El Muro
(Escrito en 1988)
Uno.
Tomaron el ascensor hasta el tercer piso. Una
vez arriba, caminaron indecisos por el largo pasillo hasta encontrar la puerta
con el número que buscaban. Entraron.
Había conocido a aquella chica pocas horas
antes, en una de las muchas fiestas que sus amigos organizaban en los clubs
privados a los que todos pertenecían, y que constituían uno de los vínculos más
importantes entre casi todos ellos. La chica era muy bonita, unos quince años
más joven que él. Mientras cumplían a la perfección todas las reglas del ritual
que los había llevado allí pudo comprobar que aquello que abrazaba y besaba
entre las sábanas, mudos testigos de tantas historias, era un cuerpo perfecto.
Ambos se dejaron llevar por la inercia de la
propia escena hasta que, más tarde, todos los parámetros tomaron de nuevo los
valores de la realidad, de ese equilibrio inestable en el que se desarrolla la
vida a este lado.
Mientras la chica fumaba un cigarrillo con
gesto de indiferencia, él comenzó a sentir cómo una sensación de angustia se
adueñaba poco a poco de la zona de su mente en la que ahora había retazos de
una felicidad pasajera.
Había llegado muy lejos en la vida. Tan lejos
que ya no podía recordar desde dónde había empezado a caminar. Y lo que era
peor, ya casi no se acordaba del camino de regreso. Joven aún y con una
posición social envidiable, fruto de su esfuerzo constante por alcanzarla
durante los mejores años de su vida, llevaba una existencia entretenida,
divertida a veces, pero siempre superficial.
Aquello por cuya conquista había luchado
tanto, le rodeaba ahora y le hacía sentirse prisionero de su propia ambición.
Gentes inútiles, cosas inútiles, hechos inútiles. Sólo sus discos, sus libros y
alguna que otra buena película de las que ya quedaban tan pocas le hacían
sentirse casi lleno, casi feliz, casi como se sentía en ese pasado que ahora le
resultaba tan lejano y borroso.
En esos instantes de melancolía le invadía un
recuerdo intenso e íntimo que le reconfortaba: recordaba el Muro, aquel Muro de
grandes piedras que alguna vez habían sido rectangulares y que el mar había
desgastado con sus latigazos, el Muro que se elevaba varios metros sobre la
arena dorada de la playa, el Muro tras el que él y la gente como él
desarrollaba su vida, mientras el mar los observaba desde el otro lado.
Le gustaba mucho pasear sobre el Muro, perder
su vista en el mar y sentir esa placentera sensación de pequeñez al tener ante
sí esa enorme pradera espumosa que con su vasta presencia nos recuerda la
levedad de nuestra propia existencia. Le gustaba sobre todo sentarse sobre la
barandilla metálica, mil veces pintada de blanco por el hombre y mil veces
oxidada por la mar; sentarse allí, bloquear sus pensamientos y notar la espuma
de las olas sobre su cara mientras el Muro encajaba con firmeza pétrea los
envites de la pleamar.
Eran estas unas imágenes hermosas que siempre
venían a él en los momentos de mayor angustia, como un salvavidas que su pasado
le lanzaba para liberarlo del presente. Y entonces se sintió transportado a otro
lugar, a otro tiempo, y creyó estar viviendo aquella vida que ahora le
resultaba tan lejana.
Y entonces se acordó de ella.
Dos.
Ella lo había sido todo para él. Su relación
con aquella mujer no se había vuelto a repetir con ninguna otra, por muchos
cuerpos perfectos que hubieran dormido a su lado. Ella había sido su vida, su
alma, su deseo más febril. Entre ambos había un lazo espiritual, casi místico;
nada ensombrecía la seguridad que él tenía de que esa era su chica.
Recordaba ahora los largos paseos por el
Muro, juntos, rodeados del olor salado del mar y de la tenue luz de las farolas
sobre la playa. Recordaba el roce frío y cosquilleante de la arena bajo sus
pies. Recordaba la sonrisa de la chica, ese gesto tan simple y tan complejo,
que lo quería decir todo.
