La Ruta Mathé


Durante mis frecuentes viajes por la autovía A-6, siempre me intrigaron las pequeñas torretas cuadradas, en estado de ruina, que pueden verse cerca de la carretera a lo largo de la ruta. Hasta que un día, ya no recuerdo cómo, descubrí que se trataba de una infraestructura de telegrafía óptica que se había construido en el siglo XVIII para poder enviar señales entre Madrid e Irún. 

El asunto me intrigó, leí algo al respecto y por fin me encontré con un documento clave. Me refiero a la “Historia de la Telegrafía Óptica en España”, publicada en 1990 por el telegrafista Sebastián Olivé Roig, fallecido en febrero de 2013. Con su trabajo, Olivé me dio la oportunidad de conocer mejor un proyecto técnico apasionante, que podría ser el argumento de un bonito relato. 

Aunque ocurrieron muchas cosas con anterioridad, podríamos decir que todo empezó el 1 de marzo de 1844, día en el que se publicó la circular con las normas generales del sistema de telegrafía óptica. Entre las condiciones establecidas, destaco estas:

- La distancia entre las estaciones deberá ser de lo menos de dos leguas y lo más de tres, teniendo en cuenta las condiciones geográficas, los desniveles debidos a las montañas y las nieblas ocasionadas por ríos y terrenos pantanosos. 

- Deberán seguirse las carreteras existentes, siempre que ello sea posible. 

- Las estaciones deberán fijarse en las poblaciones, evitando cuando sea posible la construcción de torres en parajes deshabitados. 

- En las capitales de provincia deberá procurarse situar las estaciones en el mismo edificio que tengan señalado para su alojamiento las autoridades civiles o militares. 

- En cualquier caso deberán preferirse edificios del Estado, torres de iglesias o ermitas, castillos y casas fuertes antiguas. 

- Deberá mantenerse una alineación, procurando que el radio visual de la línea sea perpendicular al frente de cada torre”.

Pascual Madoz, en su obra “Diccionario Geográfico” publicada en 1848, describe así el sistema de telegrafía óptica:

“El sistema consiste en 8 barras de hierro, 4 de ellas de 19 pies de altura y las otras de 24, plantadas verticalmente de cuatro en cuatro en los ángulos de dos cuadrados, el uno exterior, cuyos lados son de 11 pies y el otro interior y paralelo de 2, 2/3 pies de lado. Dentro del espacio que forman las cuatro barras interiores, se pone también en el sentido vertical por medio de un sencillo mecanismo, un cilindro hueco o corona, llamado indicador, de tres pies de diámetro y 58 pulgadas de altura, cuyas diversas posiciones con relación a tres fajas que se proyectan horizontalmente sobre las barras exteriores y cubren sus espacios intermedios dividiendo en tres claros o secciones iguales la altura de la máquina, suministran cuantos signos pueden ser necesarios para la transmisión de toda clase de comunicaciones”.

En la obra de Olivé puede verse el siguiente esquema del mecanismo, que básicamente constaba de un indicador que subía y bajaba mediante una polea para colocarse paralelo a varias barras de metal, tomando hasta 12 posiciones diferentes, y una bola lateral que según la altura a la que se colocase servía para dar indicaciones secundarias:


Para utilizar el sistema era necesario apostar en las torres a personas que se pasaban el día mirando hacia las torres contiguas, leyendo y anotando el mensaje codificado que eventualmente les pudiera llegar y moviendo entonces los mecanismos del sistema de su propia torre para transmitir ese mensaje a la torre siguiente, en la que otro compañero haría lo mismo. Así 52 veces, desde el Cuartel del Conde-Duque en Madrid hasta Irún.

Y todo eso, mientras la telegrafía morse comenzaba a funcionar en Estados Unidos ...
 
Aquí va una foto de la única torre óptica que se mantiene completa, ubicada en la N-601, entre las localidades de Adanero y Martín-Muñoz de las Posadas, y restaurada por Telefónica:



El capítulo 1 de esta historia podría comenzar así:

---------------------------------------------


Madrid, 1 de marzo de 1844 


- Esto no va a funcionar.
Mathé no contestó. No era la primera vez que su colega, paisano y amigo, el comandante Ignacio Olaizola, le hacía el mismo comentario. De hecho llevaba años haciéndoselo. No iba a servir de nada replicarle. Además, en cierto modo Olaizola tenía razón. Su gran proyecto de telegrafía óptica no tenía el éxito asegurado, ni mucho menos.

Pero aquel era un día para estar contentos, y el coronel de Estado Mayor José María Mathé Aragua no iba a permitir que su amigo se lo estropease. Aquella mañana veía la luz el Real Decreto que establecía el marco para el nuevo trazado de telegrafía óptica en España a cargo de la Dirección General de Caminos. Este era el primer paso que permitiría a Mathé poner en marcha su proyecto.

Era un día para estar contentos, pero que llegaba con retraso. Se cumplían entonces 50 años de la puesta en marcha de la telegrafía óptica en Europa, con las líneas francesas diseñadas por Claude Chappe y las inglesas ideadas por George Murray.

