La boda
Hacer "turismo de pueblo" está fenomenal.
No me refiero al turismo rural, aislados en una aldea y disfrazados de Quechua de los pies a la cabeza. Me refiero a pasar un día o dos, una noche, en un pueblo que tenga entre 1.000 y 5.000 habitantes, de esos con Calle Mayor, gente bien vestida de domingo, con tres o cuatro bares con ambiente, un par de buenos restaurantes y alguna iglesia, museo, palacete o convento al que merece la pena dedicarle un vistazo.
Este fin de semana mi mujer y yo fuimos de "turismo de pueblo", a un lugar de la provincia de Lugo, en el Camino de Santiago, capital mundial del pulpo a feira y del birimbao, para más señas. Entre otras actividades menos destacables, y aprovechando cada desayuno, aperitivo, comida, merienda, cena y copas que nos tocó hacer, recorrimos todos los bares, tabernas y restaurantes del pueblo.
Todos menos uno, que estaba cerrado por celebrarse el banquete de una boda.
Eran más de las dos de la mañana cuando volvimos al hotel, con esa estupenda sensación de frío nocturno que te hace sentir ganas de notar el peso de las mantas en la cama, a pesar de estar en pleno verano y haber pasado mucho calor durante el día. En el restaurante que no pudimos probar, el festejo de la boda seguía amenizando la noche con el inconfundible sonido de los pasodobles.
El hotel era pequeño, sencillo y muy limpio, con una zona en la planta baja habilitada como albergue de peregrinos. Nuestra habitación en la segunda planta era espectacular. Cama gigantesca, balcón con vistas a las montañas, y curiosamente, una cesta de bienvenida con una botella de cava y unos bombones que resultaron perfectos para rematar la jornada gastronómica.
No llevaríamos más de dos horas dormidos cuando alguien llamó a la puerta de nuestra habitación. Me levanté a trompicones, sin entender muy bien qué podría estar pasando, y avergonzado por el estrafalario pijama veraniego que llevaba puesto, abrí la puerta.
Frente a mí apareció la dueña del hotel, que con gesto de gran preocupación, haciendo muchos aspavientos con las manos y en un perfecto gallego me dijo algo que no llegué a entender.
Tras la mujer, unos pasos más allá, distinguí con dificultad a una pareja de chicos jóvenes, ella vestida con un traje blanco, largo, él con un traje de chaqueta que le quedaba enorme y le hacía parecer un camarero de un café antiguo, ambos sudorosos y con pinta de haber bebido más de la cuenta.
Me quedé parado, con un brazo en alto apoyado en la puerta, y el otro en jarras con el puño cerrado sobre la cintura, como un famoso posando para enseñar su casa a un fotógrafo de revista del corazón. Y así estuve unos segundos hasta que mi mujer me tradujo la escena:
- Cariño, que dice la señora que ha habido un error y nos han dado la habitación de los novios de la boda que vimos en el restaurante junto a la iglesia. Nos pide que nos bajemos a dormir a la planta de abajo, en el albergue de peregrinos, que hay camas libres.
No me refiero al turismo rural, aislados en una aldea y disfrazados de Quechua de los pies a la cabeza. Me refiero a pasar un día o dos, una noche, en un pueblo que tenga entre 1.000 y 5.000 habitantes, de esos con Calle Mayor, gente bien vestida de domingo, con tres o cuatro bares con ambiente, un par de buenos restaurantes y alguna iglesia, museo, palacete o convento al que merece la pena dedicarle un vistazo.
Este fin de semana mi mujer y yo fuimos de "turismo de pueblo", a un lugar de la provincia de Lugo, en el Camino de Santiago, capital mundial del pulpo a feira y del birimbao, para más señas. Entre otras actividades menos destacables, y aprovechando cada desayuno, aperitivo, comida, merienda, cena y copas que nos tocó hacer, recorrimos todos los bares, tabernas y restaurantes del pueblo.
Todos menos uno, que estaba cerrado por celebrarse el banquete de una boda.
Eran más de las dos de la mañana cuando volvimos al hotel, con esa estupenda sensación de frío nocturno que te hace sentir ganas de notar el peso de las mantas en la cama, a pesar de estar en pleno verano y haber pasado mucho calor durante el día. En el restaurante que no pudimos probar, el festejo de la boda seguía amenizando la noche con el inconfundible sonido de los pasodobles.
El hotel era pequeño, sencillo y muy limpio, con una zona en la planta baja habilitada como albergue de peregrinos. Nuestra habitación en la segunda planta era espectacular. Cama gigantesca, balcón con vistas a las montañas, y curiosamente, una cesta de bienvenida con una botella de cava y unos bombones que resultaron perfectos para rematar la jornada gastronómica.
No llevaríamos más de dos horas dormidos cuando alguien llamó a la puerta de nuestra habitación. Me levanté a trompicones, sin entender muy bien qué podría estar pasando, y avergonzado por el estrafalario pijama veraniego que llevaba puesto, abrí la puerta.
Frente a mí apareció la dueña del hotel, que con gesto de gran preocupación, haciendo muchos aspavientos con las manos y en un perfecto gallego me dijo algo que no llegué a entender.
Tras la mujer, unos pasos más allá, distinguí con dificultad a una pareja de chicos jóvenes, ella vestida con un traje blanco, largo, él con un traje de chaqueta que le quedaba enorme y le hacía parecer un camarero de un café antiguo, ambos sudorosos y con pinta de haber bebido más de la cuenta.
Me quedé parado, con un brazo en alto apoyado en la puerta, y el otro en jarras con el puño cerrado sobre la cintura, como un famoso posando para enseñar su casa a un fotógrafo de revista del corazón. Y así estuve unos segundos hasta que mi mujer me tradujo la escena:
- Cariño, que dice la señora que ha habido un error y nos han dado la habitación de los novios de la boda que vimos en el restaurante junto a la iglesia. Nos pide que nos bajemos a dormir a la planta de abajo, en el albergue de peregrinos, que hay camas libres.