12 DÍAS EN ISLANDIA
Día 1, domingo 21: de Keflavik a Geysir (235 km)
Iniciamos ruta hacia el sur por la carretera 43, rodeada de lava,
pasando cerca del Blue Lagoon, una central geotérmica y una empresa de
producción de metanol renovable. Al llegar al mar en Grindavik giramos a la
izquierda y recorremos la 427, parando un momento a tocar e incluso tumbarnos
sobre el confortable musgo verdoso que cubre los campos de lava, sin saber si
está prohibido, y viendo una enorme cola de personas peregrinando monte arriba hacia
el volcán que se encuentra esos días activo en la zona. Llegamos en seguida al
pintoresco pueblo de Eyrarbakki,
agradable para ver el mar, pisar su playa de pequeñas piedras oscuras y hacer
fotos a sus casas metálicas de colores.
La carretera cruza la reserva natural de Floi, un paisaje
marismeño muy agradable, adornado con un bonito campo de golf. Tras hacer
picnic en una gasolinera de Selfoss,
cruzada por un caudaloso río, tomamos la 35 y luego la 36 en sentido norte,
rumbo a Thingvellir/Logberg. En la
zona de parque nacional la velocidad máxima es de 50 km/h y resulta realmente
difícil no sobrepasar el límite. En cualquier caso, el paisaje es muy bonito y
la ruta no cansa.
Caminamos por la grieta que separa las placas tectónicas entre
Eurasia y Norteamérica, vemos el emplazamiento del primer parlamento vikingo y disfrutamos
de las fantásticas vistas de toda la zona.
Mucho turista y sensación de parque temático, pero visita obligada.
Día 2, lunes
22: de Geysir a Skogafoss (234 km)
Tomamos la 327, pedregosa y algo cansina, para ver el curioso
paraje de Gjain, un pequeño valle
verde y florido, con varias cascadas, entre grises colinas de lava. Es un
rincón muy agradable, pero hay que valorar lo que cuesta ir y volver por la
pedregosa pista.
Tras el periplo de casi dos horas sin asfalto, volvemos a la 32
rumbo norte y tras cruzar el río giramos casi 180% para tomar la 26, una
impresionante línea recta que atraviesa todo el valle de lava. Está sin
asfaltar durante muchos kilómetros, pero se circula muy bien. Nosotros nos
cruzamos con poco más de tres coches, lo que lo hace aún más sencillo, para
esquivar sin preocupaciones los pocos baches que nos encontramos.
Paramos en la cascada de Seljalandsfoss,
que sorprende al verla manar a pocos metros de la carretera 1 desde un
horizonte plano en el que no te la esperas, y que puede rodearse por un
caminito en el que es imposible no empaparse. Es como si la Santina de
Covadonga estuviese justo detrás de su cascada y no encima, pero con muchísimo
más caudal de agua.
Los pantalones y botas de montaña dan paso entonces a los bañadores
y las chanclas, con unos 9 grados de temperatura exterior. La piscina resulta
realmente curiosa: mitad gozada por estar a media ladera de una preciosa montaña con un
chorro de agua manando a 40 grados, y mitad guarrada por lo cutre de los vestuarios del siglo pasado y la sensación de estar nadando en una
sopa de espinacas...
Día 3, martes 23: de Skogafoss a Kirkjubæjarklaustur (149 km)
A los pocos km giramos a la izquierda por la 221 para visitar el
glaciar de Sólheimajökull. Vistas
preciosas y gran experiencia de estar justo debajo de un glaciar, enturbiada
por la desagradable sensación de ver cómo el cambio climático está haciendo
menguar los glaciares hasta niveles insoportables.
Jornada completísima, con una perfecta combinación de carreteras,
caminos y sendas. Cascadas, glaciares, playas, cañones y páramos recónditos. Solo
con un día como hoy ya serviría para hacerse una idea de lo que es Islandia: un
país espectacular, sin matices.
Día 4,
miércoles 24: de Kirkjubæjarklaustur a Hofn (227 km)
Llueve sin remedio cuando llegamos a la cascada de Foss a Sidu. Ni nos bajamos del coche,
y seguimos ruta en dirección este hacia el glaciar más grande de Islandia, Vatnajökull, que ocupa el 14% de la
superficie del país. Es el parque nacional más grande de Europa. Mejora el
tiempo a medida que una gran extensión de terreno (sandar es la palabra que se
utiliza aquí) se abre ante nuestra vista; una infinita planicie esteparia, con el
inmenso glaciar al fondo.