Y eso no era lo más inquietante. La causa principal del escepticismo de Olaizola eran las noticias que llegaban desde Estados Unidos, donde Samuel Morse estaba ultimando la línea de telegrafía eléctrica entre Baltimore y Washington, tras varias pruebas exitosas.

- José María, lamento insistir, pero creo que la telegrafía óptica llega a España demasiado tarde, como nos sucede con casi todas las cosas en este país – comentó el comandante.
- Las comunicaciones militares no son la única cosa en la que España va con 50 años de retraso respecto a Europa – replicó Mathé, lacónico.
- El Rey Carlos IV perdió una gran oportunidad de hacer avanzar a España al no apoyar lo suficiente el proyecto de Betancourt. De haberlo hecho, las cosas serían muy distintas ahora.
Olaizola se refería a Agustín de Betancourt, sin duda el más importante ingeniero español del cambio de siglo, fundador de la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos (origen de la actual Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid).

Durante su estancia de varios años en París, Betancourt estudió con detalle los sistemas de telegrafía óptica desarrollados por Chappe y Murray, y los mejoró con un diseño propio que en 1798 fue ensayado por una comisión del Instituto Nacional de las Artes y las Ciencias de Francia, compuesta entre otros por figuras clave de la ciencia como Charles de Coulomb, Louis de Lagrange o Pierre Simon, marqués de Laplace.

El informe final del Instituto, muy favorable, no fue suficiente para que la República Francesa sustituyese el sistema de Chappe en funcionamiento por la nueva idea de Betancourt, pero captó la atención del gobierno español, en el que el ilustrado Mariano Luis de Urquijo, que ejercía entonces como Secretario de Estado, fue pieza clave para lograr que el rey Carlos IV firmase en febrero de 1799 la Real Orden por la que se aprobaba el proyecto de instalación de una línea de telegrafía óptica entre Madrid y Cádiz, con el sistema de Betancourt. Lamentablemente, la situación política en España y el elevado coste del proyecto hizo que este sólo se materializase hasta Aranjuez.
- Ignacio, en aquella década penosa el rey Carlos se gastó todo el dinero en cazar y en las guerras que Godoy organizó para ayudar a Napoleón. La batalla de Trafalgar, el motín de Aranjuez, la traición de Bayona… no estaba España en su mejor momento – pensó en voz alta Mathé.
- Si la línea telegráfica Madrid-Cádiz hubiera funcionado bien desde 1800, tal vez esos acontecimientos no se hubieran producido. Si se hubiera invertido en estrategia, tal vez los resultados hubieran sido diferentes – replicó hoscamente el comandante. 
- Tienes razón – concedió el coronel -. Y además, no sólo lo de Betancourt no salió bien, sino que tampoco parece que el sistema de Hurtado nos diera grandes resultados a los españoles frente a la pérfida Albión, salvo para tratar de salvar a los náufragos – suspiró el coronel.
Mathé se refería al sistema de telegrafía óptica que operaba en la bahía de Cádiz por aquella época. La iniciativa del gobernador militar Francisco Solano, puesta en marcha por el coronel Francisco Hurtado, fue una importante herramienta militar en la zona gaditana durante los convulsos primeros años del siglo XIX, desde la batalla de Trafalgar en 1805 hasta el pronunciamiento de Riego en 1820, pero tampoco tuvo continuidad y acabó en el olvido.
- Y si a eso añades lo sucedido con los sistemas de Lerena y de Santa Cruz, pareciera que a la telegrafía óptica española le hubieran echado el mal de ojo.
La broma de Olaizola hacía referencia a las iniciativas que los militares Juan José Lerena y Manuel Santa Cruz habían puesto en marcha, el primero entre los Reales Sitios (La Granja, El Pardo, Vista Alegre y Aranjuez) durante el reinado de Fernando VII y el segundo mediante la línea Vitoria-Logroño-Pamplona compuesta por 25 torres ópticas y construida durante las guerras carlistas de los primeros años del reinado de Isabel II.
- Bueno, dicen que no hay quinto malo – zanjó Mathé.
Y así, 50 años después de la puesta en marcha en Francia del sistema de Claude Chappe, y tras los cuatro intentos fallidos de Betancourt, Hurtado, Lerena y Santa Cruz, el 1 de marzo de 1844 empezaba en España la quinta y última iniciativa para desarrollar la telegrafía óptica, liderada por el coronel José María Mathé, que en ese momento no era consciente (o tal vez sí) de que él mismo sería el encargado de desmantelarla en favor de la emergente telegrafía eléctrica, tan sólo 10 años más tarde, en una época en la que si España hubiera querido montarse en los trenes que se empezaban a desarrollar justo entonces, tal vez los habría perdido todos.

-----------------------------------------------------

¿Continuará? Ya veremos...



Entradas populares de este blog

10 DÍAS EN CÓRCEGA

EEUU Costa Oeste 2024

Madrid, 28 de abril de 2019