0. DISCLAIMER
Estimado lector: este es el relato de un viaje realizado por una pareja en sus "early fifties" junto con sus dos hijos varones de 19 y 21 años. No es un viaje de mochileros ni de grandes aventuras, hemos estado acompañados en todo momento por guías o chóferes, y no hemos realizado actividades de aventura extrema. Lo cuento ahora para poner cuanto antes en contexto el tipo de viaje que describo, y evitar falsas expectativas. Espero en todo caso que estas notas te gusten y sirvan para animarte a visitar un país que nos ha encantado.
1. RESERVAS Y PREPARATIVOS
Tuvimos todo listo con meses de antelación para este viaje familiar, el más meridional y atípico de todos los realizados hasta ahora. Los vuelos de ida y vuelta (con Qatar Airways), tres de los hoteles en los que nos alojamos (con Booking) y el seguro de viaje (de los buenos, con Mondo) los contratamos por nuestra cuenta. Para todo lo demás nos apoyamos en Come2Indonesia, una agencia de viajes local regentada por españoles que nos organizó un viaje impecable, mostrándose muy flexibles con todos los cambios que les fuimos proponiendo durante la preparación del viaje, e incluso a lo largo del mismo.
Los trámites del visado (Visa on Arrival) los hicimos on-line unos días antes del viaje, sin ningún inconveniente y con un proceso bastante cómodo en la web oficial del Ministerio indonesio correspondiente. Llevarlo listo desde casa te puede ahorrar tiempo en el aeropuerto a tu llegada al país.
Otro trámite importante fue el de decidir qué hacer respecto al riesgo de contraer malaria por picaduras de mosquitos. No viajábamos a zonas de riesgo, y mucha gente nos comentó que ellos no hicieron nada al respecto, pero tras un intenso debate nosotros decidimos comprar varias cajas de Malarone, que empezamos a tomar dos días antes de salir, y por supuesto, toneladas de Relec extra fuerte. Si nos pasara algo, al menos no reprocharnos para siempre no haber tomado medidas.
No menos crítico fue el capítulo de vestimenta, buscando el mejor outfit aventura-playa, viviendo varios episodios (alguno un tanto hilarante) en nuestro amado Decathlon; al final el gorro-mosquitera lo descartamos...
2. EL VIAJE DE IDA
Irse a Asia supone dedicar un montón de horas a recorrer aeropuertos y tratar de descansar en aviones. Nadie se libra de eso, aunque con dinero puedes hacerlo más llevadero si compras billetes en business. No fue nuestro caso.
Como ya comenté, volamos con Qatar Airways, vía Doha. No era la alternativa más barata, tampoco la más cara, pero las fechas y horarios nos encajaban y la aerolínea es de confianza. Dos vuelos tranquilos, puntuales, con un montón de pases de azafatas para ofrecer comida, bebida o snacks, y sin ningún tipo de incidentes.
Mínima escala en Doha, sin tiempo para disfrutar de sus tiendas de lujo, pero suficiente para que mis hijos confundan los baños con una "prayer room", salvándoles del ridículo un viajero que les señaló la puerta correcta, seguro de que no tenían pinta de entrar a rezar.
En el segundo avión pillamos asientos algo más caros en una fila frente a una puerta, y eso unido a que quedó un asiento libre nos hizo volar con un poco más de comodidad, aunque se nos acumularon delante las azafatas que trajinaban en el cubículo-cocina y los pasajeros que hacían cola para ir al baño.
En total, 18 horas desde que salimos de casa un martes por la mañana y aterrizamos en Jakarta el miércoles siguiente a primera hora. Durmiendo lo justo y aprovechando el tiempo de vuelo para leer, escuchar música y ver películas. Lo habitual.
3. JAKARTA
Aterrizamos muy pronto en esta megaciudad caótica, superpoblada, con más coches que personas, y con unos altísimos niveles de contaminación que hacen que siempre parezca que está nublado.
El trámite de presentación del visado fue bastante rápido porque lo llevábamos listo desde casa. Una breve cola, rodeados de familias musulmanas con sus mujeres vestidas de negro con niqab (parecido al burka pero menos integral, y que en cualquier caso solo deja los ojos al descubierto) y con bolsos sin duda carísimos colgando de sus brazos.
Los empleados de aduanas, muy serios y circunspectos, con unas camisas que dan un poco la risa por la cantidad de etiquetas, pegatinas y logotipos que tienen adheridos a la tela negra. Ellos fueron los primeros indonesios a los que honramos con nuestros agradecimientos en lengua local ("terima kasi"), la única frase que diríamos en su idioma oficial durante todo el viaje.
Tras el visado tuvimos que hacer otro trámite que consiste en ponerse en un ordenador, cumplimentar tus datos indicando que no entras con nada prohibido o que debas declarar, hacerle una foto con el móvil a un QR que aparece al final del proceso y mostrar luego la foto al policía que finalmente te franquea el paso hacia la terminal de llegadas.
Sacamos dinero en efectivo de un cajero al tercer intento (qué coñazo las rupias, billetes llenos de ceros que al cambio no valen casi nada; regla mnemotécnica: quitas 5 ceros y multiplicas por 6, y ese es el cambio rupia-euro), y salimos del aeropuerto. En la calle ya se notaba cierto calor y sobre todo mucha humedad. Saludamos al representante del hotel, vestido con una chillona chaqueta amarilla, presuntamente típica, que nos pidió que esperásemos un rato hasta que llegasen otros turistas para llevarnos a todos juntos con el shuttle hasta el hotel.
