10 DÍAS EN CUBA
DÍA 21 - LA HABANA
Llegamos de
noche, sin las mancuernas que obviamente hemos tenido que dejar en el control
de seguridad de Barajas (así está la juventud).
El
aeropuerto huele a iglesia. Hay poca luz. Pasamos el control de pasaportes y
visados y salimos. En el vestíbulo nos espera Yordanka, una negra guapa y
enorme que según lo acordado días antes nos lleva en un taxi amarillo al hotel.
La carretera no tiene ninguna señal. Nos recomienda la app maps.me. Sensación
similar a trasladarse por las afueras de Saigón, Moscú o Marrakech.
Hay muy pocos vehículos. Algunos coches y autobuses se caen a cachos. Todo decrépito, pero limpio y atractivo. Hay bastante gente joven por la calle. Casas preciosas en ruina, que parecen okupadas por sus inquilinos actuales.
Llegamos al hotel Iberostar Plaza Central (un cinco estrellas muy correcto, aquí esto se paga y bien). Cambio dinero en el propio hotel (a lo largo de todo el viaje nadie salvo las gasolineras nos aceptará pago con tarjeta, con lo que cambiar todos los euros y/o tirar de cajero resulta imprescindible). Tomamos la habitación y luego cena rápida en la terraza del hotel. La cerveza Cristal es muy suave (la Bucanero tiene más sabor). Cócteles sin alcohol muy ricos. Pollo con piña, sándwich cubano, tapa de queso y aceitunas. El camarero Jairo muy amable. Buena vista nocturna de la plaza y el Capitolio.
En el hotel
hay música en directo, como en cualquier rincón de la ciudad, pero en este caso
con estilo elegante y un tanto decadente.
DÍA 22 - LA HABANA
Amanece a las 7h. Pasan bastantes autobuses, no muy viejos, atestados de gente. Hay algo de tráfico, poco para una ciudad grande casi en hora punta matinal. Un par de tuc-tuc dejan a dos chicas en la puerta de atrás del hotel.
Cambio más euros en el hotel. Desayunamos fuerte y luego nos vamos con Pepe en un viejo pero impecable Chevrolet descapotable a conocer toda la ciudad. 2 horas por 73 cuc. Tomamos 5 piñas coladas en un carro-chiringuito junto a la fortaleza del Morro, volviendo del Cristo. Pepe nos cuenta que el coche es suyo, pero que debe trabajar para Grancar, la agencia del Estado que se encarga de gestionar los alquileres de coches históricos.
La bahía natural de La Habana es espectacular. El Malecón infinito. El barrio de Miramar, lleno de casas señoriales reconvertidas en embajadas, amplio y elegante. Pero todo muy deteriorado...
Tras el estupendo paseo en el Chevrolet verde descapotable, nos damos un chapuzón en la piscina y nos tomamos unas piñas coladas.
Después salimos a dar un paseo por la Habana Vieja. Recorremos las calles Obispo, Mercaderes, O'Reilly, Amargura. Nos paramos en las plazas de Armas, de la Catedral, de San Francisco de Asís, Vieja y del Cristo.
Es imposible dar un paso sin que suene música. Predomina el reguetón. Mirando el detalle, miles de personas jóvenes, morenas, guapas y aparentemente alegres, viviendo en unas casas que parecen salidas de un bombardeo. Lo más difícil de entender son las tiendas de barrio que venden carne y fruta a precio tasado en moneda nacional o cup. Es dudoso que pasasen un test europeo de higiene...
Si todo estuviese en un estado normal de conservación, La Habana podría competir sin problemas con el centro histórico de cualquier gran capital europea. Se ven los esfuerzos de restauración de edificios públicos, pero las viviendas se caen a pedazos. Falta sin duda dinero, y tal vez voluntad.
Comemos camarones, ceviche, ropa vieja, arroz negro, risotto de mariscos y costillas con moros y cristianos en El Rum Rum de la Habana, frente a la Bodeguita del Medio, atestada como siempre. Helados en Helad'Oro. Cafés en el O'Reilly. Coco en un puesto de la Plaza Vieja. Casi nos volvemos a casa con el heladero, o volvemos sin alguno de los chicos; orgullo gay en su máxima expresión.
