El fútbol es así
"Soy entrenador de fútbol y padre de futbolista".
En España, decir la frase anterior no aporta un dato diferencial muy relevante. Una inmensa cantidad de hombres españoles somos ambas cosas, y a ambas les dedicamos tal cantidad de tiempo, esfuerzo y fatigas, que bien mereceríamos que estas actividades estuviesen remuneradas, generasen algún tipo de deducción fiscal, o pudieran canjearse por vales del Decathlon.
¿Y esto, por qué es así?
Principalmente porque el fútbol es sin duda el deporte rey, incluso entre republicanos. Tras poco más de un siglo de vida, se ha impuesto al resto de deportes por las siguientes razones, según mi criterio:
1. Se juega al aire libre, sobre hierba, en un campo muy grande.
2. Se juega básicamente con las piernas, lo que resulta diferencial respecto a otros deportes en los que se usan más los brazos, que es lo más habitual o esperable si tenemos en cuenta nuestra anatomía humana.
3. El equipamiento necesario para jugar es mínimo. Con una pelota, basta. A veces, ni eso.
4. Los equipos son bastante numerosos. Se juega 11 contra 11. 22 cuerpos con 44 piernas permiten muchas combinaciones de movimientos de la pelota.
5. Las decisiones arbitrales tienen un nivel de subjetividad muy alto, lo que alimenta la polémica, la discusión y el morbo.
6. Las cinco razones anteriores, unidas a la duración de un partido oficial y al tempo de este deporte, hacen del fútbol un espectáculo perfecto para ser retransmitido por televisión.
Lo anterior aplica para todo el mundo. Si nos centramos en España, las cifras son contundentes y no admiten duda sobre el liderazgo del fútbol como deporte, afición y espectáculo nacional.
Si lo miramos desde la perspectiva económica, es interesante el estudio de la consultora Deloitte que daba las siguientes magnitudes económicas que genera el fútbol en España: 9.000 millones de euros anuales, el 1,7% del Producto Interior Bruto nacional.
Desde la perspectiva de las infraestructuras para practicar y/o ver fútbol, las cifras son alucinantes. Según la Wikipedia, en España hay 21 estadios de fútbol con capacidad superior a 30.000 espectadores, sumando entre todos más de 1 millón de butacas. Si a esa lista de élite añadimos otros 120 campos con capacidad para más de 5.000 espectadores, la oferta de asientos para ver fútbol profesional en directo es de más de 2.482.000.
Si además de lo anterior contamos el total de 12.879 campos donde se puede practicar el fútbol, según indica el Consejo Superior de Deportes, creo que todos los españoles podríamos caber juntos y a la vez en todos los campos de fútbol, y aún sobraría espacio. Ni los bares llegan a este nivel de oferta...
Si analizamos el fútbol en España desde el punto de vista de los que lo practican de forma federada (ínfima parte del total de futboleros practicantes que ni nos federamos ni se nos pasa por la imaginación hacerlo), según los datos de la Federación Española de Fútbol, en la temporada 2013-2014 se registraron 767.845 licencias de fútbol, desglosadas así:
- Futbolistas profesionales: 2.531 (de estos, sólo 28 chicas).
- Técnicos: 53.718.
- Resto (subdivididos en aficionados, juveniles, cadetes, infantiles, alevines, benjamines, prebenjamines y debutantes): 711.596.
De los datos anteriores se podría hacer una interpretación interesante: sólo el 0,36% de los federados como jugadores de fútbol acaban siendo jugadores profesionales. Esto es un duro aviso a los padres ilusionados con la técnica futbolística de nuestros hijos: sólo uno de cada 280 niños llegará a cobrar por jugar al balón. Parece evidente que es más probable que un buen puñado de esos 280 niños llegue a terminar una carrera universitaria de grado superior, y lograr un trabajo remunerado gracias a esa formación.
Capítulo aparte merecen los árbitros: en 2014 teníamos en España casi 15.700, de los cuales 162, el 1% del total, arbitran en Primera, Segunda o Segunda B. Por lo tanto, parece que estadísticamente es 3 veces más fácil llegar a la cumbre del fútbol como árbitro que como jugador de fútbol, aunque el camino de unos y de otros no es precisamente el mismo...
Todas estas cifras están muy bien para cuantificar la gigantesca situación del fútbol como deporte, como espectáculo, como negocio, como afición. Pero faltan datos de algo fundamental, sin lo que nada de lo anterior existiría: la dedicación de los padres de los niños futbolistas.
Esas tardes de los martes y los jueves, o los lunes y los miércoles, bajo la lluvia inclemente o bajo el sol abrasador, siempre desde la grada, desde la atalaya, desde la banda, escudriñando con atención de ave rapaz los movimientos de decenas, centenares de niños entrenándose en campos de hierba artificial, más negros que verdes, con montañas de virutas de neumático fuera de uso que terminan en tu baño, tu cocina, tu salón. Qué haríamos con las ruedas de los coches si no fuera por el fútbol...