Aprovechamos para comprar una tarjeta SIM local, de la marca Telkomsel, que nos funcionó perfectamente. También lo hizo razonablemente la SIM virtual de HolaFly que ya contratamos desde casa, con datos infinitos pero no compartibles y que además no funcionaron siempre. Dos teléfonos con dos SIMs diferentes, para asegurarnos poder vivir conectados.
Mientras esperábamos contemplando el paisanaje variopinto junto a la parada de taxis, todos azul celeste y de la marca china BYD, los chavales gastaron sus primeras rupias en una cafetería; uno se tomó una napolitana, y el otro un café con leche y con hielo, por lo que tuvo que aguantar mi chapa sobre los riesgos de tomar hielo servido en un chiringuito.
Llegaron los turistas que faltaban y el microbús nos llevó en poco tiempo (aunque entre bastante tráfico, sobre todo de motos) hasta el hotel FM7, muy cercano al aeropuerto, con instalaciones muy correctas pero ubicado en una zona de chabolas bastante inquietante por la que no parecía muy apetecible salir a dar un paseo. Nos dieron un early check in para dejar las maletas, ducharnos y descansar un rato, antes de empezar la ruta del día.
Con puntualidad anglosajona nos estaban esperando a la entrada del hotel nuestro guía Ali (un calco del profesor de Karate Kid) y el chófer Mr. Nosequé, para hacer un tour por la ciudad de Jakarta, en una minivan para 9 pasajeros en la que fuimos muy cómodos a lo largo de todo el recorrido.
Tras un rato bien largo circulando a muy baja velocidad por una autopista atestada de vehículos llegamos a nuestra primera parada: el puerto de Sunda Kelapa, donde en 1527 nació lo que es ahora la ciudad de Jakarta. "According to History", como repetía incansablemente el guía (de 71 años, aunque no los aparentaba), el sitio tendrá mucha historia, pero ahora no es más que un puerto paupérrimo con unos barcos viejísimos que sorprendentemente siguen operativos, transportando todo tipo de mercancías.
No sé si será solo un efecto óptico, pero el guía nos recalcó que el nivel del agua está por encima del nivel de la calle. Jakarta se hunde...
La siguiente parada fue en el barrio antiguo de Jakarta, Kota Tua, en donde los holandeses tuvieron el epicentro de su Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (sí, este país era una empresa antes de independizarse en 1945). Vimos el famoso puente colgante y la bonita plaza de Fatahillah Square, llena de bicicletas de colores y con su famoso café Batavia. Todo muy occidental.
Tras un breve recorrido por el barrio chino sin bajarnos del coche, la siguiente parada fue en la gigantesca plaza Merdeka, en cuyo centro se encuentra el Monas, el Monumento Nacional, una enorme torre de casi 140 metros coronada por una llama cubierta con 50 kg de pan de oro. Nos dio pereza acercarnos a la torre, por la distancia, el calor y el hambre, y nos limitamos a hacer unas fotos, también del Palacio Presidencial, que está en un lateral de la plaza.


Después nos llevaron a comer a un restaurante Simpang Raya de comida típica indonesia, en el que todos los comensales parecían locales, pero seguramente es una parada típica de los tours, porque el guía y el chófer comieron gratis. Nos sirvieron una especie de buffet libre, pero en vez de presentar los platos en una barra para que tú te sirvas, nos los pusieron todos sobre la mesa, cobrando luego solo por aquellos que llegamos a probar. Entre los cubiertos no había cuchillos (nos pasó muchas veces a lo largo del viaje), y solo ofrecieron bebidas sin alcohol. Nada nos pareció espectacular, y pagamos el equivalente a 34 euros, barato para España pero no tanto para Indonesia.
La última parada del tour por Jakarta fue su Museo Nacional, de nuevo en un lateral de la plaza Merdeka; una visita cultural muy interesante, que aprovechamos además para charlar un rato con un compañero de trabajo local y su mujer, con los que quedamos allí.
Tras esta visita al museo volvimos al hotel y dedicamos el resto de la tarde a disfrutar de nuestros primeros masajes indonesios a precios irrisorios, sauna, gimnasio y piscinas en el hotel, en el que también cenamos (con cerveza), yendo pronto a la cama para enfrentarnos mejor al madrugón del día siguiente.
04. KALIMANTAN / BORNEO
Despertador a las 2:45h, shuttle desde el hotel a las 3:30h, llegada al aeropuerto a las 4:00h, check-in sin incidencias a las 4:45h. Madrugón impresionante para tomar el vuelo de las 6:45h a Borneo, Kalimantan en idioma local.
La terminal de vuelos domésticos parecía la cantina de Mos Eisley en Tatooine (Episodio IV de Star Wars, o Episodio I de La Guerra de las Galaxias para los que tenemos una edad y nuestra infancia quedó marcada por el éxtasis de ver la peli "en directo" en 1977). Muchos turistas occidentales, pero muchísimos más asiáticos. Es imposible saber si son indonesios, malayos, tailandeses o filipinos; todos ellos se distinguen bastante bien de los que son coreanos, japoneses o chinos, pero no es fácil asignar una nacionalidad a cada uno.
Desayunamos muy bien en una cafetería llena de tripulaciones y compramos unas camisetas en una tienda de Polo (a 12 euros cada una, buen precio). Tuvimos que esperar un buen rato hasta que se inició el embarque, en hora.
El vuelo de la compañía NamAir fue perfecto. Las azafatas nos repartieron un vaso de agua (con tapa y pajita) y un bollito, y luego hicieron el típico paseíllo vendiendo perfumes. Liturgia completa, nada que envidiar a Iberia.