Varios km más tarde, con el cielo más despejado, nos desviamos la
izquierda por la 998 y en seguida llegamos al parking del parque Vatnajökull. y caminamos durante unos 30 minutos por un
camino muy sencillo hasta la fotogénica cascada de basalto Svartifoss, sin duda uno de los iconos de Islandia.
Etapa impresionante, algo lastrada por la lluvia y el frío, pero en la que pasamos por algunos de los lugares más espectaculares de la isla.
Día 5, Jueves 25: de Hofn a Egilsstadir (297 km)
La ruta entre Hofn y Djúpivogur transcurre sinuosa y apacible entre paisajes bellísimos. Nos sorprende la paz que transmiten unos blanquísimos cisnes flotando en el agua en una playa de arena negra. Cumplimos 1.000 km de viaje.
Día 6, viernes 26: de Egilsstadir a Borgarfjordur Eystri (322 km)
Hay una empinada subida desde el parking hasta los miradores desde
los que se divisa la cascada. Mientras subíamos el viento era tan gélido que
decidimos abortar la visita. Este fue el único hito de nuestro viaje que
queríamos ver y no pudimos.
Aprovechamos el tiempo ganado para adentrarnos en las tierras altas por la 910, una carretera absolutamente épica, impecablemente asfaltada, que a lo largo de sus 64 km no tiene a su alrededor absolutamente nada habitado excepto los baños termales de Laugarfell, en medio de una pradera inmensa, en los que no osamos bañarnos por el frío y el viento, prefiriendo dedicarnos sin éxito a buscar renos.
Esta carretera 910 que atraviesa un paisaje sobrecogedor, mezcla de estepa y lava volcánica con neveros, está asfaltada porque sirve de vía para llegar a una de las construcciones civiles más impresionantes de Europa: Kárahnjúkar, la mayor presa de Islandia, con 800 metros de largo y 200 de alto, construida para dar energía eléctrica a la planta de aluminio de Alcoa que habíamos visto el día anterior en Reydarfjördur.
La presa corta el brutal cañón de basalto Studlagil, una grieta de dimensiones impresionantes que nos deja
estupefactos. Con la construcción de la presa el nivel del agua bajó y dejó al
descubierto esta maravilla de la naturaleza.
Día 7, sábado
27: de Borgarfjordur Eystri a Akureyri (377 km)
Ha entrado el sol por la ventana y han brillado en el aire algunas motas de polvo, hacía una estupenda mañana.
Cenamos en Strikid, el que tal vez sea el mejor restaurante de la
ciudad, muy céntrico, en la 5ª planta de un edificio de oficinas, con vistas al
fiordo y a pocos metros de nuestro apartamento. Muy buen ambiente y estupenda degustación
de varios platos locales.
De vuelta al apartamento vemos un raro haz de luz en el cielo que
confundimos primero con las luces de una discoteca o la pluma de un fuego en el
monte cercano, hasta que lo enfocamos con los teléfonos móviles y descubrimos
que es… ¡¡una aurora boreal!!
Día 8,
domingo 28: de Akureyri a Saudarkrokur (393 km)
Tomamos la carretera 82 y hacemos la primera parada en Hauganes, un diminuto pueblo desde
donde salen los barcos para el avistamiento de ballenas. Escudriñamos el mar en calma del fiordo durante
un rato por si vemos algún cetáceo asomarse a tomar aire, pero nos cansamos en seguida.
La carretera 82 se convierte en la 76, en cuyo tramo entre
Olafsfjordur y Siglufjordur hay que atravesar dos siniestros túneles de un
único sentido, con huecos cada 50 metros para apartarse y dejar pasar al
vehículo que venga en sentido contrario. Hay que hacer un ejercicio estresante para calcular si las luces que se acercan de frente te obligan a apartarte ya o te dejan aún tiempo para ir hasta el siguiente hueco.
Segunda parada en la apacible villa pesquera de Siglufjordur donde comemos al sol en la
terraza del restaurante Torgid; un menú buffet con comida muy variada que nos sale a 30€
por persona y que resulta de lo más barato que hemos pagado desde que estamos
en Islandia.
Nos separamos y mientras unos van al fútbol, otros paseamos por la
ciudad, hacemos compras, y merendamos.
Etapa de transición, relajada, con unas horas en modo “ciudad” que disfrutamos mucho, como contrapunto a tanto paisaje sobrenatural.