Luego, otro chapuzón en la piscina tomando Tukola, la cola local que sabe a Pepsi. Copas en el lobby del hotel y finalmente, cena en D'Lirios, frente al Capitolio. Raciones gigantescas de emperador, gambas, ternera y pollo que no pudimos terminar.
Paseo nocturno por las calles adyacentes al Parque Central. Saliendo de las más comerciales e iluminadas, el nivel de deterioro es inimaginable, vemos cosas que no creerías. Termina el paseo con una sonrisa al ver un bar con bufandas del Sporting y del Caudal. Asturianos por el mundo.
La sensación que nos deja La Habana es difícil de describir.
DÍA
23 - LA HABANA/LAS TERRAZAS/VIÑALES
Desayuno copioso y chapuzón en la piscina. Cambio todos los euros. Check out, recogida del coche de alquiler en la oficina que está justo en los bajos del propio hotel (nos dan un Peugeot 301 automático, amplio y bastante correcto) y salimos para Viñales.
Nos orientamos muy bien gracias a la app de Maps sugerida por Yordanka. La autovía, muy bacheada y llena de gente en las cunetas, sobre todo a la sombra bajo los escasos puentes que cruzan la autovía, haciendo autostop ondeando billetes o vendiendo cosas, algunos arriesgando el pellejo en su ansia comercial.
Primera parada en un antiguo cafetal en ruinas. Tan inquietantes las gigantescas avispas como el cubano negro sentado a la puerta de la casa. Poco que ver.
Segunda parada en la ecoaldea Las Terrazas. Un sitio precioso. Comemos camarones en un pequeño restaurante colgado sobre el lago y luego unos cafés muy ricos en el Café de María. Delicioso el que lleva chocolate y vainilla.
Parada final en Viñales tras una breve pero intensa experiencia de conducción interactiva con los habitantes de la carretera.
Piscina a tope en Casa Nenita, con baloncesto y piñas coladas. Luego cena brutal con langosta grillé y casuelita viñalera. Una barbaridad de comida. Delicioso todo.
Mientras cenamos contemplamos respetuosos la humilde celebración comunal del 59 aniversario de la Federación de Mujeres, con todos los vecinos sentados a ambas orillas de la calle, con poemas, discursos, música, bailes, comida y solemne himno nacional. Nos pasan un plato a rebosar de dulces que han preparado todas las vecinas. Épico.
DÍA 24 – VIÑALES
Paseo a caballo con Tito, el hijo de la cocinera de Casa Nenita, montados en Lucero, Mojito, Caramelo y Coco Loco, con paradas en la finca tabaquera Coco Solo y la cafetera del Silencio. Fumamos puros mientras vemos cómo se hacen, bebemos mojitos y ron, nos cuentan muchas historias, hablamos de fútbol y vemos un paisaje espectacular.
La mayoría
de las explotaciones tabaqueras son privadas, pero tienen la obligación de
vender el 90% de su producción a un precio de risa al Estado, que tiene el
monopolio de la fabricación y comercialización de todos los habanos. Por eso la
frase es “la tierra pa quien la trabaja” y no “la producción de la tierra pa
quien la trabaja”.
Probamos la
carambola o fruta estrella, que se une al mango, la guayaba, la papaya y el
maney en el menú de frutas tropicales (qué extrañas parecen desde aquí la
manzana, la naranja, la pera o el melocotón). 4h de excursión por 80 cuc, más 20 de mojitos y habanos.
Luego el culo pagó su peaje.
Baño en la piscina, comida (riquísimas las brochetas de pollo y cerdo con piña) y siesta. Luego en coche a la Cueva del Indio, con paseo subterráneo en barca, como en Val d'Uixó. Camino del Mural de la Prehistoria nos cae la mundial, mientras en la radio hablan de Dorian (el huracán, no el grupo de música, ni el personaje de Wilde). Tomamos unas cervezas y divagamos sobre las virtudes y defectos que nos encontraremos al día siguiente en Varadero, hasta que escampa.
Tras ver el gigantesco Mural, pintado a franjas, nos acercamos al Balcón del Valle, desde donde las vistas sobre Viñales son impresionantes. Luego descanso y finalmente al pueblo a cenar, concretamente en El Olivo, donde el conejo con chocolate está muy rico, y luego a tomar unas copas en medio de la calle, disfrutando del gran ambiente nocturno y fiestero del pueblo en sábado sabadete.