Decenas, centenares de niños correteando, atentos (o no) a las indicaciones de su entrenador federado, ejércitos de niños en ocasiones indistinguibles con sus equipaciones iguales. Pero nuestro hijo está ahí, y nosotros también, como un ojeador profesional, fijándonos en los detalles, y sobre todo, opinando. Siempre opinando. Ese otro yo de entrenador de fútbol, que como buenos españoles llevamos en nuestro ADN.
54.000 técnicos de fútbol federados viven en tensión permanente, con la espada de Damocles del escrutinio implacable de los 712.000 padres de niños federados, 1.424.000 si añadiésemos a las madres, muchos más si también contamos a los abuelos y tíos. Todos entrenadores. Todos opinando. España entrena, España opina.
Entrenamientos tediosos, cansinos, repetitivos, no para los niños, sino para los padres-entrenadores. Horas de aburrimiento programado si no fuera porque todo lo alivia la posibilidad de opinar sobre las tácticas, sobre los ejercicios, sobre las colocaciones, sobre todo.
Entrenamientos de semana que los niños hacen con pasión, quitando tiempo a otras actividades lectivas o de ocio, para lograr el objetivo de cada semana: ser convocado para el partido del sábado.
Esos sábados gloriosos, con hordas de padres e hijos en procesión fiel por los históricos campos de barrio (la Mina, la Chimenea, Cotorruelo, Goya, Moscardó, los Yébenes). Esas agendas familiares sometidas por la dictadura del fútbol, que no entiende de recados, obligaciones, desayunos, comidas u otros placeres o aficiones, y que tan pronto marca el horario del partido de nuestro hijo a las 9 de la mañana como a las 2 de la tarde.
Fussball über alles.
Esos madrugones legendarios, esos vasos de plástico cogidos a dos manos con el caldo hirviendo en su interior, esos pies fríos, helados, esas gorras, bufandas y guantes que nos ayudan a los esforzados padres-entrenadores a sufrir menos las inclemencias del tiempo invernal en los partidos que se disputan entre noviembre y febrero.
Esas gradas, cuando las hay, frías y pequeñas, a veces parecidas a marquesinas de paradas de autobús. Esas barandillas a pocos palmos de la línea de banda del campo, en las que los padres-entrenadores apoyamos los codos, cabeza hacia el campo, culo en sentido contrario, en pose que nos permite profundizar aún más si cabe en el análisis detallado y experto de cada jugada, cada lance, cada situación. Opinando.
Esos grupos de padres voluntariosos y esforzados, que vamos al partido aunque nuestro hijo no esté convocado o sea un suplente que no jugará más de diez minutos, que nos apretujamos en formación de ataque, coordinados de forma mágica para gritar al unísono cada gol, cada falta, cada oportunidad, mirando de reojo al grupo de padres del equipo contrario, que actúan exactamente del mismo modo que nosotros, tan sólo unos metros más allá.
Esas broncas legendarias al colegiado, que nunca pasa desapercibido, con su pito, su reloj, su libreta, y sobre todo sus andares y su trote, siempre motivo de burlas y chanzas por parte de los padres-entrenadores, siempre crueles. Ser árbitro debe ser una religión.
Esa velocidad de relámpago con la que pasamos de pedir la UEFA para el árbitro cuando de casualidad pita algo a nuestro favor, a acordarnos de todos sus parientes, vivos o muertos, cuando pita algo en nuestra contra, que suele ser lo habitual, al menos en nuestra opinión.
Esos comentarios que susurramos en la oreja del padre-entrenador de al lado criticando sin contemplaciones las tácticas y las decisiones técnicas del entrenador federado, que por orgullo, prudencia o simple pánico, evita cruzarse con nosotros, los padres-entrenadores, tanto antes como después del partido.
Esa alegría sana y fresca del padre-entrenador cuando nuestro hijo gana. Esa resignación no exenta de esperanza cuando pierde. Siempre opinando, debatiendo, criticando, proponiendo, anticipando.
Pero sobre todo, esas cañas, esos vinos, esas bravas, esos montaditos de panceta, esa charla alegre y amistosa en el bar, al terminar el partido, mientras los niños se duchan y cambian en los vestuarios entre voces de ánimo o lamentación de su entrenador federado.
Esos padres-entrenadores que llenamos los bares de los campos de fútbol de barrio, mezclando los comentarios sobre el partido que acaban de jugar nuestros hijos con los del partido que más tarde, o mañana, jugará nuestro equipo del alma. Se puede cambiar de país, de religión, de esposa, de sexo, pero no se puede cambiar de equipo de fútbol.
Esas conversaciones, con la caña o el botellín en una mano y el pincho de tortilla o el torrezno en la otra, mezclando doctos comentarios sobre nuestros hijos con profundas aseveraciones sobre Cristiano, Messi o el Cholo Simeone. Ese opinar, ese discutir, ese vivir el fútbol.
Si el tiempo que los españoles dedicamos al fútbol lo usásemos para estudiar idiomas, aprender algo, desarrollar alguna capacidad intelectual o física, o caminar por el monte, no me quiero imaginar lo que España sería hoy.
Pero el fútbol es así. Y nosotros, los padres-entrenadores, también.