Día 9, lunes
29: de Saudarkrokur a Grundarfjordur (301 km)
Amanecemos con un sol radiante y tras meternos un buen desayuno nos ponemos de nuevo en ruta. En vez de tomar la carretera 1 decidimos subir al norte por la 75 hasta Skagafjordur y luego seguir la preciosa 744 hasta Blonduosbaer. Rodamos después por la 1 atravesando un relajante paisaje, parando un rato a ver otra cascada y otro cañón, ambos muy bonitos.
Antes de llegar a Stadur nos salimos de nuevo a la derecha, tomando en esta ocasión la 68 y luego la 59, que atraviesa con su grava una interesante altiplanicie esteparia, hasta llegar a Budardalur, un pueblo insignificante con un puerto sin barcos que mira al mar de frente, flanqueado a su derecha por la inmensa región peninsular de Vestfirdir, que no llegamos a visitar, y a su izquierda por la de Snaefellsnes, que es nuestro destino de hoy.
Recorremos la carretera 54 que va bordeando la costa, y nos
sorprende que está sin asfaltar, siendo la vía de entrada natural a la famosa
península. Conducimos despacio admirando bajo el sol del permanente atardecer el
precioso paisaje con prados repletos de caballos islandeses que parecen
asturcones y tríos de ovejas. Vemos con sorpresa que el termómetro del coche
marca la increíble temperatura de 21ºC.
Hacemos parada en el bonito pueblo de Stykkishólmsbaer, con sus casas de colores, su iglesia tecno
y su faro rojo sobre el promontorio que domina y protege el puerto. El día se
ha nublado y el pueblo pierde su encanto, pero las tartas del café Sjávarborg
nos saben a gloria.
Volvemos a la 54 cruzando varias penínsulas con un tiempo que se
vuelve cada vez más desapacible hasta llegar a Grundarfjordur, en donde tenemos reservadas dos habitaciones en un
hotel en el que perfectamente se podría rodar la secuela de El Resplandor.
Dejamos maletas y nos vamos a ver el cercano y famosísimo monte Kirkjufell, con su cascada Kirkjufellsfoss
(a estas alturas del blog, ya habréis pillado que “foss” es “cascada”).
El viento es cada vez más duro y amenaza lluvia, pero aguantamos un buen rato haciendo fotos por los alrededores de este monte mágico, persiguiendo la puesta de sol.
Volvemos a cenar a Grundarfjordur, en el único restaurante con buenas
recomendaciones, quedándonos con las ganas de probar la agotada especialidad
local de pescado en cazuelita, debiendo conformarnos con unas aceptables
pizzas, mientras se pone a llover a cántaros. Afortunadamente solo hay 50
metros entre el restaurante y el hotel.
Etapa larga y tranquila, atravesando paisajes muy agradables, que
se acaba complicando por el cambio de tiempo y la fuerza del viento, pero con hitos imprescindibles en la vuelta a Islandia.
Día 10, martes
30: de Grundarfjordur a Reykjavik (370 km)
Desayunamos con Don Simón y nos conjuramos para que la etapa nos
permita ver algo de lo que tenemos planificado, porque el pronóstico meteorológico
es demoledor, y el inicio del día lo confirma.
Descartamos ir hasta el faro de Ondverdarnes, el punto más occidental de Snaefellsnes, y seguimos hacia la impresionante playa negra de Djupalon, donde paramos un rato y nos calamos hasta los huesos solo por llegar al mirador que está a 50 metros del parking.
Dudando entre bajar ya directos hacia Reykjavik o seguir con la
ruta planificada, decidimos lo segundo. Cruzamos el puente que atraviesa el
fiordo, giramos a la izquierda por la carretera 50 y conducimos rumbo norte
hasta llegar a Kleppjárnsreykir, donde giramos hacia el este por la 518 en
dirección a Husafell.
En ese momento el tiempo mejora y sale un poco el sol para hacer más
llevadera nuestra parada para ver las últimas cascadas de nuestro viaje: Hraunfossar y Barnafoss. Muy curioso ver cómo el agua mana de forma caótica por
los huecos de un enorme manto de lava que se extiende inmenso frente a los
miradores.
Avanzamos hacia el sur a escasa velocidad y haciendo fotos desde
las ventanillas, cuando nos damos cuenta de que estamos conduciendo directos
hacia una muralla de agua que está descargando frente a nosotros. A estas
alturas, decidimos que es mejor seguir adelante, confiando en la visibilidad
que proporcionan los siempre fieles palitos amarillos que marcan los límites de
cualquier carretera islandesa, que en este caso son más altos de lo habitual, aunque
deja de haberlos durante un buen tramo del recorrido.