DÍA
25 - MATANZAS/ARCENTALES/VARADERO
Madrugamos. Reposto 24 cuc en la gasolinera del pueblo. La gasolina especial de 94 octanos, el tope de gama, cuesta 1,20 cuc/litro en todo el país. Saco dinero del cajero y emprendemos un viaje tranquilo hasta Varadero, casi sin parar, viendo en la costa norte varias instalaciones de CUPET (el monopolio estatal del petróleo y sus derivados), y haciendo una breve pero intensa incursión en la ¿atenéica? Matanzas (para nosotros siempre será Arcentales), sobre la que cayó una bomba y hasta hoy. 4 horas largas de viaje. Momento tenso en el hotel Starfish con el check-in, el paisanaje, el chaparrón, el buffet y los desperfectos de las habitaciones. La capacidad de las precarias instalaciones cubanas para estropearte un día es extraordinaria.
Tarde nublada en la playa paradisíaca, con el agua a 30 grados. Agua cristalina. Paseo kilométrico, casi en solitario. Resulta increíble que haya tan poca gente.
Termina la jornada
con una experiencia extrasensorial con la cena, las copas y la discoteca del
hotel.
DÍA 26 - VARADERO/CIENFUEGOS/TRINIDAD
Nos levantamos a las 6:45 para ver amanecer en la playa. Chapuzón épico antes del desayuno. Somos los únicos en el agua en kilómetros de playa. Bueno, los únicos no, hay también un tiburón que resulta ser una pareja de delfines. Batimos el record mundial de los 15 metros. El miedo es libre, como Cuba.
Tercera
misión suicida en el bufet para desayunar y de nuevo a la playa. Paseíllo en
catamarán, un poco de piragua, otro chapuzón, muchas fotos y en seguida en
camino hacia Cienfuegos.
La ruta tuvo sus momentos, como era de esperar. Reposto 30 cuc en Colón. Campos de caña, vías de tren hacia ninguna parte, pueblos que parecen del oeste, con esas casas diminutas, de una sola planta, con las puertas delantera y trasera abiertas de par en par para hacer corriente y soportar mejor el calor. Guías turísticos improvisados en la bifurcación traicionera de España Republicana (sí, así se llama el pueblo), cruces imposibles con coches, camiones, tractores, bicis, carros, caballos y mucha, mucha gente. Baches como cráteres lunares tras despistarnos en Amarillas y pillar una carretera hacia quién sabe dónde.
Llegamos a Cienfuegos a las 14:30 cansados y hambrientos. Muy buena comida aunque demasiado cara en Villa Lagarto, al final del malecón, con unas vistas preciosas a la bahía. Menú abundante con buenos aperitivos, ricos primeros platos, cerdo guisado y chuleta al carbón como principales, y macedonia y licor de plátano de postre. Para el camarero somos de la tierra de Melendi.
Luego paseo y café por el centro de Cienfuegos. Foto épica con la estatua de Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo, cien años y tres días después de su nacimiento. Ciudad muy agradable, con todas las casas señoriales y arregladas, aunque el calor funde. La plaza principal es preciosa. Suena buena música en los bares. Un hombre mayor canta de maravilla "Sabor a ti" en el café del teatro Tomás Terry. Saco cuc del cajero rodeado de ancianos cubanos que sentados en el bordillo de la fachada del banco se limitan a mirarme.
A eso de las 17h salimos para Trinidad, a donde llegamos 2h más tarde tras una ruta mar y montaña más larga de lo previsto por un nuevo despiste con la combinación de mapa en papel, Maps digital y geolocalización. Tener tres copilotos es complicado.
Entrar en
Trinidad es retroceder 150 años. Es un pueblo del siglo XIX, en lo alto de una loma,
con las calles empedradas. Desde las orientadas al sur se puede ver el mar
Caribe. Descargamos todo en la sencilla Casa Barmarín, dejo el coche en el
“parking vigilado” (y de pago, no se les escapa una) de la calle Encarnación y
salimos a dar un paseo, ya de noche.
La plaza principal, preciosa con la iglesia y las casonas, recuerda a La Orotava tinerfeña. Compramos a una mujer un par de tarjetas de internet, la nueva droga de la juventud, para quitar el mono de dos días "incomunicados".