Aterrizamos hora y pico más tarde en el aeropuerto de Pangkalan Bun, un aeródromo diminuto pero impecable al sur de la isla de Borneo. Allí nos encontramos a
Opi, el que sería nuestro guía durante los siguientes tres días en Borneo, en una fantástica ruta en
klotok por el río Sekonyer, que sobrevolamos antes de aterrizar, para ver orangutanes en el Parque Nacional de
Tanjung Puting.
Desde el aeropuerto de Pangkalan Bun, hasta la ciudad de Kumai, a orillas del río de su mismo nombre, hay 10 km de carretera en perfecto estado (vimos incluso varias mujeres barriéndola), flanqueada por casas humildes pero limpias, con la colada tendida en perchas (no tendrán plancha), y muchas tiendas pequeñitas de comestibles, telefonía, materiales de construcción o talleres de motos. Nos recordó un poco a
Cuba.
La ruta en dos taxis, con Opi en moto, fue rápida y cómoda, hasta un humilde embarcadero de madera en el que nos ubicaron temporalmente en un klotok donde nos sirvieron un estupendo desayuno, esperando a que nuestro klotok definitivo estuviese preparado para zarpar.
Tras descansar un rato y hacernos muchas fotos, navegamos unos minutos río arriba hasta otro embarcadero y allí saltamos al que sería nuestro klotok definitivo, que nos causó una impresión estupenda. Arriba una cubierta muy amplia para nosotros, con una zona de comedor en popa y una zona de salón-dormitorio en el centro y la proa, con un montón de colchones, cojines y pufs. Abajo dos baños muy bien equipados, la cocina y toda la zona de trabajo y descanso del piloto, el ayudante, la cocinera y el guía. Todo limpísimo.
Zarpamos de Kumai para navegar río abajo y entrar unos minutos más tarde en el río Sekonyer, afluente del Kumai, para empezar nuestra ruta río arriba en busca de orangutanes (como el capitán Willard buscando al coronel Kurtz en la impresionante Apocalypse Now, que vimos unos días antes del viaje para ir aclimatándonos).
La primera parte del río está totalmente bordeada por palmeras de agua salada, dada la cercanía al mar. Entre las palmeras, pescadores locales buscando marisco. Río arriba la vegetación va cambiando y las palmeras van dejando paso a los árboles de selva que nos acompañarán durante todo el recorrido hasta el destino final de
Camp Leakey.
Al borde del río se ven de vez en cuando casas muy humildes, construidas como palafitos sobre el río. Opi nos cuenta en su muy buen español aprendido a costa de hablar con los turistas que son las comunidades locales, que aunque están a poco más de dos horas de Kumai en lancha rápida, viven en la selva con escasa comunicación con los demás. Los niños nos sonríen y saludan alegres desde sus casas y sus barcos, diciendo "Hola!!". Curiosamente, el 80% de los turistas de estas excursiones somos españoles; por eso Opi habla tan bien español.
En la ruta se hacen tres paradas, en cada uno de los campamentos de la reserva en los que los guardas dan de comer a los orangutanes a una hora determinada, dejando montañas de plátanos sobre unas plataformas de madera. Estás en plena selva, pero de forma controlada. Los animales están en total libertad y nadie se libra de tener algún susto, pero se trata de trozos de selva "domesticados", en los que la presencia humana es totalmente habitual, con decenas de personas entrando cada día por unas zonas acondicionadas para ello.
Resulta impresionante ver a los orangutanes desde tan cerca, compartir con ellos esos momentos íntimos en los que se alimentan y juguetean entre los árboles, con las hembras cuidando de sus hijos mientras los machos muestran cierta indiferencia. Se nota mucho la enorme jerarquía que hay entre ellos, con toda la manada totalmente subordinada a lo que determine el macho alfa.
El momento más divertido de las visitas a los orangutanes fue la incursión de un gibón que, saltando agilísimo de rama en rama, bajó entre los orangutanes a la plataforma llena de plátanos; caminando por ella de puntillas, sentándose junto a la comida como quien no quiere la cosa, cogía un puñado de plátanos y trepaba corriendo a la copa de un árbol cercano para comérselos a toda prisa, repitiendo el proceso un par de veces, ante la pasividad de todos los orangutanes. Este
vídeo de la escena es simpatiquísimo. Parecería que lo tenían todo ensayado...
Nosotros, además de las tres paradas diurnas, hicimos otra nocturna en uno de los campamentos, para ver las "criaturas de la noche". Iluminándonos con linternas y con teléfonos móviles, hicimos un recorrido inquietante por unas sendas laberínticas, rodeados de sapos, arañas enormes, nidos de tarántulas e insectos extraños, con el espectacular sonido de la selva como banda sonora. Muy emocionante y entretenido.
El viaje en klotok, con su ritmo cadencioso y su runrún imparable, fue realmente muy agradable. Viajamos muy cómodos, tumbados en los colchones y pufs o sentados en la proa, viendo el paisaje de las orillas, localizando martines pescadores, riéndonos con los cientos de monos narigudos o macacos que poblaban los árboles a nuestro alrededor. Los desayunos, comidas y cenas (con velas para ahuyentar a los mosquitos, mucho más escasos de lo que esperábamos) eran espectaculares, con un montón de comida local deliciosamente preparada por nuestra cocinera.

Vimos unos monos narigudos cruzar el río a nado, justo delante del klotok. Opi nos explicó que lo hacían así porque el ruido del klotok asusta a los cocodrilos y se sumergen hasta el fondo, momento en el que los monos pueden cruzar con más tranquilidad. ¿Cómo habrán llegado a aprender esto los monos?