Llueve lateralmente, lo que hace que las ventanillas de la izquierda
que dan al este estén limpísimas pero no podamos abrir ni una rendija, mientras
que las del oeste son un barrizal y podemos llevarlas abiertas de par en par. Para
tratar de equilibrar, damos un giro de 180º en un ensanche de la carretera y
esperamos un rato para que la lluvia nos moje el lateral embarrado.
Resignados por la falta de vistas, imaginando blancos glaciares y verdes montañas a nuestros lados, preocupados por el aumento del nivel del agua en los charcos, y con Sigur Ros como sintonía para imbuirnos aún más en la atmósfera lunar y tenebrosa del momento, llegamos al final de la pista, tras habernos cruzado con tan solo dos coches durante todo el trayecto.
La inhóspita F550 se convierte entonces en la apacible 550 hasta llegar a
Thingvellir, donde habíamos estado en la primera etapa, cerrando así el círculo
de nuestra ruta islandesa. Tomamos allí la 36 en dirección a Reykjavik y en
seguida llegamos a nuestro apartamento, entre los rayos del sol que ha vuelto a
brillar al atardecer.
Después de tanto coche y tanta lluvia, salimos felices a caminar por
las animadas y coloridas calles peatonales del centro de la capital, nos
tomamos unas cervezas en la barra del Lebowsky, pillamos más cervezas y unas
sopas de langosta en el Seabaron y unos fish&chips en el Reykjavik Fish
Restaurant y nos volvemos al apartamento a cenar estupenda y merecidamente.
Esta ha sido sin duda la etapa más difícil, no por la longitud de las carreteras sin asfalto o las caminatas necesarias para ver las cosas, sino por el mal tiempo que nos acompañó casi en todo momento. Pero aunque las condiciones no eran buenas, o precisamente por eso, la experiencia fue inolvidable.
Día 11,
miércoles 31: Reykjavik
Llueve sin remedio así que nos tomamos el día con calma. A media mañana vamos en coche al museo Perlan, que nos encanta. Infinidad de paneles interactivos, documental en sobre las auroras boreales en pantalla 360º, visita a una cueva de hielo y muchas explicaciones sobre volcanes y glaciares de lo más interesante. Subimos a la azotea circular pero diluvia y nos conformamos con comparar la realidad con el letrero informativo.
Después de la comida y la siesta deja de llover, como anunciaba la predicción, y salimos a pie para visitar primero el Museo Falológico, curiosa colección de penes de distintos animales, única en el mundo, y después el centro cultural Harpa, un gran cubo de metal y vidrio junto al mar, auditorio y sede de exposiciones.
Caminamos después al borde del mar hasta llegar al Viajero del Sol, especie de esqueleto metálico de un barco drakkar vikingo (o de una ballena, según quién opine).
Día 12, jueves 1: de Reykjavik a Keflavik (110 km)
Última etapa de nuestro tour. Amanecemos con sol radiante, así que
como despedida de Islandia no está mal. Salimos pronto y empezamos recorriendo el
puerto, desde donde vemos otra perspectiva de la ciudad.
Volvemos luego al centro de Reykjavik para seguir paseando y ver las tres iglesias más relevantes, además de comer al sol unos bocatas en el precioso lago junto al ayuntamiento, mientras alimentamos los patos locales.
Vuelve a orbayar cuando cogemos el coche para despedirnos de
Reykjavik y poner rumbo al Blue Lagoon, la traca final de nuestro viaje (no sin
antes parar un momento a ver el ambiente de un partido de fútbol que se está
celebrando en Hafnarfjordur entre el
equipo local y nuestro querido Ka Akureyri…).
Disfrutamos durante dos horas en sus azules y calientes aguas
sulfurosas, con mascarilla facial, cervezas, zumos détox y vinos espumosos
incluidos, y bien relajados nos vamos a devolver nuestro todo terreno, pero no
por la ruta más corta hacia Asbru,
sino dando un buen rodeo por la península, pasando primero por Grindavik y ya de noche cerrada por Hafnir.
Llenamos el depósito y devolvemos el todoterreno, llegando exactamente
a la hora prevista. Hemos recorrido 3.300 km dando la vuelta a la isla que ya
nos conocemos como la palma de la mano. Un empleado del rent-a-car nos lleva en
furgoneta hasta el aeropuerto de Keflavik,
facturamos todo para ir más cómodos, cenamos en un self-service, embarcamos, despegamos
y tratando de dormir en vuelo todo lo que podemos, a las 8 de la mañana
aterrizamos en Madrid, dando por terminada nuestra fantástica aventura
islandesa.
Pablo, Álvaro, Marta, Íñigo. Agosto-Septiembre 2022