Los mejores momentos de su vida habían
transcurrido alrededor del Muro, esa frontera entre lo natural del mar y lo
artificial de la ciudad, esa frágil línea entre lo bello y lo triste.
Pero todo esto quedaba muy atrás. Ya nada era
igual. Ahora era un hombre vulgar, con una vida vulgar, y ella sería la esposa
mediocre de un marido mediocre, a cientos de kilómetros de él. El destino los
separaba como el Muro separaba el mar de la ciudad, aunque el recuerdo seguía
vivo.
Pensó en todo esto y se sintió triste; todo
lo hermoso estaba siempre al otro lado.
Tres.
El reloj indicó que eran las ocho de la
mañana, aunque esto no tenía por qué ser cierto. De todos modos la radio se
encendió automáticamente y una cálida voz anónima comenzó a leer las noticias
de la mañana.
Se despertó bruscamente y tardó un rato en
tomar conciencia de sí mismo. Sintió un escalofrío y su cara dibujó una breve
sonrisa al recordar los pensamientos que le habían invadido aquella noche.
Escuchó distraído las noticias tratando de
mentalizarse para agotar este nuevo día que le separaba de la próxima noche, su
mejor aliada y su más traicionera enemiga. La información del día no difería
mucho de la de los anteriores. En el fondo, la vida da mil vueltas, pero
siempre sobre sí misma. La voz comentaba ahora los datos del tiempo:
- " ...Cielos cubiertos con posibilidad
de chubascos aislados, fuerte oleaje en la costa norte... ".
Al oir esto se quedó helado: " ...Fuerte
oleaje en la costa norte..."; pensó que esa frase no era un dato
informativo, estaba seguro de que eso era un mensaje para él, una contraseña
con destino al fondo de su mente.
Se levantó de un salto y sintió la necesidad
de volver. A su ciudad. A su pasado. Al Muro.
Cuatro.
Hacía muchos años que no viajaba de otro modo
que en avión o en su propio coche. Pero ahora, por alguna razón que él no
alcanzaba a comprender, decidió hacer el viaje en tren. Tal vez el ambiente
decadente del compartimento le ayudaba primitivamente a recrear el aroma del
pasado que pugnaba por volver.
Los colores cambiaban a medida que el tren
ascendía incansable hacia el norte. Los tonos dorados y amarillentos daban paso
a otros verde oscuro, pardo, ocre. Más arriba llegaban por fin los verdaderos
verdes: verdes agresivos, que parecían salirse de las hierbas a las que daban
su color; verdes que atravesaban la retina y recorrían todos los canales del
cuerpo, llenando a su espectador de una sensación de belleza y bienestar.
Al encontrarse con los verdes pensó que su
cabeza iba a estallar y que todos sus recuerdos se esparcirían por el vagón del
tren, como la espuma de las olas sobre las piedras del Muro. Se sintió tan
cerca de sí mismo que tuvo miedo. Estaba volviendo. Retornaba al mundo que
había moldeado su vida. Abandonaba la llanura para tomar de nuevo el camino de
las montañas y el mar. Sobre el fósforo verde de la pantalla del osciloscopio
la mórbida línea recta se convertía en una sucesión infinita de picos y valles.
Volvía definitivamente. El bucle del tiempo se cerraba sobre sí mismo.
Volvía. El Muro estaba ya muy cerca. El otro
lado estaba ya muy cerca.
Dejó transcurrir el día, nervioso y excitado,
manteniendo alerta sus cinco o más sentidos para poder recibir todas las
sensaciones, captar todos los átomos de felicidad que vibraban a su alrededor.
Quería vivir intensamente estos momentos.
Cuando llegó a la estación de su ciudad se
sintió borracho. Una borrachera consciente, racional, y sin embargo hermosa.
Paseó errante por toda la ciudad sin acercarse al Muro, dejando ese momento
para la noche. Poco a poco lo recordaba todo: lugares, nombres, gentes...