Unos de los momentos más espectaculares de la excursión fueron los de prepararse para dormir. La primera noche, aún río arriba, amarraron el klotok a unos cañaverales; la segunda noche, río abajo, ya cerca de la desembocadura, lo hicieron a unas palmeras repletas de luciérnagas, que brillaban entre las hojas como un increíble árbol de navidad.
Opi y sus compañeros reconvertían rápidamente el "salón" en un "dormitorio", con los colchones conformando dos camas, rodeadas completamente por potentes mosquiteras colgadas del techo, bajando parcialmente los toldos laterales (que también sirvieron para guarecernos de los dos o tres chaparrones cortos pero intensísimos que nos cayeron).
Dormir al aire libre, dentro de la mosquitera, escuchando los sonidos de la selva, a la luz de la luna, y despertarse con el amanecer, oyendo el canto de miles de pájaros, es algo único.
Sin duda, este viaje en klotok fue una de las experiencias más agradables y diferentes que hemos vivido. El viaje a Indonesia no hubiera sido lo mismo sin esta etapa.

05. BALI
Tras un maravilloso despertar y un gran desayuno, navegamos de vuelta a Kumai, nos despedimos de Opi y sus compañeros, y cogimos el taxi que nos estaba esperando para llevarnos al aeropuerto de Pangkalan Bun.
Hicimos el check-in con mucho tiempo de antelación, y además el vuelo salió con retraso (me enteré antes por la web de FlightRadar que por las pantallas del aeropuerto), así que la espera se nos hizo un poco larga hasta que llegó nuestro avión y pudimos salir a la pista y caminar hacia el aparato, cruzándonos con los pasajeros que acababan de descender de él.
Como no hay vuelos directos a Bali, volamos en primer lugar a Surabaya, en la isla de Java, en un avión ATR de hélices de la compañía Air Wings. Íbamos sentados junto a la hélice y pudimos grabar vídeos muy simpáticos con los efectos ópticos que el modo de grabación de vídeo del teléfono genera con el giro de las aspas (lo explican muy bien
aquí).
Una vez aterrizados, aprovechamos la hora que teníamos para comer en una especie de Burger King indonesio (y un refresco de cola con sabor entre medicina y naftalina). Embarcamos en seguida en el siguiente avión, esta vez de Lion Air, que nos llevaría hasta Bali. Coincidimos con todo el equipo del Arema FC, colista de la primera división indonesia, y en el autobús de embarque charlamos con dos de sus jugadores extranjeros, uno brasileño y otro argentino; no pudimos evitar recordar a Áxel Torres, su Faro de Dalatangi y nuestro viaje a
Islandia.
Nada más despegar superamos la altura de las nubes, de las que sobresalían las cimas de los volcanes Bromo e Ijen, cuya visita decidimos eliminar de nuestra ruta, para hacerla más corta, cómoda y económica.
Aterrizamos de noche en el aeropuerto de Denpasar (importante recordar que todos los días amanece a las 6:30h y anochece a las 18:30h). A la salida estaba esperándonos el chófer que nos llevaría a nuestro hotel en Ubud, necesitando 90 minutos para recorrer 40 km de calles y carreteras atestadas de coches, motos, tiendas, cafés, restaurantes y mucha, mucha gente.
Nos alojamos en el
Komaneka Bisma, un hotel espectacular, ubicado en lo alto de una frondosa ladera de arrozales, palmeras y exhuberante vegetación sobre el río, en el centro de Ubud. Dedicamos el resto de la tarde a pasear por el hotel y cenar de maravilla una selección de platos indonesios en Seneng, el restaurante del hotel, yendo pronto a la cama porque al día siguiente tocaba madrugar.
Tras dormir estupendamente en nuestra fantástica habitación (gran contraste con los colchones y la mosquitera del klotok), desayunamos opíparamente (qué rica toda la fruta tropical, sobre todo el dragón o pitaya roja, y que estupendos los huevos benedict con aguacate), hicimos una breve sesión de piscina y nos preparamos para la excursión del día.
En seguida llegó Eka, una chica muy simpática de 28 años, que hablaba un español fenomenal, junto con un chico muy joven que hacía de chófer y que casi no dijo ni una palabra durante todo el viaje, un tour por la isla desde primera hora de la mañana hasta más o menos las 16h para visitar tres templos y los famosos arrozales de Jatilluwih, Patrimonio de la Humanidad.
Recorrimos la isla por distintas zonas, cruzando un montón de pueblos llenos de actividad (más al sur que al norte), aún decorados con los adornos de hoja de palma de una reciente celebración nacional, y con todas sus casas, tiendas y templos con las típicas ofrendas de semillas, flores y chuches sobre unas hojas de palma colocadas en el suelo frente a la entrada.
Eka nos explicó las ideas básicas de la religión hindú; me quedé con estas que no tengo muy claro si serán correctas: tienen miles de dioses, y rezan en cuatro templos: el de su propia casa, el de su pueblo, el de los trabajadores y el público; los templos siempre tienen una zona central principal a la que solo se puede acceder para rezar, y vestido con la ropa de rezar; cuando mueres te reencarnas en tu misma casta; vas al Nirvana si has tenido una vida de bondad y pureza; solo cambias de casta en el matrimonio, subiendo o bajando según la casta del marido.
