a su derecha por la inmensa región peninsular de Vestfirdir, que no llegamos a visitar, y a su izquierda por la de Snaefellsnes, que es nuestro destino de hoy.

Recorremos la carretera 54 que va bordeando la costa, y nos sorprende que está sin asfaltar, siendo la vía de entrada natural a la famosa península. Conducimos despacio admirando bajo el sol del permanente atardecer el precioso paisaje con prados repletos de caballos islandeses que parecen asturcones y tríos de ovejas. Vemos con sorpresa que el termómetro del coche marca la increíble temperatura de 21ºC. 

Hacemos parada en el bonito pueblo de Stykkishólmsbaer, con sus casas de colores, su iglesia tecno y su faro rojo sobre el promontorio que domina y protege el puerto. El día se ha nublado y el pueblo pierde su encanto, pero las tartas del café Sjávarborg nos saben a gloria.

Volvemos a la 54 cruzando varias penínsulas con un tiempo que se vuelve cada vez más desapacible hasta llegar a Grundarfjordur, en donde tenemos reservadas dos habitaciones en un hotel en el que perfectamente se podría rodar la secuela de El Resplandor. Dejamos maletas y nos vamos a ver el cercano y famosísimo monte Kirkjufell, con su cascada Kirkjufellsfoss (a estas alturas del blog, ya habréis pillado que “foss” es “cascada”).

El viento es cada vez más duro y amenaza lluvia, pero aguantamos un buen rato haciendo fotos por los alrededores de este monte mágico, persiguiendo la puesta de sol. 

Volvemos a cenar a Grundarfjordur, en el único restaurante con buenas recomendaciones, quedándonos con las ganas de probar la agotada especialidad local de pescado en cazuelita, debiendo conformarnos con unas aceptables pizzas, mientras se pone a llover a cántaros. Afortunadamente solo hay 50 metros entre el restaurante y el hotel.

Etapa larga y tranquila, atravesando paisajes muy agradables, que se acaba complicando por el cambio de tiempo y la fuerza del viento, pero con hitos imprescindibles en la vuelta a Islandia.


Día 10, martes 30: de Grundarfjordur a Reykjavik (370 km)

Desayunamos con Don Simón y nos conjuramos para que la etapa nos permita ver algo de lo que tenemos planificado, porque el pronóstico meteorológico es demoledor, y el inicio del día lo confirma. 


Llueve sin cesar y hace un viento tremendo. Salimos con el coche dando bandazos, tomamos la carretera 54 y en medio del aguacero atravesamos la localidad de Olafsvik, la mayor de la zona. Más adelante cambiamos a la 574 que rodea toda la península, y a los pocos kilómetros vemos la antena de radio de Hellissandur, la estructura más alta de Europa con 412 metros, pasando por debajo de sus cables tensores, que cruzan la carretera para clavarse a centenares de metros.

Descartamos ir hasta el faro de Ondverdarnes, el punto más occidental de Snaefellsnes, y seguimos hacia la impresionante playa negra de Djupalon, donde paramos un rato y nos calamos hasta los huesos solo por llegar al mirador que está a 50 metros del parking.


Terminamos de darle la vuelta a la península y enganchamos de nuevo con la carretera 54 que termina varios km al sur, en la bonita localidad de Borgarnes, que no podemos apreciar por lo desapacible del día. Aparcamos junto al Settlement Center, pero en vez de ver el museo elegimos el restaurante y su menú buffet vegano por algo menos de 20 €, que a estas alturas nos parece un chollo.

Dudando entre bajar ya directos hacia Reykjavik o seguir con la ruta planificada, decidimos lo segundo. Cruzamos el puente que atraviesa el fiordo, giramos a la izquierda por la carretera 50 y conducimos rumbo norte hasta llegar a Kleppjárnsreykir, donde giramos hacia el este por la 518 en dirección a Husafell.

En ese momento el tiempo mejora y sale un poco el sol para hacer más llevadera nuestra parada para ver las últimas cascadas de nuestro viaje: Hraunfossar y Barnafoss. Muy curioso ver cómo el agua mana de forma caótica por los huecos de un enorme manto de lava que se extiende inmenso frente a los miradores.


Seguimos hasta Husafell y ahí nos encontramos con el punto clave de la jornada: el inicio de la la mítica carretera F550 Kaldidalur. Una pista de grava de 40 km que atraviesa de norte a sur un valle de las Tierras Altas, rodada de montañas, glaciares y ríos. En ese momento casi no llueve, y nos animamos a entrar. El paisaje es sobrecogedor.

Avanzamos hacia el sur a escasa velocidad y haciendo fotos desde las ventanillas, cuando nos damos cuenta de que estamos conduciendo directos hacia una muralla de agua que está descargando frente a nosotros. A estas alturas, decidimos que es mejor seguir adelante, confiando en la visibilidad que proporcionan los siempre fieles palitos amarillos que marcan los límites de cualquier carretera islandesa, que en este caso son más altos de lo habitual, aunque deja de haberlos durante un buen tramo del recorrido.


Circulamos durante más de hora y media por un impresionante y solitario campo de lava con muy poca visibilidad, lloviendo a mares y con un viento que chilla estruendoso al chocar con los bordes del 4x4, que no da tumbos porque vamos lentísimos.