Parecía un sueño pero no lo era. Este era uno de esos extraños momentos en los
que la realidad representa fielmente los anhelos de la gente, sus deseos, sus
pasiones.
Las gotas de lluvia rebotaban en la acera
produciendo un ruido que le era tan familiar que sintió ganas de ponerse a
llorar. Entró en un Café, o mejor en su Café. Cruzó entre mesas de mármol y
sillas de madera, subió las escaleras. Una bofetada de realidad le sacudió al
comprobar lo viejo que estaba el camarero. Su camarero. Se sentó a una mesa
vacía junto al ventanal a través del cual el parque le observaba inmóvil. Otra
bofetada cuando su camarero no le preguntó: " ¿ Lo de siempre, chaval ?".
Pidió un chocolate grande muy caliente con un
bollo suizo y comenzó a leer la prensa local. Una nueva oleada de recuerdos
hermosos le hizo olvidar la decepción anterior mientras el chocolate recorría
los poros del bollo y se escurría por su barba.
Había vuelto.
Cinco.
Los colores se fueron apagando y una vez que
la noche se hizo con los últimos rescoldos del día, salió del hotel. Paseó sin
rumbo por las calles que poco a poco se iban quedando vacías, testigos mudos de
las miserias de los hombres. Calles mojadas, sombrías, silenciosas, que
incitaban a reflexionar, a buscar las razones, las causas, los motivos.
Así se encontró pensando en todo lo que había
perdido en su huida hacia adelante para ser alguien en la vida, como si la
cantidad de persona se midiera con el calibre de las posesiones materiales, o
si el grado de éxito y felicidad viniera dado por el volumen de envidias
suscitadas.
Mientras pensaba en esto el tiempo se
escurría entre las sombras de la noche. Como por casualidad, casi sin querer,
sus pasos se dirigieron hacia lo que era la meta final de esta fuga al pasado.
A medida que se acercaba al Muro los latidos de su corazón se hacían cada vez
más audibles. Cuando por fin apoyó sus manos sobre la blanca y oxidada
barandilla metálica, seis metros sobre el agua, su cuerpo temblaba como nunca
lo había hecho.
Allí abajo, tan cerca, estaba el mar. Las
olas chocaban con furia contra las piedras del Muro mientras su cuerpo se
empapaba con la espuma. La sensación era deliciosa. Como pisar el umbral del
paraíso. Se sentía completo, verdaderamente presente. Nunca debía haber
abandonado ese lugar. Aquello era suyo. Aquello era él.
Algo le rozó el hombro.
Seis.
No necesitó volverse para saber qué ocurría.
Había deseado mucho este momento como para no reconocerlo en cuanto se
presentara.
Allí estaba ella.
Parecía que no habían pasado los años. Seguía
tal como la recordaba, o tal vez su recuerdo fuera tan profundo que había
crecido y envejecido a la vez que la mujer que estaba frente a él.
Estuvieron un largo rato contemplándose
inmóviles, mientras el mar los empapaba de espuma y salitre, rodeados de una
auténtica música acuática, con el Muro y el mar como únicos intérpretes.
Se abrazaron con cariño y en ese instante
sintieron lo que siempre creyeron que era el amor. Sin decir nada se sentaron
sobre la barandilla, mirando hacia el mar, y abrazados entre la espuma se
besaron.
Aquel beso era distinto a todos. No tenía
fin. Aquel era el beso eterno.
Las olas levantaban grandes cortinas de agua
y espuma que llovían como fuegos artificiales sobre el Muro y sobre dos seres
que regresaban a sí mismos. Una ola golpeó con fuerza sobre las piedras y el
latigazo sonó como el último petardo de una fiesta de verano.
Mientras el mar seguía embistiendo al Muro,
queriendo recuperar el terreno que le había robado la ciudad, la barandilla
metálica, blanca, oxidada, brillaba mojada bajo la luz de la luna. No había
nadie sobre ella.
En ese momento todos los parámetros
alcanzaron un estado de equilibrio. Ahora todo lo hermoso estaba ya al otro
lado.