Los tres templos que vimos fueron Pura Taman Ayun, cerca de Ubud, en una zona muy poblada, Pura Tanah Lot, al sur, en la playa, y Pura Ulun Danu Beratan, al norte, a orillas del lago Danau. En el primero dimos un paseo muy tranquilo y relajante. En el segundo bajamos a la playa a pelearnos con las olas para hacer fotos chulas sin mojarnos, recibir la bendición de la manchita en la frente y la flor en la oreja y ver la serpiente mágica. En el tercero tuvimos una anécdota muy curiosa, con un grupo de señoras de Surabaya enloquecidas con nuestros hijos, haciéndose fotos con ellos porque según nos explicó Eka les parecían exóticos. "Do you think I´m famous?", preguntaba uno de ellos, alucinado.
Bali tiene decenas de templos y sin duda son todos muy bonitos, pero nosotros nos quedamos muy satisfechos con visitar estos tres, muy diferentes entre sí, aunque con las obvias similitudes arquitectónicas y religiosas.
Los arrozales de Jatilluwih nos encantaron. Un paseo precioso entre las terrazas, viendo cómo desde un pequeño arroyo ubicado en la parte superior de la ladera se consigue regar todas las terrazas, a base de ir inundándolas por orden de altitud, de modo de que cada una inunda a la siguiente. Una obra de ingeniería hidráulica y agrónoma milenaria, que sigue funcionando y permite que en estas fértiles tierras se logren tres cosechas de arroz al año.
Una curiosidad que pudimos ver en la zona de los arrozales: tienen graneros que se parecen muchísimo a los hórreos asturianos. Somos todos mucho más parecidos de lo que pensamos...
De vuelta al hotel en Ubud nos relajamos un rato en la piscina y luego salimos a cenar al cercano y famoso
Café Lotus, construido frente al templo Pura Taman Kemuda Saraswati, y que ofrece una entretenida cena espectáculo, tomando platos típicos indonesios mientras un grupo de actores y músicos hacen una representación frente al templo.
Tras la cena paseamos un rato por las calles más animadas de Ubud y terminamos tomando unos cócteles en
The Blue Door, con una estupenda música en directo y pantallas retransmitiendo la que pudo ser la 33 de Alonso en Zandvoort.
La vuelta caminando hasta el hotel, usando un pequeño atajo, sin apenas cruzarnos con nadie y con todos los restaurantes ya cerrados, nos dio una perspectiva diferente al enorme bullicio de las calles durante el día, en una ciudad con un enjambre de calles estrechas repletas de motos y coches, y con aceras angostas y poco aptas para el paseo relejado.
Al día siguiente nos despertamos con el susto del terremoto de magnitud 7 que en mitad de la noche removió toda la zona desde su epicentro ubicado 150 km al norte de las islas Gili. Los medios no le dieron demasiada importancia por haber tenido lugar a más de 500 km de profundidad, y efectivamente no generó más consecuencia que el miedo que nos entró en el cuerpo.
Dedicamos toda la mañana al "dolce far niente" en el hotel, aprovechando sus maravillosas instalaciones y su excelente servicio de masajes. Los chavales además se acercaron a ver el
Monkey Forest, muy cercano al hotel. Comimos ligero en el bar de la piscina, y nos preparamos para la excursión de esa tarde.
En esta ocasión tuvimos un guía-conductor, todo en uno. Nos llevó a través del intensísimo tráfico hasta la punta sur de la península de Bukit, más allá del aeropuerto de Denpasar, que atraviesa su istmo de costa a costa.
Pasamos por una autopista muy moderna, construida sobre el mar y que te evita el enorme tráfico de la carretera que atraviesa el aeropuerto. Ahí vivimos una anécdota alucinante: motoristas parados en medio de la autopista recogiendo del suelo billetes que a alguno se le habrían caído.
Hablando con el guía sobre el ambiente de discotecas en las zonas más turísticas de Bali, nos hizo una confesión reveladora: "entrar en una discoteca es para personas especiales; cuesta 200.000 rupias, y con eso me compro 20 kilos de arroz que me dan para comer durante un mes".
Pasamos cerca de la gigantesca estatua
Garuda, pero no nos paramos a verla, ni tampoco las playas cercanas de la costa este de la península, porque íbamos con el tiempo justo para el espectáculo de
danza Kecac que íbamos a presenciar junto al templo
Pura Luhur Uluwatu, situado al borde de un precioso acantilado.
Tras llegar y aparcar con tiempo suficiente, dimos un paseo por el parque y el templo, mientras el guía hacía cola para comprar las entradas. Estaba bastante lleno de turistas, y los numerosos avisos que habíamos recibido acerca de tener cuidado con los macacos ladronzuelos se confirmaron: vimos birlar gafas y teléfonos móviles delante de nuestras narices a varios turistas resignados, que seguro que tendrán más cuidado si vuelven a visitar el templo algún día.
Un detalle incómodo es el de los numerosos carteles indicando que las mujeres con la regla tienen prohibido entrar en el templo. Ya nos lo había comentado nuestra guía Eka el día anterior, y en este templo pudimos ratificarlo.
El espectáculo de canto (impresionantes los sonidos vocales, sin ningún instrumento que acompañe), baile y teatro mimo que supone la danza Kecak nos gustó mucho. Además el escenario acompañaba, un anfiteatro ubicado al borde del acantilado, junto al templo, viendo la obra mientras el sol se iba poniendo tras el horizonte marino.
Finalizado el espectáculo el guía nos llevó a nuestro último destino del día: una cena en la playa de Jimbaran, en el istmo de la península. Era nuestro 25º aniversario de boda y habíamos pedido a la agencia que la cena fuera un pelín especial, y realmente lo fue: cuando llegamos al restaurante, con decenas de mesas distribuidas ordenadamente por la playa, comprobamos que a nosotros nos llevaban a una mesa enmarcada con un corazón, llena de adornos florales y ubicada en solitario por delante de todas las demás, a pocos metros del estruendoso rompiente de ola, con los cuatro comensales ubicados en línea, mirando al mar.