Damos un paseo entre casas señoriales y no tan señoriales, a la luz de los rayos de una tormenta que descarga al norte, en la zona montañosa. Entramos en La Canchánchara a tomar unos mojitos y escuchar y bailar música. Caen el Chan Chan y el Bodeguero (“toma chocolate, paga lo que debes”). Un cubano negro vestido impecable de blanco riguroso baila que te mueres. Todos acabamos bailando y cantando. Imposible no seguir el ritmo.
Vamos luego a cenar al restaurante Los Conspiradores, en el que habíamos logrado reservar (el camarero nos preguntó si éramos famosos, dada la proeza). Ambientazo espectacular en la escalinata hacia la Casa de la Música, al lado del restaurante. Decenas de drogadictos de la wifi pillando banda en los escalones de abajo. Cena espectacular en la terraza a base de arroces y pastas con marisco o pollo. Música en directo al lado, genial. Charla fantástica con Leonid, el camarero-submarinista amigo de Gomaespuma.
Cierre final con piña colada en la Casa de la Música apurando los últimos bits de wifi en la plaza-teatro abarrotada. Música excelente. Bailarines increíbles.
Noche mágica trinitaria. Sin duda uno de los mejores momentos del viaje.
DÍA 27 - TRINIDAD - CAYO GUILLERMO
Madrugamos,
desayunamos y salimos a pasear y hacer fotos por el pueblo. Documento gráfico
completo, con paisaje y paisanaje. Una carnicería que parece una cuadra, un
frutero en bicicleta, unos viejos tocando en la calle un montón de
instrumentos, mucha gente asomada en sus casas, mirándonos y saludando con
amabilidad, una iglesia orisha, calles elegantes junto a calles paupérrimas. Trinidad
es sin duda un sitio muy especial.
Un rato más tarde, carretera (sin manta pero con un tráfico multivehicular infernal) hacia Sancti Spiritus (reposto 30 cuc), Ciego de Ávila y Morón. De ahí directos a Cayo Coco, por una carretera alucinante que atraviesa el mar, tan en calma que no se distingue del cielo en el horizonte. La experiencia es espectacular. En Cayo Coco giro a la izquierda y tras varios kilómetros entramos en Cayo Guillermo a través del puente desde el que Hemingway nos recibe, cuatro horas después de salir de Trinidad.
Nos enganchamos las pulseras “all inclusive” en el Meliá Cayo Guillermo, sufrimos dificultades técnicas con las tarjetas de las habitaciones (esto es Cuba, hermano), comemos en el ranchón y nos vamos a la impresionante playa. Arena blanca, agua transparente y muy caliente, pantalán con terrazas/pallozas con mucho encanto, ideales para el "dolce far niente". Un buen rato de relax tras la intensa jornada matinal.
De noche cena en el bufet con evidente falta de suministros (hielo, vino fresco, aire acondicionado). La copa de después también resulta accidentada por la falta de hielo. La cerveza nos salva. Un camarero se desahoga con nosotros, criticando la mediocridad del régimen y la falta de recursos.
Los cubanos
no son tontos, ni creen que sus carencias son el estándar. Son plenamente
conscientes de lo mal que está su país y de lo mucho que les falta, pero se
resignan seguramente por miedo a represalias. A todo el mundo le gusta que las
puertas funcionen bien, los grifos den agua fresca, el aire acondicionado esté
siempre disponible, las neveras tengan siempre hielo debidamente filtrado y las
paredes no se desmoronen, pero como nos dijo alguien, “si no hay pa comer, no
hay pa bloques (ladrillos)”. No es una cuestión de ideología, es una cuestión
de dinero.
Unas partidas de billar, un poco de wifi con las tarjetas de 1 hora por 1 "seusé", un rato muy agradable de relax nocturno en las tumbonas del pantalán y a la cama.
DÍA 28 - CAYO GUILLERMO
Vigesimoprimer aniversario de nuestra pequeña gran revolución.
Tras la mayor tormenta vista y oída en mi vida, amanece nublado y aún con algo de lluvia. Esperamos con paciencia a la mejora del tiempo y a las 11h salimos con Ernesto y su barca (el viejo y el mar, todo recuerda a Hemingway), que habíamos apalabrado el día anterior.
Hacemos una primera etapa en Playa Pilar, la playa más bonita de Cuba según casi todos. Es realmente preciosa, con una arena ultrafina, blanquísima. El agua es perfecta, cristalina, no cubre hasta muy adentro. Hay pocos turistas, gran parte de ellos cubanos. Una señora local entrada en años se baña mientras sujeta una botella de ron; no debe haber mejor salvavidas...