Llueve lateralmente, lo que hace que las ventanillas de la izquierda que dan al este estén limpísimas pero no podamos abrir ni una rendija, mientras que las del oeste son un barrizal y podemos llevarlas abiertas de par en par. Para tratar de equilibrar, damos un giro de 180º en un ensanche de la carretera y esperamos un rato para que la lluvia nos moje el lateral embarrado.

Resignados por la falta de vistas, imaginando blancos glaciares y verdes montañas a nuestros lados, preocupados por el aumento del nivel del agua en los charcos, y con Sigur Ros como sintonía para imbuirnos aún más en la atmósfera lunar y tenebrosa del momento, llegamos al final de la pista, tras habernos cruzado con tan solo dos coches durante todo el trayecto.

La inhóspita F550 se convierte entonces en la apacible 550 hasta llegar a Thingvellir, donde habíamos estado en la primera etapa, cerrando así el círculo de nuestra ruta islandesa. Tomamos allí la 36 en dirección a Reykjavik y en seguida llegamos a nuestro apartamento, entre los rayos del sol que ha vuelto a brillar al atardecer.

Después de tanto coche y tanta lluvia, salimos felices a caminar por las animadas y coloridas calles peatonales del centro de la capital, nos tomamos unas cervezas en la barra del Lebowsky, pillamos más cervezas y unas sopas de langosta en el Seabaron y unos fish&chips en el Reykjavik Fish Restaurant y nos volvemos al apartamento a cenar estupenda y merecidamente.

Esta ha sido sin duda la etapa más difícil, no por la longitud de las carreteras sin asfalto o las caminatas necesarias para ver las cosas, sino por el mal tiempo que nos acompañó casi en todo momento. Pero aunque las condiciones no eran buenas, o precisamente por eso, la experiencia fue inolvidable.


Día 11, miércoles 31: Reykjavik

Llueve sin remedio así que nos tomamos el día con calma. A media mañana vamos en coche al museo Perlan, que nos encanta. Infinidad de paneles interactivos, documental en sobre las auroras boreales en pantalla 360º, visita a una cueva de hielo y muchas explicaciones sobre volcanes y glaciares de lo más interesante. Subimos a la azotea circular pero diluvia y nos conformamos con comparar la realidad con el letrero informativo.

Después de la comida y la siesta deja de llover, como anunciaba la predicción, y salimos a pie para visitar primero el Museo Falológico, curiosa colección de penes de distintos animales, única en el mundo, y después el centro cultural Harpa, un gran cubo de metal y vidrio junto al mar, auditorio y sede de exposiciones.

Caminamos después al borde del mar hasta llegar al Viajero del Sol, especie de esqueleto metálico de un barco drakkar vikingo (o de una ballena, según quién opine).


Paseamos de nuevo por Laugardalur, la calle más popular y comercial, y cenamos unas sabrosísimas sartenes de pescado en el restaurante Messin, donde habíamos reservado hace meses, cerrando así una agradable etapa urbana.



Día 12, jueves 1: de Reykjavik a Keflavik (110 km)

Última etapa de nuestro tour. Amanecemos con sol radiante, así que como despedida de Islandia no está mal. Salimos pronto y empezamos recorriendo el puerto, desde donde vemos otra perspectiva de la ciudad.


Visitamos el museo de las ballenas y luego conducimos hasta el faro Grottuviti, y damos un paseo por el campo de golf de Seltjarnarnes, situado idílicamente junto al mar.


Volvemos luego al centro de Reykjavik para seguir paseando y ver las tres iglesias más relevantes, además de comer al sol unos bocatas en el precioso lago junto al ayuntamiento, mientras alimentamos los patos locales.



Callejeamos por todos lados, tomamos un café en Mokka, el café más antiguo de Reykjavik, compramos un disco de Of Monsters and Men en la famosa tienda 12 Tonar y entramos en el gracioso museo del Punk, montado en unos antiguos urinarios públicos.

Vuelve a orbayar cuando cogemos el coche para despedirnos de Reykjavik y poner rumbo al Blue Lagoon, la traca final de nuestro viaje (no sin antes parar un momento a ver el ambiente de un partido de fútbol que se está celebrando en Hafnarfjordur entre el equipo local y nuestro querido Ka Akureyri…).

Disfrutamos durante dos horas en sus azules y calientes aguas sulfurosas, con mascarilla facial, cervezas, zumos détox y vinos espumosos incluidos, y bien relajados nos vamos a devolver nuestro todo terreno, pero no por la ruta más corta hacia Asbru, sino dando un buen rodeo por la península, pasando primero por Grindavik y ya de noche cerrada por Hafnir.

Llenamos el depósito y devolvemos el todoterreno, llegando exactamente a la hora prevista. Hemos recorrido 3.300 km dando la vuelta a la isla que ya nos conocemos como la palma de la mano. Un empleado del rent-a-car nos lleva en furgoneta hasta el aeropuerto de Keflavik, facturamos todo para ir más cómodos, cenamos en un self-service, embarcamos, despegamos y tratando de dormir en vuelo todo lo que podemos, a las 8 de la mañana aterrizamos en Madrid, dando por terminada nuestra fantástica aventura islandesa. 


Pablo, Álvaro, Marta, Íñigo. Agosto-Septiembre 2022



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