La vida de antes
8 de marzo de 2053. Hoy cumplo 83 años.
Cuando era joven, pensaba que tal vez no pasase del 2050, pero los avances médicos de los últimos 20 años han sido tan espectaculares que ahora resulta extraño que alguien se muera con menos de 100.
Debería estar contento. Es mi cumpleaños y eso significa que mis hijos y nietos podrán disfrutar de un permiso especial de desplazamiento para celebrarlo todos juntos, con mi mujer y conmigo. Pero no lo estoy.
Por supuesto que me apetece ver a mis dos hijos, a sus esposas y a mis cinco nietos. Hace más de seis meses que no los veo. La última vez fue con motivo de la boda de Deva, la nieta mayor. Ese fue el último permiso especial de desplazamiento que disfrutamos.
Pero no estoy contento, porque precisamente estos momentos son los que me hacen recordar la mierda de vida que tenemos. Siempre encerrados en los edificios de las ciudades, herméticos, con ese aire tan purificado y tan climatizado que no huele a nada, que no es ni frío ni caliente, que resulta repulsivo. Tan repulsivo como toda la horterada de edificios, plazas, jardines, gimnasios, restaurantes y locales de ocio, impecables, asépticos, tristes, que sólo sirven para hacernos olvidar lo que perdimos.
Yo he tenido suerte. He vivido muchos años la vida de antes, una vida en libertad, en la que podíamos desplazarnos por todo el mundo sin problemas, en la que no teníamos que escondernos del calor abrasador, ni de las tormentas gélidas, ni de los vientos huracanados.
Una vida, la de antes, en la que los malhechores eran encerrados en prisiones mientras el resto de personas decentes estábamos en el exterior. No como ahora. Ahora cometes un error, te juzgan, te declaran culpable y si el delito es medio grave, te condenan a salir a la calle.
Salir a la calle. La máxima pena a la que puedes ser condenado. Salir a la calle para morirte de frío, o de calor, o comido por el resto de condenados que están en tu misma situación, sin techo, sin agua, sin alimentos. Lo peor que puedes desearle a tu peor enemigo.
Me paso el día leyendo libros antiguos (todavía conservo un puñado en papel) y escuchando canciones del siglo pasado. Eso me hace olvidar lo asquerosa que es la vida de ahora. Pero estos acontecimientos familiares que te permiten poder visitar o ser visitado por familiares que no viven en tu mismo sector, desencadenando todo el arduo proceso de autorizaciones de desplazamiento, me hacen recordar, y me llenan de nostalgia y de amargura.
Y no lo siento por mí, que he vivido la vida de antes y soy en parte culpable de no haber luchado más para que esto finalmente no sucediese. Lo siento por mis hijos, y sobre todo por mis nietos, que sólo conocen la vida de ahora, y nunca conocerán otra.
Los desplazamientos de un sector a otro, o de las ciudades a los centros de producción, a las fábricas, son terribles. Todos apretujados en unos gigantescos vehículos militares totalmente blindados, herméticos. No hay ventanas y por lo tanto no podemos ver el exterior, pero los adultos somos plenamente conscientes de que los ruidos sordos que se escuchan de vez en cuando son atropellos de condenados a la calle que, en su desesperación, prefieren morir bajo las ruedas de estos vehículos, cuyos conductores hace mucho tiempo que dejaron de molestarse en maniobrar para evitarlos.
Tuvimos nuestra oportunidad. Fue hace unos 40 años. Por aquel entonces la situación aún podía controlarse. Se trataba de luchar para evitar el cambio climático. Ahora ya no hay nada que hacer. Ahora lo único que nos queda es defendernos del cambio climático que ya ha sucedido y ha cambiado completamente nuestras vidas, de forma irreversible.
Tuvimos nuestra oportunidad. Todos. Yo incluido. ¿Pude haber hecho algo más? No lo sé. Probablemente sí. La simple duda me desgarra el alma.
Y son estos momentos familiares, como mi cumpleaños, en los que me junto con mis hijos y mis nietos y me da vergüenza mirarlos a los ojos, porque me da vergüenza ver la miserable vida que les ha tocado vivir. La vida de ahora.
Vienen a verme y no paro de llorar. Pero afortunadamente, ellos creen que es de la emoción por verlos.