Montamos de nuevo en la barca de Ernesto y navegamos unos minutos hasta los restos de un barco hundido, donde echamos un rato haciendo snorkel con las gafas, los tubos y las aletas que lleva Ernesto en la barca. Hay un montón de peces de varios tipos. Hacemos pie sobre la caldera y sobre la proa del barco hundido. Emocionante y extenuante. No parece que seamos una familia muy dotada para los deportes acuáticos.
Tercera etapa a pocos metros en la diminuta isla Cayo Media Luna, antiguo refugio del dictador Batista. Cervezas en el restaurante y chapuzón en una playita preciosa, llena de cangrejos, bígaros gigantes y unos bichos muy raros parecidos a trilobites pegados a las rocas. Los hacíamos extinguidos, pero parece que en Cuba aún no.
Regresamos
al hotel y pasamos un buen rato en la piscina, tomando copas en la barra
acuática que conecta directamente el bar con la piscina, comiendo bocatas
cubanos y hamburguesas, y escuchando reggaetón a tope.
Volvemos un
rato al pantalán, en donde vienen a visitarnos un par de tranquilas barracudas,
que acaban siendo la atracción de todos.
Tras un rato
de merecida siesta, cenamos dignamente en el bufet (la sala está fresca, el
vino está frío, el agua viene con hielo, hay comida abundante y pocas colas en
el grill) y luego nos tomamos unas buenas copas en la terraza de la cafetería,
viendo un espectáculo de música y baile.
Un día
redondo.
DÍA 29 - CAYO GULLERMO / LA HABANA
Aprovechamos bien la mañana para la última sesión de hamaca, baño y fotos en el pantalán y la playa. Check out, hamburguesas en la piscina, y en ruta, saliendo más tarde de lo previsto, con lo que el riesgo de tener que conducir de noche en esta larga etapa se convierte en certeza. No para de llover durante 400 km, lo que pone más emoción a la fatigosa tarea de adivinar cada bache. Reposto 15 cuc, por asegurar.
Paramos en Decamino289, un área de servicio de la autovía (mentira: en un chabolu de la autocaleya, pensado para camioneros locales) y por primera vez entendemos la realidad económica cubana: tomamos plátano frito, yuca con mojo, moros y cristianos, aguas, refrescos y galletas por 202 pesos cup, que se convierten en 8,41 cuc, menos de 8 euros.
Cuando damos 1 cuc de propina, es como si en España diéramos 20 euros, más o menos. Cuando en un restaurante para extranjeros pagamos 100 cuc por comer o cenar 4 personas, es como si en España pagásemos 2.000.
Hay dos Cubas, la real y empobrecida del cup, y la europeizada que vemos los extranjeros que solo vamos a sitios recomendados por las guías, con todo a precios de mercado europeo. Somos posiblemente su mayor fuente de ingresos, y no desaprovechan la oportunidad. Esta doble economía podría llamarse “el comunismo capitalista”. Acento cubano…
Ya es de noche cuando terminamos nuestro particular Rally Dakar por la Autocaleya A-1 de seis, cuatro o tres carriles, según se tercie, y casi sin señales, entrando triunfales en La Habana por el túnel que cruza la bahía y da a la embajada de España, uno de los edificios más bonitos de la ciudad.
Aparco justo en el mismo sitio en el que cogí el coche unos días antes. El circuito cubano de más de 1.600 km se cierra a la perfección. Hacemos check in en el Hotel Sevilla, precioso inmueble centenario de rancio abolengo, en el que se han vivido muchas historias de la Mafia y de los muchos famosos que se alojaron aquí; enorme encanto entre la inevitable caspa. En seguida bajamos para que el cachondo conserje nos haga la foto oficial del viaje en las escaleras de entrada y tomar un taxi al Vedado.
Tras un par de vueltas por el Vedado alrededor del hotel Habana Libre y la famosa heladería Copelia, cena
excelente en el Café Laurent, en el último piso con terraza de un edificio
inquietante, frente al más inquietante Focsa. Tomamos guacamole, gazpacho,
carpaccio de pulpo, pescado en salsa verde, pescado en costra de pesto, risotto
con lascas de ternera (espectacular), bebidas y helados. Luego caen un par de
mojitos en la terraza del precioso Hotel Nacional, mirando al malecón. Taxi de
vuelta, paseo por el ídem del Prado y a dormir.
