La venganza de la vecina del quinto
(Escrito en 1988)
Hoy hacía un año. La hipertensión y el estrés
la habían empujado por aquella ventana. O tal vez había sido la depresión. O
las pastillas de colores. En cualquier caso, hoy hacía un año que su vida
vulgar, llena de resentimiento y odio hacia casi todos los que la rodeaban, se
había terminado.
Había tenido pocos amigos de esos que se
llaman auténticos, más bien no había tenido ninguno, y sus escasos conocidos no
habían sentido mucho su muerte. Simón, su vecino del cuarto, tampoco.
Hoy, como casi todos los días, las paredes
del viejo edificio retumbaban por efecto de aquella música estruendosa que
provenía del cuarto piso. Molestaba a todo el mundo excepto, claro está, a Simón,
que en ese momento estaba en su habitación, medio tirado en una silla de
oficina, leyendo una revista y asintiendo vehemente con la cabeza a cada uno de
los acordes de esa música feroz que para él era toda una declaración de
principios.
De repente, la música comenzó a sonar
acelerada, como cuando un tocadiscos estropeado se pasa de revoluciones. Simón
soltó la revista y se quedó mirando fijamente a su equipo de música, mientras
el disco que estaba escuchando giraba sin parar, cada vez más rápido, hasta
convertir el sonido en un aullido enfermizo e insoportable. Incluso para Simón.
El roce vertiginoso de la aguja contra el
vinilo empezó a producir chispas y un humo blanquecino que se repartió por toda
la habitación. Simón estaba atónito, verdaderamente asustado, y comenzó a
estarlo aún más cuando al tratar de levantarse para desenchufar el equipo se
dio cuenta de que de los brazos y las patas de la silla habían nacido unas
ramificaciones que rodeaban sus extremidades y lo mantenían atrapado.
Trató de calmarse, de pensar que aquello era
una pesadilla, pero los aullidos que surgían a través de los altavoces, las
chispas, el humo y sobre todo la silla
eran muy reales. Un poco más tarde el brazo de la aguja salió disparado
y el vinilo del disco empezó a derretirse, derramándose sobre la moqueta como
un líquido negruzco, viscoso, palpitante.
Aunque resultara evidente que el tocadiscos
no funcionaba, los aullidos estridentes seguían sonando en la habitación,
acompañados de una especie de coro de risas fantasmagóricas que taladraban los
oídos de Simón, siempre atrapado a la silla.
La colección completa de discos saltó por los
aires, rompiendo todo lo que se encontraba en su camino. Los libros y revistas
empezaron a arder, mientras de las pletinas del equipo de música salía a
borbotones algo parecido a sangre, que salpicaba toda la habitación y se
mezclaba con la viscosidad negra en la que se habían convertido los discos.
Todo temblaba, como en un espasmo
horripilante, y las risas y los aullidos eran cada vez más frenéticos. Los
muebles caían destrozados sobre charcos rojizos, envueltos en una nube de humo
metálico. Vidrios rotos, armarios desencajados, libros ardiendo, la masa
pastosa de los discos...
En un momento dado todo se paró. Las risas se
alejaron poco a poco hasta que dejaron de oírse. La habitación estaba sumida en
una quietud y un silencio desoladores. Dos minutos de espanto habían destrozado
la sala, con todo lo que había en ella.
Simón apenas respiraba. Hilos de sangre le
recorrían el rostro, entremezclados con mechones pegajosos de su melena. Seguía
enganchado a la silla infernal, ahora estampada al radiador de la esquina,
junto a los goznes en los que hasta hace un momento había estado encajada la
puerta de entrada. Sus ojos, fijos en la masa informe en que se había
convertido su equipo de música, con los aullidos y el coro de risas demoníacas
todavía inundando su memoria.
Simón ya no volvería a molestar a su vecina
del quinto.