La ubicación, la decoración, la camarera parlanchina, los "mariachis" indonesios que tocaron frente a nuestra mesa varias canciones indonesias, italianas y españolas (a cambio de una propina que tras hacer los cálculos tuve que reforzar, porque me había quedado cortísimo; qué lío con tanto cero en los billetes), las olas rompiendo a plomo frente a nosotros... fue una cena surrealista, como una peli de Nanni Moretti, pero lo pasamos fenomenal y el menú degustación a base de pescados y mariscos estuvo muy bien.
Al día siguiente volvimos a madrugar para aprovechar a tope las instalaciones del hotel, y a media mañana hicimos el check-out, poniendo rumbo a nuestro siguiente destino: la isla
Gili Trawangan. Un chofer nos recogió en el hotel y nos llevó hasta el puerto de Padangbai, en donde tomaríamos una lancha rápida para ir hasta Gili T.
La ruta empezó con el tráfico caótico de siempre, pero en cuanto llegamos a la costa el paisaje cambió, dejando atrás los arrozales y apareciendo una zona boscosa muy agradable, la carretera mejoró mucho y el tráfico disminuyó notablemente. Toda esa ruta costera hasta el puerto resultó muy agradable.
En Padangbai reinaba un caos muy organizado. Nos dejaron en la oficina de nuestra
compañía, y ellos se encargaron de ubicarnos en el puerto, a la espera del turno de atraque y embarque nuestro barco, mientras disfrutábamos de las vistas del paisaje y sobre todo del paisanaje (no asiático, muy occidental más bien, casi todos mochileros jóvenes con gana de fiesta, como era de esperar por el destino al que nos dirigíamos).

El viaje en lancha rápida tuvo su gracia. Empezamos todos sentados en la zona de abajo, casi a ras de agua, con asientos confortables para unas 60 personas, aire acondicionado y reparto de agua y chocolatinas. En cuanto salimos del puerto el capitán permitió que quien quisiera subiese a la cubierta, y para allá salieron varios valientes. Lo que no sabían era que la lancha se pondría a toda máquina, saltando sobre las olas y generando unos penachos de espuma impresionantes que dejaron a todos mojadísimos. ¿Y quienes fueron los dos jóvenes que más rato se mantuvieron en cubierta? Adivina... en todo caso lo importante fue que no salieron volando por la borda, nuestra principal preocupación;-)) y lo más gracioso la cara de la tripulación cuando preguntamos "are our kids still up there?" y contestan "impossible, no children are allowed up!!" tuvimos que aclarar que no eran precisamente niños 😂...
06. GILI TRAWANGAN
"Gili" significa "isla pequeña". Al norte de Lombok hay tres Gilis:
Trawangan, Meno y Air. Nosotros decidimos ir a la primera, que es la más grande, bulliciosa y la que tiene más ambiente hippie. Es una isla redonda, con un perímetro que se recorre en minutos si vas en bicicleta, y en algo más de hora y media si lo haces caminando. Todos los hoteles, restaurantes y bares están en ese perímetro, mientras que en el interior viven los más de mil habitantes de la isla.
Llegamos desde Bali en algo menos de dos horas, y desembarcamos en el muelle de la isla, atestado de personas llegando y saliendo de ella. Pagamos el pequeño impuesto local y nos fuimos caminando hasta el hotel que teníamos reservado (el
Pearl of Trawangan, muy chulo, con un impresionante edificio de bambú para el restaurante y la recepción), esquivando bicicletas y carritos tirados por unos caballos diminutos, los únicos vehículos que hay en la ciudad (bueno, algunos locales usan unas minimotos eléctricas que restan glamour al asunto).
Los caballos llevan un cesto colgando del culo para que se depositen ahí sus excrementos, evitando así que caigan en la calle. Eso está bien para no pisarlos, pero tiene el inconveniente del mal olor cuando te cruzas con uno de estos carros.
Hicimos rápido el check-in, comimos unos bocadillos muy ricos y descansamos un buen rato, combinando playa y piscina, y un rato más tarde nos dirigimos caminando a la zona oeste de la isla, para ver el atardecer.
La ruta al sunset es una pequeña peregrinación en la que todo el mundo se dirige a la zona, buscando un sitio donde colocarse en la playa o en los bares de su orilla literamente en la arena. Fue un momento muy agradable, sentados en pufs sobre la playa, tomando cócteles y viendo cómo el sol se ponía en el horizonte por detrás de los 3.142 metros de altura del volcán Agung, en la isla de Bali.

Cuando el sol ya llevaba un rato escondido, todos los bares y restaurantes se activaron para la cena y el cachondeo nocturno. Miles de mesas en centenares de terrazas sobre la playa, rodeadas de hogueras, ocupadas casi al 100% por un paisanaje generalmente juvenil y mochilero. Varios locales con buena música en directo (para mí el mejor el Sama Sama Reggae Bar). Curioso el cine nocturno al aire libre (y curiosa la gente que hace miles de kilómetros para venir hasta aquí a ver una película...). Más curiosos todavía los chiringuitos de venta de champiñones alucinógenos ( al puro estilo Bob Marley "no woman no cry, no mushroom no fly").
Como pertenece a Lombok, la religión mayoritaria en Gili T es la musulmana (te recuerdo que en Bali es la hindú). Un gran punto de contraste es escuchar los cánticos desde la mezquitas como sonido de fondo del jolgorio alcohólico de la isla.