DÍA 30 - LA HABANA
Devuelvo a primera hora las llaves del auto sin incidencias ("¿no ha pinchado?") y nos vamos de paseo. Nos asomamos primero al infinito Malecón y luego entramos en la Habana Vieja por la calle Cuarteles, haciendo fotos por doquier.
Este segundo paseo resulta mucho más agradable que el del día 22, porque ahora vamos sin mirar el plano, dejándonos llevar, fijándonos bien en los detalles. Se mezclan casas decrépitas con mansiones y palacios preciosos. Vemos las tiendas, los mercados, los patios. Algunas personas nos ofrecen habanos, o nos piden algo, sin gran insistencia. Todos son muy amables y educados. No sentimos inseguridad en ningún momento. Como siempre, suena música caribeña en cada esquina.
Las
librerías venden literatura general y libros propagandistas del régimen. En
algunas fotos, Fidel es clavado a Paquirrín, aka Kiko Rivera. Hay algo mágico
en esta combinación de gente, calor, música, rincones de postal y mugre. Si hay
que elegir un sitio, el más bonito probablemente sea la Plaza Vieja.
Le recompro el Granma a un paisanín en la calle Obispo. Cuesta 20 centavos de cup, pero me lo vende a 1 cuc, 125 veces más caro (de nuevo el comunismo capitalista). Son 8 páginas, con la portada y 5 secciones (Cartas, Mundo, Cuba, Cultura y Deportes), editado en un fino papel de periódico, impreso en blanco y negro con la carátula y los titulares en rojo pálido. Para la posteridad.
Hacemos una estupenda parada para descansar y tomar unos deliciosos daiquiris en el Floridita, en la esquina de atrás del antiguo Centro Asturiano, a la entrada de la calle Obispo. Disfrutamos de la buenísima música en directo. El ambiente es espectacular. Hemingway nos mira desde la esquina de la barra. Creo que él y yo nos parecemos.
Chapuzón en la piscina y luego comida (las mejores costillas a la barbacoa que comí nunca) en la Federación de Asociaciones Asturianas en Cuba, en el Paseo del Prado, muy cerca del hotel. Hay 36.000 asturianos cubanos, originales o de segunda o tercera generación. Como dice la bandera de la puerta, Asturias ye mundial.
Luego nos inyectamos una buena dosis de proselitismo comunista (previo pago de 32 cuc, aunque pensé que por coherencia sería gratuito) en el Museo de la Revolución. Fidel Castro, Ernesto Ché Guevara y Santiago Cienfuegos son aquí la Santísima Trinidad. Saciados de conocimiento volvemos a la piscina, en la que nos cae el chaparrón de la tarde, que aprovechamos para tirar un rato de wifi en las hamacas que colocamos bajo techo, mientras la lluvia nos roza los pies.
Recogemos todo, hacemos check out y tomamos el taxi que ya teníamos apalabrado desde por la mañana con nuestro conserje cachondo. En la tranquila ruta hasta el aeropuerto charlamos con el taxista, con más dientes de oro que naturales y con un altavoz en el maletero que casi no deja espacio para las maletas. A sus pies, bolsas con comida y una botella de ron. De nuevo oímos críticas al régimen, aunque con evidentes mensajes contradictorios (como todo en la isla). Nos cuenta que todos los taxis son del Estado, que ellos son simples conductores y que deben abonar al Estado 1.500 dólares al mes. Parece un impuesto de tipo fijo, independiente de los ingresos.
Llegamos al aeropuerto y tenemos la enorme suerte de hacer el check in sin esperas, justo un minuto antes de que se forme una enorme cola de hordas turistas que acaban de llegar en los autobuses Transtur, la empresa del Estado que mueve a los turistas en cómodos y modernos autobuses chinos, que contrastan con los horripilantes buses para cubanos, algunos de ellos reconvertidos desde camiones de carga. Pasamos el control policial sin incidencias, descalzos (alguno con los calcetines desparejados) pero sin sacar los botes de cremas, ni las kindle, ni la tablet, ni nada. Últimas compras de ron y picoteo en el duty free, última cerveza Cristal y al avión.
Ocho horas y
media volando plácidamente y a las 12:15 del sábado 31 aterrizamos en Barajas,
tras 10 días fantásticos de expedición cubana.
Agosto, 2019