Cuando era joven, pensaba que tal vez no pasase del 2050, pero los avances médicos de los últimos 20 años han sido tan espectaculares que ahora resulta extraño que alguien se muera con menos de 100.
Debería estar contento. Es mi cumpleaños y eso significa que mis hijos y nietos podrán disfrutar de un permiso especial de desplazamiento para celebrarlo todos juntos, con mi mujer y conmigo. Pero no lo estoy.
Por supuesto que me apetece ver a mis dos hijos, a sus esposas y a mis cinco nietos. Hace más de seis meses que no los veo. La última vez fue con motivo de la boda de Deva, la nieta mayor. Ese fue el último permiso especial de desplazamiento que disfrutamos.
Pero no estoy contento, porque precisamente estos momentos son los que me hacen recordar la mierda de vida que tenemos. Siempre encerrados en los edificios de las ciudades, herméticos, con ese aire tan purificado y tan climatizado que no huele a nada, que no es ni frío ni caliente, que resulta repulsivo. Tan repulsivo como toda la horterada de edificios, plazas, jardines, gimnasios, restaurantes y locales de ocio, impecables, asépticos, tristes, que sólo sirven para hacernos olvidar lo que perdimos.
Yo he tenido suerte. He vivido muchos años la vida de antes, una vida en libertad, en la que podíamos desplazarnos por todo el mundo sin problemas, en la que no teníamos que escondernos del calor abrasador, ni de las tormentas gélidas, ni de los vientos huracanados.
Una vida, la de antes, en la que los malhechores eran encerrados en prisiones mientras el resto de personas decentes estábamos en el exterior. No como ahora. Ahora cometes un error, te juzgan, te declaran culpable y si el delito es medio grave, te condenan a salir a la calle.
Salir a la calle. La máxima pena a la que puedes ser condenado. Salir a la calle para morirte de frío, o de calor, o comido por el resto de condenados que están en tu misma situación, sin techo, sin agua, sin alimentos. Lo peor que puedes desearle a tu peor enemigo.
Me paso el día leyendo libros antiguos (todavía conservo un puñado en papel) y escuchando canciones del siglo pasado. Eso me hace olvidar lo asquerosa que es la vida de ahora. Pero estos acontecimientos familiares que te permiten poder visitar o ser visitado por familiares que no viven en tu mismo sector, desencadenando todo el arduo proceso de autorizaciones de desplazamiento, me hacen recordar, y me llenan de nostalgia y de amargura.
Y no lo siento por mí, que he vivido la vida de antes y soy en parte culpable de no haber luchado más para que esto finalmente no sucediese. Lo siento por mis hijos, y sobre todo por mis nietos, que sólo conocen la vida de ahora, y nunca conocerán otra.
Los desplazamientos de un sector a otro, o de las ciudades a los centros de producción, a las fábricas, son terribles. Todos apretujados en unos gigantescos vehículos militares totalmente blindados, herméticos. No hay ventanas y por lo tanto no podemos ver el exterior, pero los adultos somos plenamente conscientes de que los ruidos sordos que se escuchan de vez en cuando son atropellos de condenados a la calle que, en su desesperación, prefieren morir bajo las ruedas de estos vehículos, cuyos conductores hace mucho tiempo que dejaron de molestarse en maniobrar para evitarlos.
Tuvimos nuestra oportunidad. Fue hace unos 40 años. Por aquel entonces la situación aún podía controlarse. Se trataba de luchar para evitar el cambio climático. Ahora ya no hay nada que hacer. Ahora lo único que nos queda es defendernos del cambio climático que ya ha sucedido y ha cambiado completamente nuestras vidas, de forma irreversible.
Tuvimos nuestra oportunidad. Todos. Yo incluido. ¿Pude haber hecho algo más? No lo sé. Probablemente sí. La simple duda me desgarra el alma.
Y son estos momentos familiares, como mi cumpleaños, en los que me junto con mis hijos y mis nietos y me da vergüenza mirarlos a los ojos, porque me da vergüenza ver la miserable vida que les ha tocado vivir. La vida de ahora.
Vienen a verme y no paro de llorar. Pero afortunadamente, ellos creen que es de la emoción por verlos.