Al día siguiente nos levantamos pronto. Nos dimos un refrescante chapuzón matinal en la piscina, tomamos un desayuno espectacular y nos preparamos para la sesión de snorkel que habíamos reservado el día anterior.
Nos recogieron en el hotel y salimos a navegar en una barca típica con un piloto y un buceador, buscando los lugares emblemáticos entre las islas Trawangan y Meno. Vimos un montón de peces, un par de tortugas, las famosas estatuas sumergidas en círculo y las no tan famosas pero muy chulas Vespas bajo el agua. Una actividad obligatoria si vas a Gili T; como la hace mucha gente es conveniente madrugar, pero es difícil evitar las escenas de decenas de turistas con gafas, aletas y tubos, tropezando por hacernos selfies subacuáticos, a punto del ahogamiento...
Terminamos la sesión de snorkel y luego alquilamos unas bicicletas en nuestro hotel y nos dedicamos a recorrer el perímetro de la isla en modo playero, para ver el ambiente, buscar dónde tomar un rato el sol y darnos un chapuzón, y comer algo.
Es difícil encontrar un trozo de costa que no esté ocupado por el correspondiente hotel, bar o restaurante; los primeros disponen de hamacas y chiringuitos para uso exclusivo de sus huéspedes, mientras que los segundos ofrecen hamacas de pago.
Cuando la marea está alta resulta fácil entrar en el agua y nadar un rato, porque pisas arena, pero en bajamar el fondo es una manta de corales muertos, y conviene llevar cangrejeras o chanclas cerradas.
Nos paramos un rato en las playas del norte, con la arena más blanca y más fina, y comimos en las mesas de la playa del restaurante de un hotel ubicado allí, pasando un rato muy agradable. Tras buscar sin éxito en decenas de puestos de souvenirs una camiseta de Gili T con la la talla adecuada, volvimos hacia el sur para pasar otro rato de relax en la playa de nuestro hotel.
Por la tarde repetimos liturgia pero esta vez en bicicleta: paseo hacia el oeste para ver el atardecer desde la playa, cena de platos típicos indonesios y copeo nocturno, volviendo no muy tarde al hotel porque al día siguiente tocaba madrugar.
En resumen, una estancia muy entretenida en esta isla realmente especial donde, salvo algunas motos eléctricas que utilizan los locales, no circula ningún otro vehículo.
07. LOMBOK
A primera hora hicimos check out en el hotel, y allí mismo nos esperaban dos chicos locales que se encargaron de llevarnos en una lancha rápida al puerto de Bangsal, en la isla de Lombok. Un trayecto de poco más de 10 minutos, directamente desde la playa del hotel.
En la pequeña terminal del puerto nos esperaba Asmuni, nuestro guía para esta jornada por la isla de Lombok. Acompañado por un conductor, nos llevaron en una van muy cómoda de norte a sur de la isla, en una excursión que resultaría estupenda.
Recorrimos una carretera en muy buen estado, por una zona frondosa con hoteles muy chulos ubicados sobre playas con muy buena pinta. Asmuni nos contó que tras el duro terremoto de 2018, las autoridades han dedicado muchos recursos a reconstruir la isla y dedicarla al turismo, en dura competición con Bali (difícil por la diferencia de religiones, al ser Lombok mayoritariamente musulmana y tener mucho más restringidos aspectos como el alcohol y fiesta, que reina por sus anchas en la más relajada hinduista Bali).
Atravesamos Mataram, la capital de la isla, y entramos en una autovía impecable que une la capital con el aeropuerto internacional y el circuito de motociclismo Pertamina Mandalika. En una enorme rotonda de la autovía vimos el Bundaran Gerund, un curioso edificio que representa las 5 principales religiones.
Nos salimos de la autovía para atravesar una zona más rural, muy fértil y llena de cultivos, para visitar un
taller de cerámica en el pueblo de Banyumulek. Fue muy entretenido fabricar unas pequeñas piezas con la ayuda de las mujeres locales, y nos encantó descubrir el curioso botijo típico, del que nos hemos traído un ejemplar para ponerlo a competir con el modelo español.
Seguimos después hacia el sur, por una carretera sinuosa entre colinas y valles repletos de plantaciones de arroz y maíz, rodeadas de miles de palmeras, mientras conversábamos animadamente con Asmuni sobre el mundial de MotoGP, los grandes pilotos españoles y la próxima cita en el circuito local.
Nos cruzamos varias veces con personas paradas en medio de la carretera, justo sobre la línea de separación de ambos carriles, pidiendo limosna mientras los vehículos pasaban a bastante velocidad. Asmuni nos explicó que lo que hacen es pedir fondos para construir o mantener su mezquita local. Los peligros de la religión...
Al llegar al pueblo de Sekotong Barat aparcamos en un hueco entre casas, donde nos esperaba el piloto del barco pesquero típico de la zona, largo y estrecho, con dos largos estabilizadores a los lados para evitar vuelcos, en el que íbamos realizar la próxima excursión. En un tenderete teníamos los equipos de buceo que Asmuni había reservado previamente, preguntando diligentemente por nuestras tallas de pie. En seguida zarpamos en el barco para hacer una de las actividades que más nos gustaron de todo nuestro viaje.
Navegamos tranquilamente por la bahía, entre las enormes estructuras de madera con forma piramidal, ancladas en medio del mar, en las que los pescadores pasan las noches pescando, haciendo una pequeña ruta con etapa en tres de las denominadas "islas Gili del Sur".
Primero paramos en Gili Nanggu a hacer snorkel. Saltamos del barco en la playa de arena blanca, nos pusimos los trastos y empezamos a bucear. El espectáculo de peces de colores fue impresionante, más que dos días antes en Gili T. Llevábamos botellas de agua llena de migas de pan con un agujero en el tapón; al apretar la botella salían las migas y los peces venían como locos a comerlas. También pudimos ver unos preciosos corales azul marino. Una experiencia chulísima.
La siguiente parada la hicimos en la diminuta pero encantadora Gili Kedis. Un pequeño trozo de arena blanca rodeado de aguas cristalinas, con un puñado de árboles, cuatro rocas entre las que emerge un pequeño chiringuito de madera, dos columpios (tan típicos en todos los rincones de Indonesia) y varias tumbonas; nos dedicamos un rato a tomar el sol, bañarnos, hacernos fotos y bucear para ver estrellas de mar.
Finalmente, fuimos a Gili Sudak a comer un menú de pescado reservado previamente en el restaurante de la isla, sentados en una mesa al borde del mar. Tras la comida, volvimos en la barca hasta la costa donde habíamos dejado el coche.
Todo fue perfecto, pero poder disfrutarlo rodeados de poquísima gente, después del bullicio de Gili T y de Bali, lo hizo aún más perfecto.
Volvimos a la carretera y en seguida llegamos a Selong Belanak, nuestro último destino del viaje, en la costa sur de Lombok. Nos cruzamos con una boda en la que centenares de personas muy bien vestidas con trajes tradicionales, acompañadas por una gran banda de música, desfilaban por la calle principal, justo antes de entrar en nuestro hotel de destino, el espectacular y muy recomendable
Sempiak Villas, con su restaurante en la playa, sus villas dispersas por la colina y las impresionantes vistas a la bahía.
En la recepción del hotel volvimos a maravillarnos con la abrumadora hospitalidad y ganas de agradar de los indonesios, esperando pacientemente a que eligiéramos villa (habíamos reservado dos) y comprobar si la elegida por nosotros era aquella donde habían dispuesto un "happy 25 anniversary" sobre la cama hecho pacientemente con hojas y pétalos. Nos preguntamos si habrían subido a toda velocidad a cambiarlo de haber elegido la otra villa y estamos convencidos de que sí lo habrían hecho. Impresionante!
Tras depositar rápidamente nuestras maletas en las villas (porque sabíamos que el sol se pondría pronto y había que aprovechar nuestra última tarde en Indonesia) bajamos a la playa a descansar, dar paseos y bañarnos. La playa de
Selong Belanak es muy bonita; enorme, larguísima, con una zona llena de escuelas de surf (ideal para principiantes), en una bahía preciosa llena de biotopos y barcas de pesca. Estaba casi vacía, así que nos gustó el doble.
Antes de bajar a cenar a la playa, disfrutamos del atardecer desde las villas situadas en la colina. El espectáculo de colores que van variando a medida que se va poniendo el sol fue precioso.
La cena en el restaurante del hotel fue fantástica, en una mesa (tal vez demasiado decorada, sabían lo de nuestro 25º aniversario de boda y se vinieron arriba) sobre una alfombra en la playa, degustando platos indonesios muy ricos, siendo atendidos de maravilla por un equipo de camareros amabilísimos, que se desvivían por que todo fuera de nuestro agrado. Todo el mundo fue muy amable durante todo el viaje, y en esta ocasión especial no iban a ser menos. Broche de oro a nuestra estancia en Indonesia.
8. RETORNO
A la mañana siguiente nos levantamos muy pronto para ver el amanecer y darnos un chapuzón en la piscina del hotel antes de desayunar, contemplando una vez más la preciosa vista de Selong Belanak.
A las 10 volvió a buscarnos Asmuni con el chófer para llevarnos al aeropuerto, al que llegamos bastante rápido (Lombok, una vez más, no es Bali, y se circula muy ágilmente).
Hicimos el check-in sin problemas y estuvimos un rato en la zona de embarque, mirando las tiendas de regalos mientras esperábamos la llamada de nuestro avión de la compañía Citylink con destino a Jakarta. El aeropuerto de Lombok es muy nuevo y moderno, y la espera no se hizo demasiado pesada.
La anécdota del día fue que al empezar el embarque no estaba mi maleta, y pensé que se la había llevado alguien por error. Al comentarlo con los agentes de seguridad, me llevaron a la zona de los escaners en la que mi maleta estaba esperando pacientemente a que la recuperase, tras haberla dejado olvidada encima de la cinta. Increíble...
El vuelo salió con algo de retraso pero luego fue impecable. Sobrevolamos Lombok, Nusa Penida y Bali, y en seguida alcanzamos Java. Vimos un enorme penacho de humo junto al volcán Bromo y pensamos que había entrado en erupción, pero en realidad era un inmenso incendio, según pudimos leer más tarde.
Aterrizamos en Jakarta atravesando las nubes amarillentas de polución. Tuvimos que dar un largo paseo para ir desde la terminal doméstica hasta la internacional desde la que salía nuestro vuelo de vuelta a Doha. Comimos, descansamos y compramos unos últimos regalos, entre ellos unas bolsas de
café luwak, que se hace después de que un animal llamado civeta se haya comido los frutos de café y tras digerirlos haya expulsado los granos por donde estáis pensando.
Despegamos hacia Doha ya de noche. Vuelo tranquilo, durmiendo bastante, igual que el siguiente de Doha a Madrid, en donde aterrizamos a primera hora de la mañana, sin ninguna incidencia.
Y hasta aquí el resumen de nuestro fantástico viaje a Indonesia, un país precioso, lleno de contrastes y habitado por gente muy amable. Esperamos que te haya gustado leerlo!!